Valores cartageneros

29 de mayo de 2020 11:00 AM

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Ayer, en un interesante foro virtual organizado por RCN Radio, moderado por Juan Gossaín, sobre el rescate de los valores cartageneros, surgieron análisis y propuestas que vale la pena rescatar, de entre las cuales, por razones de espacio, sólo podemos mencionar los que siguen.

Existe un gran déficit de ciudadanía comprometida con la realidad y el destino de la ciudad; el interés en participar en los asuntos públicos se enturbia con una deficiente capacidad para ejercer con libertad el derecho a elegir, con lo cual los ciudadanos repiten inexorablemente un inexplicable masoquismo por votar por quienes, a sabiendas, harán su mejor esfuerzo para hacerle daño a este terruño. Y si por los lados de los electores no andan bien las cosas, tampoco con los candidatos, quienes tradicionalmente, guardadas las excepciones, emplean métodos torcidos para granjearse el favor de los votantes, así ello suponga comprar conciencias con dinero o con especies.

Pero el defecto no sólo se da en el ejercicio de la política. El declive ético también ocurre en el escenario de la empresa, desde los accionistas o el alto ejecutivo procuran manipular el mercado, ejerciendo prácticas restrictivas de la competencia o abusando de la posición dominante; o de los empleados, cuando toman bienes que no les pertenecen.

O en las iglesias, cuando se privilegian vanidades o se aprovecha de la fe del pueblo para enriquecer a los pastores del rebaño, o cuando se abandona a los fieles por cumplir labores que restan luces a la misión de guiar a los creyentes.

O desde el sector de la educación, cuando se privilegian las ideologías o los resentimientos personales, para transmitirlos a los aprendices, quienes reciben más ideas opinables que ciencia, formación o conocimiento.

O desde la justicia, porque cuando no hay sanciones contra quienes se apropian de lo público o lo ajeno, no sólo no habrá condenas que aplaudir, sino tampoco sanción social contra los responsables del daño.

O desde el periodismo, cuando aplaudimos a los dirigentes que le hacen daño a los gobernados, o cuando se reciben dádivas de políticos o dirigentes inescrupulosos para callar la verdad o para desfigurarla, o para que se hable mal o bien de quien no merece lo uno o no merece lo otro, o cuando dejamos pasar lo que amerita el escrutinio público o el rechazo social.

Es decir, desde todos los ámbitos, estamos en deuda con una ciudad hermosa, acogedora, que merece lo mejor de sus hijos, propios y adoptivos.

Para esto, hacen falta inversiones en campañas masivas, pedagógicas, diseñadas para meterse en el alma de los cartageneros, dirigidas a sacarnos del marasmo moral y para que, por fin, nos convirtamos en potencia ética de los colombianos.

A todos nos cabe una cuota de responsabilidad, porque cada uno no está haciendo suficiente para recuperar el norte ético en la ciudad. Tenemos que ponernos de acuerdo, sin exclusiones para, de la mano, enrutarnos hacia una mayor justicia social a partir de los valores que nos devuelvan una identidad compartida, que nos recupere un sentido común y poderoso de “cartagenidad”.

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