¿Rumba o sueño?

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Las temporadas turísticas siempre sacan a flote no solo las grandísimas ventajas de esta industria para la economía y para la comunidad donde se desarrollan, sino que también exponen algunas de sus grandes contradicciones.

El dinero del turismo irriga la mayoría de los sectores de esta industria, desde los grandes hoteles y restaurantes, hasta las ventas ambulantes. Si Cartagena tiene grandes inequidades socioeconómicas que eliminar, también es cierto que sin el turismo la situación sería mucho peor, dada la cantidad de empleo formal que genera, sin mencionar el estímulo a la informalidad.

Para la población local en los centros turísticos, la actividad suele rebajar su calidad de vida, no siempre por culpa del turismo en sí, sino por la proverbial falta de autoridad y de organización.

Cada vez que hay una temporada, por ejemplo, se atranca el tráfico alrededor del Centro Histórico y en los barrios donde más hoteles grandes y pequeños hay.

La avenida de la bahía, en Bocagrande, especialmente desde el edificio Navas hacia el Centro, se vuelve un caos porque hasta las busetas se cuelan por allí y ese tráfico forma una segunda hilera en el mismo sentido de salida del barrio, anulando el flujo del carril de entrada.

Los mayores infractores son los taxistas, que arman allí un trancón insoportable, no por falta de información, sino porque saben que no serán sancionados y les importa poco o nada los demás usuarios de la vía. Su única preocupación es la cantidad de carreras hechas, sin consideración por los demás. Hace pocos días vimos a un agente del Tránsito frente el edificio Portomarine dejar pasar ocho o diez taxis en contravía hacia el Centro, y parar al primer vehículo con placa de fuera de la ciudad que vio, cuyo conductor probablemente siguió a los taxistas pensando que era permitido.

Luego está el ruido, que es una de las plagas locales de siempre, pero que en las temporadas turísticas llega a ser ubicuo y aún más intolerable. En las playas de Bocagrande los equipos de sonido no dejaban ni pensar a los huéspedes de los hoteles.

En el Centro Histórico pasa otro tanto, con el agravante de que no para a ninguna hora, volviéndose enloquecedor por las noches y madrugadas. Un empresario de un bar le explicó a El Universal que los rumberos no pueden estar sin un volumen alto, y que la rumba genera mucho empleo. Es decir, sin ruido no hay rumba, y sin rumba no hay empleo. Mientras tanto, los habitantes del Centro deben aguantarse el abuso inhumano de no poder dormir.

En la zona de La Boquilla hubo música electrónica de altísimo volumen durante toda la noche y hasta las diez de la mañana del día siguiente en varias ocasiones. ¿Qué pasó con el tan cacareado Código de Policía? ¿Por qué estos “empresarios” del ruido son intocables?

La ciudad tiene que resolver estas incongruencias del turismo que cada día son peores, a pesar de las promesas fallidas de las distintas autoridades y a pesar de las normas que deberían hacer respetar.

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