Editorial


Tranquilidad perdida

“Es verdaderamente frustrante acostumbrarse a convivir con toda suerte de turismos, empezando porque los que hacen bulla, no dejan dormir, ofrecen espectáculos grotescos y viven sin (...)

EL UNIVERSAL

22 de febrero de 2022 12:00 AM

El sábado contamos la historia de vecinos por años del famoso Conjunto Residencial Santo Domingo, quienes a finales de los años 80 e inicios de los 90 disfrutaban de una vecindad en la que se respiraba familiaridad, armonía y tranquilidad.

En la nota, residentes tradicionales que aún viven en este complejo habitacional señalaban que las bondades que disfrutaron en el pasado, hoy están interrumpidas debido al alquiler de apartamentos por días. Con la llegada de las plataformas de alquiler de apartamentos residenciales para turismo de poca estadía y las ventajas estrictamente económicas que conlleva destinar unidades de vivienda para tornarlas en apartamentos o cuartos de hospedaje turístico por días, el conocimiento entre los vecinos declinó.

Pero lo que ocurre en ese célebre conjunto residencial se replica en cientos de conjuntos habitacionales y condóminos de casas de recreo que fueron concebidos y a los que las gentes se apuntaron para adquirir y vivir en busca de la tranquilidad propia que brinda la seguridad de compartir, con quienes se tiene identidad común en valores de convivencia radicados sustancialmente en la confianza recíproca y en el respeto mutuo.

No ocurre así con las copropiedades destinadas constitutivamente al alquiler de propiedades por estricto negocio. En estas no importa la inclinación singular de quienes pagan por pasar unos cuantos días para disfrutar de las promesas de una ciudad que tiene, entre sus prestigios –o desprestigios– la de ser templo del placer, del turismo sexual y las francachelas, donde hacer lo que se quiera también se permite, y en grado superlativo, a quienes no son hijos de su suelo.

Es verdaderamente frustrante acostumbrarse a convivir con toda suerte de turismos, empezando porque los que hacen bulla, no dejan dormir, ofrecen espectáculos grotescos y viven sin importarles lo que padezca el prójimo, no tienen empacho en dar rienda a toda clase de deseos aún en la presencia de niños, adolescentes y miembros de la tercera edad.

Qué calidad de vida en comunidad puede haber entre quienes ocupan temporalmente apartamentos alquilados sin advertencias de que no es permitida la celebración de rumbas que no miran la molestia que a vecinos, sobre todo ancianos o enfermos, provocan equipos de sonido altisonantes, hasta la hora que venga en gana, porque los apartamentos así alquilados, precisamente porque se paga por ello, se convierten en prolongación o extensión horaria de las discotecas, bares y cantinas sujetos a horarios de cierre y vigilancia policial.

La situación es peor en aquellos conjuntos residenciales que no contemplan en sus reglamentos el arriendo temporal o turístico, pero que, por razones económicas, sus copropietarios optan por alquilarlos sin parar mientes en la prohibición legal.

Se ha abierto un nuevo filón de desdoro de la sana convivencia.

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