Fiestas

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Es bueno registrar un renacer de las fiestas. Sin menoscabar la importancia y trascendencia del Concurso Nacional de Belleza, se siente más participación popular en las fiestas de noviembre.

Todos los años suena una música pegajosa que se convierte en el aliento popular que viven las fiestas. Porros, fandangos y mapalés se disputan la atención y consagración antes mencionada. Pero no falta la nostalgia de las épocas del buscapiés, que es imposible de retrotraer, pero que quienes las vivimos añoramos por el sabor que imprimían a los festejos.

Eso de mirar para atrás es, además de nostálgico, peligrosa inclinación que viene con los calendarios. Es vivir añorando el pasado despreciando el presente que todavía ofrece posibilidades

La sensatez ha prohibido la pólvora por sus peligros. En estos días de masacres y bombas sería disparatada una “guerrilla” de buscapiés. A propósito, los mejores eran los Lavalle, Acosta y los Camberra. Las autoridades y la policía han reducido esta práctica con medidas eficaces. En cambio, no han podido con el vandalismo de la maicena y el malandrinaje de la guerra de agua, a veces de orines.

Algunos homosexuales, y otros que no lo eran, por relajo, aprovechaban para vestirse de mujer y se pintorreteaban generando situaciones de maltrato, a que los sometían, y la burla de los demás. Ahora con la incipiente tolerancia, tienen desfile y se divierten sin malos tratos.

Afirman que nadie se disfraza, que casi siempre le disfrazan. Hay una tendencia a actuar conforme al concepto de que “los demás” tengan de cada quien. Algo peor: que terminamos creyendo y sintiendo de acuerdo con esa dictadura de lo efímero.

El ron blanco corría a raudales. Ahora se impuso un aguardiente con anís, y al ron foráneo le conceden mágicas virtudes de abrir piernas y voluntades femeninas. ¡Lo que hace la publicidad!

La plazuela era una licuadora social con todos sus ingredientes: tambores y fandango, ruletas y juegos prohibidos que solo se aceptaban para esos días. Pero no se jugaba al chance, ni se robaban los celulares. Las mesas de frito y guarapo proliferaban, así como ventas de sombreros, pitos, serpentinas y máscaras. El orden lo imponían amables policías con bolillo, que eran respetados por quienes disfrutaban el festejo.

No nos referimos a su majestad el capuchón porque mucho se parece al pasamontaña de los terroristas. Solo lo mencionamos como símbolo de unos días que no volverán.

La Administración Municipal y El Universal le han dado impulso y divulgación al Certamen Popular. Destaca las hermosas efemérides que se celebran. También el Reinado de la Independencia tiene una constelación de mujeres preciosas que representan este año a todos los barrios de Cartagena. A propósito, ¿que tenemos en el programa para hoy?

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