Reconsiderar el paro

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En reciente editorial propusimos a los organizadores del paro que consideraran si va siendo hora o que los suspendan en tanto se desarrollan las conversaciones con el Gobierno nacional, o que modulen la frecuencia y recorridos de las marchas, para hacerlo menos gravoso a las gentes y al comercio en general.

Señalamos que la legitimidad de las protestas comienza a agrietarse en numerosos sectores sociales, que no solo en el de la producción económica, pues la desesperación y el hastío de quienes sienten que una prolongación hará más onerosa sus vidas, puede llevar a que, lo que se inició con una simpatía incluso de quienes no consideraron sumarse, sea percibido con desaire por una creciente opinión, lo que ya se siente en el ambiente y se viene manifestado por diversos medios formales e informales.

Cuando se anunció el paro, sus organizadores no tenían en mente lo que ocurriría en Chile. Sin embargo, con el paso de los días y ante el agravamiento de la situación en el país austral, con los precedentes de Perú y Ecuador, y el sobreviniente estallido en Bolivia tras las elecciones presidenciales, se fue generando la expectativa sobre si en nuestro suelo pasaría algo similar o equivalente.

El paso de los días ha probado que no fue ni será así. Es claro, como lo hicieron ver varios analistas internacionales, que cada país tiene su propia historia, y que los procesos en uno no significan réplicas en otros.

El país mayoritario tiene en su memoria reciente no solo la elección de Iván Duque con una participación democrática legítima, sino que tras el debate electoral de “mitaca”, resultaron electos a lo largo del país alcaldes que encarnan sentimientos de renovación que aliviaron las presiones sociales frente al Estado. En el fondo, no solo el mandato de Duque está en su etapa inicial, sino que, a nivel local, las expectativas por lo que puedan hacer alcaldes y gobernadores abren un margen de espera que, para los efectos de la vida republicana, es apreciable.

Entre tanto, a la gente sencilla no se le escapa que la prolongación del paro con marchas frecuentes dañan el ánimo frente al futuro inmediato, no solo de quienes tienen que salir a buscar todos los días el sustento, pues las personas jefas de hogar en su mayoría son independientes formales o informales, lo que tiene un peso enorme especialmente de cara a las exigentes reclamaciones de los hijos con ocasión de la Navidad y el Año Nuevo, sino también de quienes tienen bajo su responsabilidad decidir si se hacen o no inversiones, cuándo y dónde, en lo que cuenta la valoración del riesgo país. Y, tal como lo han dicho otros, no hay nada más cobarde que el dólar.

Para nadie es un secreto que ingresar a una espiral de desaceleración de la economía, que no es descartable como ya lo muestra la cara amarga de la creciente devaluación del peso y una caída en la producción, pudiera hacer difícil eludir un sesgo inflacionario con el consecuente deterioro en la capacidad de consumo y la pérdida de confianza de los hogares y los emprendedores.

Es de esperar que, de las calles, los dirigentes lleven el paro a la mesa convocada por el presidente Duque.

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