Reinicio de las protestas

22 de enero de 2020 12:00 AM

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Ayer, con diversas manifestaciones, se reiniciaron las protestas que comenzaron el 21 noviembre del pasado año y se suspendieron, entre otras razones, con ocasión del arribo de las festividades navideñas.

Tal como lo expresaron desde el Comité del Paro y otras fuerzas que se han sumado a la convocatoria inicial –que en principio se conformó en contra de lo que llamaron el ‘paquetazo’ de reformas del presidente Iván Duque–, las movilizaciones ahora se amplían a más temas, incluidos el rechazo al asesinato de líderes sociales, la presencia del Esmad, la aprobación de la reforma tributaria, el aumento del salario mínimo y, a nivel local, la oposición a los peajes internos.

En términos generales, las protestas de este 21E se desarrollaron sin mayores contratiempos y los hechos que alteraron el orden público fueron aislados, singularmente en Bogotá y Medellín.

En Cartagena los marchantes volvieron a brillar por su prudente conducta, tanto a través del cacerolazo en la Plaza de la Paz, como en el recorrido de la caravana de desobediencia contra los peajes, que partió desde el campo de sóftbol de Los Caracoles y concluyó en dicha Plaza.

Infortunadamente, hubo algunos bloqueos de vías a nivel nacional, que hicieron más difícil la vida de las personas que no se sumaron al paro.

Protestar es un derecho fundamental garantizado en la Constitución Política y en las leyes, pero también es un derecho natural, pues brota de la misma esencia del ser humano, y se relaciona directamente con su dignidad. Por eso, no sólo el Estado, sino todos los ciudadanos estamos obligados a respetarlo y a protegerlo. Mirar con desdén estas formas de expresión ciudadana no es sensato, pues si algo ha propiciado las gestas libertarias contra los abusos del Estado y las tiranías, es la determinación de elevar la voz y sumar voluntades en las áreas públicas.

La protesta, por supuesto, tiene sus matices. Y el paso del tiempo también va redefiniendo sus gestos y sus énfasis. A no dudarlo, la complejidad de las urbes, con la sobrecarga de frustración que surge en la cada vez más pesarosa movilidad, marca pautas sobre la percepción que los ciudadanos se hacen de las protestas, singularmente cuando quienes participan en estas optan por interrumpir el transporte más allá de los límites de lo tolerable.

De la misma manera, si el público observa que las marchas se emplean o terminan en actos vandálicos, no sólo se desprestigian los propósitos que las motivan, también se daña la positiva percepción que habría que tener del derecho a protestar.

Así mismo, protestas constantes que paralicen en demasía la marcha normal de las actividades económicas, también le restan legitimidad, pues las familias, trabajadores y empresas sentirán amenazadas sus existencias por la inestabilidad en el desarrollo de las actividades de generación de sostenibilidad o riqueza.

Bienvenidas las marchas como expresión del derecho fundamental a la protesta pacífica, pero no sobra llamar a sus convocantes a que las organicen y desarrollen con la debida consideración por los derechos e intereses ajenos.

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