Sumar concordia

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Un laboratorio reciente de cómo la política puede dañar a la sociedad a la que sirve, es lo que está ocurriendo en España. Esa gran nación, reconocida como el mejor destino turístico del viejo mundo, el país más longevo del orbe, con la alimentación más equilibrada, uno de los primeros en renta agraria, en funcionamiento del sistema de salud pública, y así en muchas otras áreas, por razones de índole políticas o ideológicas, hoy parece una olla a punto de ebullir.

De una parte, en Cataluña, destacada comunidad al noreste de España que tiene a Barcelona como capital, y cuna de ese fútbol de ensueño que regala el Barça, el 27 de octubre de 2017, tras una votación secreta con la ausencia de los partidos políticos opositores, su Parlamento aprobó una declaración unilateral de independencia a pesar de las advertencias del Tribunal Constitucional Nacional sobre la ilegalidad de la determinación que se inició con el referéndum del 1 de octubre de ese año. Aunque sus motivaciones se fundan en profundas razones históricas, también se inspiran en un claro sentimiento de supremacía frente a otras regiones de España, animado tal vez en que Cataluña es la primera economía de entre ellas. Esa declaración unilateral de independencia no sólo fracciona a los ibéricos, sino que también ha supuesto la afectación de la estabilidad social y económica de esa comunidad, y un estado de crispación que ha sustraído a los catalanes y sus compatriotas del normal desarrollo de sus vidas.

Y a todo ello se han sumado decisiones innecesariamente conflictivas que ha adoptado el gobierno central de Pedro Sánchez, quien, como apenas un ejemplo de entre esas, revivió sin haberlo previsto, la sepultada memoria de Francisco Franco, tras la determinación de remover el cadáver del oprobioso dictador ubicado en el monumento del Valle de los Caídos, lo que ha abierto heridas que estaban sanando para las viejas generaciones de españoles, y que significan poco para las nuevas, que ahora se enfrentan a un pasado lleno de horror, sangre, intolerancia y odio que dividió en dos partes casi exactas a la compleja nación, decisión que aun cuando asoma un sentido reivindicatorio de justicia, tiene como contrapartida una no deseada evocación al fratricidio, que daña gravemente la concordia nacional. Las nuevas generaciones se preguntan, con razón, por qué no se prioriza en la discusión nacional preocupaciones más sentidas, como el deterioro de la clase media y el alto desempleo juvenil. Esta y otras decisiones no sólo han animado el resurgimiento de nacionalismos y otros extremismos peligrosos, sino que han conllevado a la convocatoria de elecciones anticipadas para el próximo 28 de abril.

Es increíble hasta dónde puede llegar la imprevisión de dirigentes que anteponen sus parciales convicciones por encima de las conveniencias nacionales. Se reclama de quienes tienen a su cargo la administración de la cosa pública, la suficiente sensatez para sacrificar antipatías y afanes vindicativos, justificados o no, pues se espera de éstos es que conciten armonía, fraternidad y concordia, tal como sí lo está haciendo en la vecina Portugal el presidente Rebelo de Sousa.

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