Turbaco: tarjeta roja

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Turbaco debería ser un pueblo paradisiaco porque tiene condiciones naturales inmejorables. Tiene un clima mejor que el de Cartagena, y en las tardes y noches de verano su temperatura es bastante más baja. El poco bosque que le han dejado las canteras es exuberante, y sus nacimientos de agua, amenazados por la deforestación y por la resequedad de El Niño, aún perduran, pero quizá con pronóstico reservado. Llegando desde Cartagena a territorio de Turbaco, en vez de anunciarse la naturaleza llena de verde y de sombra que lo distinguía, ahora sobresalen las basuras. Los alrededores de los puentes en el cruce de la Troncal de Occidente y el Anillo Vial están convertidos en unos basureros que deberían darle vergüenza hasta al más sinvergüenza de los ciudadanos, pero ahí siguen. De vez en cuando la Alcaldía de ese municipio hace la mímica de una limpieza, pero a los pocos días todo está peor, porque cada vez hay más detritus. En las inmediaciones del puente –frente al cementerio- ya se consolida una terminal de transporte informal con todos los problemas imaginables, y sin la infraestructura indispensable. Los alrededores están invadidos por quioscos, responsables de buena parte de la basura, directamente y por intermedio de su clientela desconsiderada. La carretera desde los puentes hasta Turbaco, a lado y lado, es un botadero de basuras. Lo mismo ocurre a la salida del pueblo, salvo algunas fincas cuyos propietarios tienen el civismo suficiente como para recogerla por su propia iniciativa y a su costo. En el pueblo, el tráfico es un caos: las mototaxis no tienen control ni noción de las normas de tránsito, sus conductores no usan casco y recogen pasajeros donde se les da la gana. Una vez en el pueblo, el viajero se topa con la incongruencia de que el puesto de salud y un colegio están casi tapados por una proliferación de bares con equipos de sonido desmandados, compitiendo unos con otros para ahogarse mutuamente el estruendo que pretenden hacer pasar por música. Los problemas enumerados hasta aquí son casi exactamente los mismos anotados en un editorial de hace varios meses, y como va el caos del pueblo, quizá serán motivo de otro similar en el futuro. Lo que es nuevo es el problemón del Tránsito de Turbaco, que –como aparece en las noticias de esta edición-, no puede expedir tarjetas de propiedad a quienes matriculan sus autos allá por el despelote y la ineficiencia de esta oficina del municipio, a la que al parecer, el Ministerio de Transporte no le está despachando placas. El rollo es tan grande, que la mayoría de los concesionarios de carros, que antes matriculaban entre 300 y 400 vehículos mensuales allá, mudaron sus trámites para el DATT de Cartagena. La mayoría se niega a recibir carros con placas de Turbaco, aun si ello representa dejar de vender un auto nuevo. La ciudad, por supuesto, ganó los ingresos que perdió el pueblo. Si todo lo demás en Turbaco marcha así, la crisis que le sobrevendrá podría ser terrible. Ojalá que su alcalde dé un timonazo firme y ponga la casa en orden. Aún está a tiempo.

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