Ser padre

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En un día como hoy conviene valorar la figura del padre, justo en un país que tiene un alto índice de hogares que se forman sin la presencia del progenitor. En efecto, según el Dane, el 56% de las mujeres son madres cabezas de familia, lo cual muestra cómo muchos hogares acusan la ausencia del padre.

Esa ausencia, a no dudarlo, produce heridas insospechadas. La falta del modelo paterno, del buen consejo y la guía en tiempos difíciles solo se superan con una personalidad recia, que no eche de menos el acompañamiento paternal. ¡Y eso no es fácil!

Pero la presencia física no basta. Las ocupaciones diarias, el sometimiento a las redes, las obligaciones sociales, las actividades extracurriculares o el esfuerzo por lograr el cumplimiento del diseño de vida que cada quien se fija, ponen en un segundo plano el deber amoroso de mantener diálogos elevados y frecuentes con los hijos, o el de cumplir la insustituible labor educativa que al padre le ha asignado la sociedad y la naturaleza, incluido el buen ejemplo que se muestra con una conducta exquisita; pero, sobre todo, con las palabras bien escogidas y los actos en armonía con estas, para transmitir los valores y las reglas que los sustentarán en su trasegar por la vida, virtudes nutrientes que son tan necesarias como brindarles el pan de cada día.

En tiempos en los que mirar el hogar como el núcleo de toda armonía no tiene la importancia destacada que se requiere para sustentar una sociedad alegre y justa, los padres varones suelen desconocer cuál es el papel sustancial que desempeñan en la familia y qué tipo de compromiso hermoso supone educar con profundo compromiso a los hijos. Eso puede explicar por qué hay hombres irresponsables en su papel procreador, o por qué prefieren apartarse de los pesados pero enriquecedores riesgos de asumir el papel de capitán de una familia que los reclama con ardor.

También puede explicar por qué hay padres que se empeñan en repetir conductas que tanto daño han hecho a la formación del ser colombiano; padres que optan por el camino del autoritarismo, en el que los hijos son siervos que solo merecen conocer la libertad cuando se emancipan; o padres que no ayudan a sus frutos a asumir la responsabilidad de sus actos, ni a hacerse cargo de la edificación de sus destinos o cómo servirles mejor a la sociedad.

Se necesitan padres que enseñen a sus hijos lo que no aprenderán nunca en la escuela ni en sus amigos; a rectificar con sinceridad cuando lleguen las equivocaciones; a fijar los primeros linderos del corazón adolescente; a protegerlos de la tristeza y el desánimo pero sin restringirles el derecho a sufrir con sensatez y asumir con naturalidad las dificultades del mundo. Se requiere un gran esfuerzo para cooperar con las madres, las escuelas y la sociedad en moldear hijos con temperamentos consistentes, disciplinados, generosos, comprensivos, tolerantes y valientes.

No hay hombres perfectos. No hay padres perfectos. Es una lucha diaria, y mientras haya vida, hay tiempo para rectificar. Hoy puede ser un buen día para recomenzar en ese propósito de cumplir a cabalidad con ese gran papel existencial.

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