Editorial


Transcaribe

“(...) pero sin un plan de rescate financiero a largo plazo, Transcaribe será sustituido, como casi todo en la ciudad, por la informalidad (...)”.

Transcaribe se concibió con el objeto de optimizar el servicio de transporte público, que se cumpliría con dos principios esenciales: a) brindar una mejor calidad de servicio a los usuarios, quienes dejarían de padecer largos y tediosos viajes de ida y regreso, apretujados en busetas agresivas contra la comodidad debido a ruido, calor, conducción abusiva, inseguridad y largos tiempos de desplazamiento. Ese objetivo lo comenzaron a sentir los usuarios viajando cómoda, rápida y seguramente en las diferentes ofertas del sistema; y, b) mejorar la viabilidad de la ciudad en materia de movilidad.

Lo prometido fue que, al sustituirse buses y busetas por padrones y articulados, se mejoraría radicalmente el servicio y, de contera, que el uso de modos informales, como destartalados colectivos y peligrosas mototaxis solamente encontrarían razón de ser en lugares de alimentadores insuficientes.

Hace diez años el Sistema se concibió para una meta pronta de alrededor de 450 buses entre articulados y padrones; que con ellos operando se chatarrizarían unos 1.700 buses y busetas existentes; y que, bajo esas premisas, cerca de 400 mil personas utilizarían el sistema diariamente en cualquier sentido, lo cual lo haría sostenible con el pago de un precio razonable por pasaje adquirido.

Un decenio después lo que hemos visto, lastimosamente, es que en sus mejores tiempos 140.000 usuarios han abordado diariamente los servidores del sistema; que solamente hay 300 de los articulados proyectados; y, lo que es peor, solo unos 900 de los antiguos buses y busetas han sido oficialmente chatarrizados

En realidad, han faltado decisiones políticas para implementar este sistema a plenitud, diseñado para dignificar el modo de transportarse para la inmensa mayoría de los cartageneros. Y no puede decirse que ha faltado el concurso del Gobierno central, pues la realidad es que de allá ha venido más de las dos terceras partes del capital requerido. Por lo tanto, es claro que no se hizo la tarea de adquirir los buses acordados ni chatarrizar los proyectados en un plazo razonable.

Por lo que se conoce, la entidad no es sostenible en el tiempo. Así, salir de la sostenida crisis financiera irá más allá del aumento en la tarifa del servicio, créditos y subsidios. Sin una reingeniería, optimización de costos y reformas estructurales Transcaribe no se convertirá en el sistema funcional, con aceptables resultados financieros, que nos vendieron desde Bogotá.

Urge un plan de contingencia a corto plazo, con el crédito que se rechazó en 2020 y que ahora vuelve a la palestra. Pero sin un plan de rescate financiero a largo plazo, Transcaribe será sustituido, como casi todo en la ciudad, por la informalidad, y por un servicio caótico que a tantos intereses privados, protegidos por la politiquería, conviene.

¿Habrá alguna manera de superar el complejo de inferioridad colectivo que padecemos?

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