Una planificación urbana coherente

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En la administración de Carlos Díaz, se hablaba de una ruta peatonal y paisajística integradora alrededor de los cuerpos de agua de Cartagena, buena parte de ellos degradados con basuras, invasiones y construcciones irregulares. La entonces secretaria de Planeación, Silvana Giaimo, mostraba un esquema computarizado de esta visión urbanística en la que se integraban el Parque del Manglar, el entonces Parque de la Comida Caribeña y hoy –¡en buena hora!- estación de Policía-, la orilla oriental de la Laguna de San Lázaro, y el Paseo Peatonal de Manga. Este sería un circuito que también tendría su ciclorruta. De igual manera se integrarían las demás orillas de agua, de manera que fuera posible ir a pie o en bicicleta desde Bocagrande y Castillogrande hasta la Zona Norte, incluyendo las márgenes del Caño Juan Angola, la hoy Vía Perimetral y todas las demás orillas. Esta red de comunicación peatonal y ciclística estaría unida a las estaciones del transporte acuático. La administración de Judith Pinedo nombró a Javier Mouthon, un técnico y catedrático de intelecto y preparación reconocidos, como secretario de Planeación, y es de esperarse que al fin esa oficina pueda hacerle honor a su nombre con una visión integral de la Cartagena urbana, que hasta ahora es intervenida a “machetazos” que poco tienen que ver el uno con el otro. Y de paso, quizá esa entidad también necesitaría tener el apoyo directo de las “ías” para proteger a su personal cada vez que tome las decisiones correctas, porque los amenazan con frecuencia cuando eso sucede, como en asuntos relacionados con algunas tierras de la Zona Norte, y también para determinar quiénes son los responsables de ciertos entuertos notorios. Hay unos tan obvios que es difícil entender cómo suceden, como la edificación nueva diagonal al Club de Pesca, que –dicen los arquitectos consultados- viola todas las normas, pero sigue adelante y hacia arriba, como si algún encantamiento la hiciera invisible para quienes deben controlar esos asuntos. Allí cabría la sanción prevista por la ley, o cambiar las normas de construcción si los técnicos decidieran -en público- que es lo conveniente para esa área. Transcaribe también es una oportunidad única para mejorar la movilidad de la ciudad no sólo con sus buses, sino con las ya mencionadas vías peatonales y ciclorrutas, lamentablemente ausentes de este sistema de transporte masivo, desaprovechándose una oportunidad histórica para democratizar aún más la movilidad en Cartagena. La falta de autoridad y de cultura cívica es evidente, ya que los espacios peatonales son abusados y en algunos lugares, destrozados por las rampas para vehículos de los propietarios de negocios, algunos de los cuales insisten en ocupar las áreas públicas y peatonales como lo hacen los vendedores informales. Transcaribe debería ir acompañado de edificaciones de parqueo con mucha capacidad, pero no conocemos la primera que haya sido construida para aliviar la presión sobre andenes y calzadas. Cartagena necesita una visión urbana humana y arquitectónica coherente –holística- que debería surgir cuánto antes de las entidades responsables de proponerla.

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