Un recorrido consciente

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Si arrancamos desde Castillogrande un recorrido aleatorio pero consciente por distintos sectores del Distrito, nos percataremos que el paisajismo mal concebido del paseo peatonal de Bocagrande se tornó en un obstáculo para admirar las aguas de la bahía debido a la altura y el concepto errado de parque lineal, que malogra la visual de quien se movilice en automóvil. Es algo que se puede corregir, delegando el diseño a un experto y responsabilizando a una entidad que domine la materia, porque los edificios, en su noble compromiso de embellecer el entorno, se han dado a la tarea de plantar muros verdes a su libre albedrío sin el conocimiento estético y técnico correspondientes.

Al pasar por el parque Coral Gables, antes de la Iglesia, se puede sentir el olor nauseabundo que emana de la planta de rebombeo del alcantarillado, que se disemina hasta Castillogrande; esto pudiera deberse a que están usando el rebosadero sin necesidad, porque el barrio está parcialmente desocupado pues no estamos en alta temporada turística; o, también, porque los trabajos que se hicieron para controlar los gases pudieran haber tenido algún desperfecto (es muy fácil de revisar con toma de muestras de agua o control de olores en el ambiente, a los cual instamos a Aguas de Cartagena, Cardique y EPA).

Al llegar al Centro y pasar por el Camellón de los Mártires, puede notarse que los vehículos que salen de los parqueaderos de la Matuna y los que por allí transitan, si su destino es Bocagrande, tienen que dar la vuelta por la Calle Larga como si vinieran de Mamonal, El Bosque o Manga, aumentando el caudal del tráfico, situación que se podría remediar haciendo un volteo entre el Parque del Centenario y el Camellón de los Mártires, interviniendo unos cuantos metros del Camellón, con lo cual los carros pasarían aprovechando cuando el semáforo da la vía hacia la Media Luna (invitamos al Datt, Planeación, Patrimonio e infraestructura a que revisen esta propuesta).

Siguiendo después por distintas vías, el deterioro de las calles, con huecos y grietas que afectan la movilidad y dañan los vehículos, hacen pensar que una Secretaría de Infraestructura eficiente tendría claro que invertir de manera permanente en obras de baja complejidad, pero que son trascendentes para el ciudadano común, le cambian la vida a la gente. Tapar huecos no debería ser algo tan exótico.

Continuando hacia Barú, a lo lejos se ve el puente -donado por Puerto Bahía- que posibilita el paso de toda la carga desde y hacia la isla. No es comprensible cómo persiste sin reparación la dilatación que separa el puente, del terraplén, lo cual es plenamente conocido tanto por los contratistas de la obra, como por el donante y Valorización. Todos están más que advertidos que de ocasionarse un accidente mayor, flacas excusas habrá frente a los eventuales reclamantes. Incluso, debe considerarse si, con el invierno, tal desperfecto propiciaría que esa zanja se convierta en un cauce de aguas lluvias que afecte la estructura de esa base, que sostiene y conecta al puente con el continente.

Recorrer la ciudad y concluir que el cambio suele estar en los detalles.

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