Trabajo infantil

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Desde 2002 la Organización Internacional del Trabajo (OIT) institucionalizó el 12 de junio como día mundial contra el trabajo infantil. En nuestra edición del pasado 9 de junio hicimos un completo informe sobre esta situación en la región y en Cartagena, destacando que en 2019 los Equipos Móviles de Protección Integral (EMPI) para el Trabajo Infantil regional, han atendido 73 niños, niñas y adolescentes en situación de trabajo infantil en Cartagena, siendo las edades más afectadas de 6 a 13 años.

Por su parte, la Policía de Infancia y Adolescencia de Cartagena ha dejado bajo protección de comisarías de familia a 24 niños, niñas y adolescentes, de nacionalidad venezolana y colombiana, quienes se encontraban ejerciendo la mendicidad y actividades de trabajo infantil. Comparado al año pasado, para la misma fecha fueron 8 casos, teniendo un aumento del 200%.

En Colombia es prohibido el trabajo infantil, y aun cuando la edad mínima para trabajar es de 15 años, en todo caso el Código de la Infancia y la Adolescencia precisa que los adolescentes entre 15 y 17 años requieren de autorización especial por parte del Estado.

Aunque la prohibición no admite excepciones, en la práctica vemos menores en las calles solos o con sus padres ejerciendo labores que les están vedadas, con las nefastas consecuencias que esas actividades les irroga. La deserción escolar es el inmediato efecto de esta práctica, que no solo daña la formación personal y académica, sino que además los encadena a la perpetuación de la pobreza, sin contar con múltiples efectos psicológicos que afectan el aprendizaje de las habilidades que facilitan la interacción social.

Una vez los niños descubren que trabajando perciben ingresos para ellos o sus familias, concluyen erróneamente que no necesitan estudiar para lograr la retribución de sus esfuerzos, con lo que difícilmente podrán salir del círculo de la informalidad y la pobreza.

También está la afectación física producto del maltrato, jornadas sin restricciones horarias, mala alimentación, más los riesgos propios de permanecer en la calle o en áreas propias de adultos.

Ni qué decir de los daños morales causado por obvios sentimientos de frustración, abandono, o por las malas costumbres, disputas tempranas y las derivadas de las secuelas por el consumo de sustancias adictivas.

Pero, de todas las formas de trabajo infantil, a no dudarlo que las peores son aquellas en que los esclavizan o los explotan sexualmente, o cuando caen en redes de trata de niños y, las extremas, de reclutamiento por parte de grupos violentos.

Aun cuando según los expertos la solución definitiva a estas situaciones se logra con la reducción de la pobreza, el acceso a una educación estable y de calidad, y ofrecer a los padres empleo formal, es necesario también remover las normas sociales que las legitiman.

Esto comienza por reconocer que la responsabilidad de erradicar el trabajo infantil no es solo del Estado; también es un problema de las familias, las escuelas y la comunidad en general.

Solo cuando el trabajo infantil no sea rentable, dejará de replicarse.

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