Redes y empanadas

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Sería una necedad descalificar el valor que tienen las redes sociales como medio masivo de información, entre otros múltiples y positivos servicios globales, así como está más que probado que a través de ellas se puede despertar el interés del público hacia temas que convienen a la comunidad y que finalmente redundan en su mejoramiento.

Tampoco puede negarse que cuando se utilizan a la ligera o con intereses alejados de las conveniencias comunitarias, pueden convertirse en un instrumento de manipulación masiva, sobre todo entre los ciudadanos desprevenidos que asumen como verdades todo lo que se comparte a través de internet o de otros servicios de mensajes de datos como WhatsApp y similares.

Recientemente, las redes sociales volvieron viral una noticia que generó indignación por un lado e hilaridad por el otro, relacionada con un joven multado por la Policía con la suma de ochocientos ochenta y tres mil pesos por haber comprado y consumido una empanada en el espacio público.

A simple vista, el caso parece asombroso e indignante, dado que en Colombia ocurren sucesos de mucha más trascendencia que las autoridades han tratado con guantes de seda; pero también es cierto que los creadores de memes y videos dilapidaron toda su capacidad humorística para informar a medias sobre el referido asunto, un “lujo” que no puede darse un medio de comunicación o un periodista que se precie de serio, veraz y equilibrado.

Al enfocar todas las críticas únicamente hacia la imposición de la multa, los generadores de esos mensajes viralizados demostraron que no les interesó en lo más mínimo revisar y difundir la otra cara de la noticia; es decir, la razón que llevó a la autoridad a la aplicación del Código de Policía al infractor por presuntamente haber desatendido una orden expresa que los agentes le impartieron en desarrollo de un caso de recuperación del espacio público por orden de un juez de tutela.

Si miramos con ojo crítico la avalancha parcializada de chistes y críticas que generó la decisión de los agentes policiales, podremos encontrar que no pocos de esos mensajes resultan injustos, por decir lo menos, pues no solo desconocieron que la conducta merecedora de la ya famosa multa, pudo estar sustentada en una decisión digna de reproche contra el ciudadano amonestado, sino que, también, no pocos de los que se exhibieron como “defensores” de los vendedores ambulantes y estacionarios, en la rutina de la vida pudieran ser de aquellos que los repudian y hasta preferirían que los borraran definitivamente de los espacios urbanos.

Si bien es cierto que la justicia colombiana ha pecado de ser demasiado laxa con crímenes e infractores de mayor trascendencia, y que la multa impuesta seguramente es excesiva para el caso concreto, en todo caso no es serio tomar las redes sociales para manipular a la opinión pública con informaciones que no se han valorado en todo su contexto.

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