Salud y economía

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Aunque los dos conceptos del titular de este editorial no tienen por qué ser incompatibles y, por el contrario, necesariamente se complementan, es evidente que en días del COVID-19 la economía privilegia a la salud y ante esta se inclina. ¡Sin salud, no hay empresa!

Pero, definitivamente, si algo nos comienza a enseñar esta inesperada situación es que en vicisitudes pandémicas como la que atravesamos lo expuesto no es un dogma. Por el contrario, ya comienzan voces autorizadas, y no precisamente las de Bolsonaro, Trump o López Obrador, que no representan a la inteligencia ni a la ciencia, sino de sesudos investigadores de los fenómenos sociales que tienen efectos económicos, a lanzar preguntas sobre hasta cuándo aguantarán en cuarentena las economías de los países desarrollados.

La pregunta es pertinente a pesar de que en Occidente apenas estamos en la primera etapa del distanciamiento social, porque ya los síntomas recesivos comienzan a mostrar sus fauces. Las agencias internacionales empeoraron sus pronósticos, y los bancos centrales, prudentes por antonomasia, ya empiezan a revelar que las angustias también les llegan a sus impertérritos directivos.

Pero hay más: varios destacados dirigentes empresariales de diversas nacionalidades reclaman que se morigeren las medidas para hacerlas más proclives a la modulación de la parálisis de la economía, destacado que, si el coronavirus tiene el sino de cegar vidas y dañar la salud a millones de personas, incluidas el personal medico y sus ayudantes, el hambre también tiene similar o peor vocación trágica. A lo cual habría que agregarle el potencial de daño que se desprende de la desesperación o por la ausencia de alimentos o por el temor a quedarse sin sustento para la familia de la que cada uno es responsable.

Si no es fácil de manejar una urgencia epidémica, hacerlo bajo una situación en la que pudiera estar implicado el orden público, con expresiones de violencia generalizada, con eventuales asonadas o con la destrucción y saqueos de comercios y, en el peor de los casos, violaciones a viviendas familiares en busca de alimentos, medicinas u otros bienes de propiedad privada, resultaría en extremo complejo y con consecuencias impredecibles.

Si estos temores ya se discuten en los más altos niveles de los analistas de países desarrollados, no están fuera de lugar considerarlos para las naciones en vías de desarrollo, como las latinas.

Por lo expuesto, es altamente conveniente que nos vayamos preguntando hasta qué momento soporta la nación el status quo inherente a la necesaria, conveniente y más que justificada cuarentena en la que nos encontramos. Así mismo, en qué estadio de la realidad se liberarán aún más ciertos renglones de las actividades institucionales, profesionales y empresariales, para que se comience a dinamizar la maltrecha economía, de tal manera que sean compatibles esos nuevos máximos de movilidad con la prudente adopción de medidas de protección que no expandan el virus más allá de lo manejable.

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