Editorial


Que no vuelva a repetirse

Que la muerte de José Daniel no haya sido en vano y que sea el acicate de una nueva etapa en la historia del servicio de salud de Cartagena.

El viernes fue un día muy triste en las Islas del Rosario. Un adolescente de 14 años abandonó este mundo en la plenitud de su vida porque no hubo Estado para él. Su familia y vecinos lo despidieron porque no hubo servicio de salud que le brindara atención oportuna y eficiente.

Este adolescente hace seis días se empezó a sentir mal. Al no contar con un centro de salud en las Islas, optaron por calmarle los síntomas con algunos medicamentos auto recetados, como suele ocurrir donde no hay red pública de salud.

Las Islas del Rosario son un ejemplo de lo que significa el abandono estatal; es absurdo que, teniendo la importancia que supone en la realidad turística y patrimonial de la ciudad, y de lo que es en el imaginario nacional, con los sueños que para los interioranos significa conocer esas islas, que son como una meta en el concierto de la Nación, no cuenten a estas alturas con un centro de salud adecuado para atender a sus habitantes, en su mayoría miembros de una comunidad raizal amparada por figuras legales que tienen rango constitucional.

Cómo es posible entonces que una isla que hoy alberga a decenas de residentes raizales y que está aislada por las limitaciones de transporte no tenga cómo darle un servicio tan esencial y prioritario para la vida de todo ser humano.

Para el caso que hoy nos ocupa, su humilde familia, al ver que el joven no mejoraba, reunió los recursos necesarios para trasladarlo al continente, para que le atendieran en sus padecimientos. Hoy, la ciudad lo despide con la vergüenza de no haberle recuperado para la continuidad de su novel vida. Y quedan las preguntas en el aire que hoy se pueden hacer sus familiares y amigos.

¿Por qué la atención en salud para la población más vulnerable es tan deficiente, si hay ingentes recursos públicos para ello? ¿Por qué hay tanta indolencia e indiferencia ante la vida de un ser humano que forma parte de una de las comunidades que viven en las periferias? ¿Por qué a todos no nos pueden tratar por igual sin importar raza, color, estrato social o capacidad económica? ¿Cuánta responsabilidad le cabe a los cultores de la corrupción en nuestra ciudad por decesos como el de este niño? ¿Por qué no les pasa nada a los que se llevan miles de millones al año a sus bolsillos mientras se pierden vidas inocentes? ¿Por qué es necesario que una persona tenga influencia para llegar referenciada a un centro médico para tener la atención que merece como ciudadano? ¿Qué podía rondar en la mente de ese adolescente inocente al ver que esperaba en una silla incómoda a que lo atendieran mientras aguardaba pacientemente la visita de la muerte?

Hay que reponerse y pensar en ese niño isleño que se fue porque no recibió a tiempo la atención en salud que la Constitución y las leyes describen como un derecho para todos. Pensar en él para que no vuelva a ocurrir, para que reaccionemos como sociedad y nos obliguemos a que todos los humildes sean tratados como seres humanos.

Que la muerte de José Daniel Zúñiga Navarro no haya sido en vano y que sea el acicate de una nueva etapa en la historia del servicio de salud de Cartagena.

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