Conoce la historia de: El televisor de Palenque

10 de febrero de 2020 12:00 AM

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Aquella leyenda según la cual Antonio Cervantes “Kid Pambelé”, después de convertirse en campeón mundial de boxeo, compró un televisor y lo instaló en la plaza del palenque San Basilio --su pueblo-- no es del todo cierta.

Eso afirma Jesús Natividad Pérez Reyes, quien en 1972 era activista cívico de Palenque. Lo mismo dice Lázaro, su hermano menor, ambos casi nonagenarios, pero con la memoria intacta para recordar los detalles de cómo fue la llegada del primer televisor que se encendió en esa población del norte de Bolívar.

Desde comienzos de la década del setenta, José Inés Cáceres, el presidente de la junta comunal de Palenque, viajaba con frecuencia a Cartagena, con el fin de gestionar la instalación de la luz eléctrica en Palenque, tarea que venía dialogando con las directivas de la firma Cospique y con el apoyo del entonces senador de la República, Miguel Faciolince.

“A Faciolince lo habíamos nombrado hijo adoptivo de Palenque –relata Jesús Natividad--, porque se había portado muy bien con nosotros. Tanto es así que, cuando se estaba acercando el 28 de octubre, fue el único que consideró que no podía ser posible que, precisamente nosotros, no pudiéramos ver la pelea de Pambelé, por no tener energía eléctrica”.

Por esos días se aproximaba el combate entre el panameño Alfonso “Pepermint” Frazer, campeón mundial del peso welter junior; y Antonio Cervantes Kid Pambelé, quien llevaba varios años luchando por coronorarse en esa misma categoría.

“Algunos palenqueros –Prosigue Natividad--, como yo, no se enteraron a tiempo de la ocurrencia de Faciolince y nos fuimos para Cartagena a ver la pelea. Unos se fueron el 27 y otros el 28 en la mañana. Yo estaba en el barrio Torices cuando me enteré de que el senador se presentó al pueblo con una planta de gasolina y un televisor de 32 pulgadas. Lo instaló en la plaza y eso se llenó de gente hasta decir ya no más”.

Cuando terminó la pelea, y mientras Pepermint agonizaba en la lona, el corregimiento de Palenque se convirtió en un carnaval cuya conflagración de júbilo duró dos días.

Pero cuando los sentidos volvieron a su lugar, José Inés Cáceres aprovechó para visitar nuevamente a las directivos de Cospique, quienes le informaron que al día siguiente enviarían una cuadrilla de técnicos que tomarían las medidas desde el vecino corregimiento de Malagana (jurisdicción del municipio de Mahates) hasta Palenque.

“Los topógrafos vinieron –recuerdan Jesús y Lázaro-- y nos informaron que desde el puente de Malagana hasta la plaza de Palenque había cinco kilómetros. Ese día también les preguntamos a los ingenieros y a Faciolince que si se podía aprovechar de una vez para gestionar la instalación de las redes de acueducto. Días después nos dijeron que, por el momento, se podía trabajar la excavación de un pozo profundo, que costó $70.000, un dineral en esa época”.

Al año siguiente, 1973, en Palenque se dio la primera visita de Pambelé, ya iluminado con el resplandor de la gloria. Lo acompañaron Andrés Pastrana Arango, el hijo del entonces presidente de Colombia, Misael Pastrana Borrero; y Álvaro de Zubiría Jiménez, a la sazón, gobernador del departamento de Bolívar.

“Ellos llegaron en una camioneta del Gobierno, y detrás venía un camión lleno de soldados que custodiaban una planta eléctrica grandota, pero ni siquiera pudieron bajarla, porque nosotros les dijimos que no queríamos ese aparato sino un servicio como el que tenían Malagana y Mahates, con sus postes y sus transformadores”, anota Jesús Natividad.

Para tales efectos, José Inés Cáceres, quien también era periodista, entregó al gobernador los documentos y el croquis que habían elaborado en Cospique, cuyos funcionarios describieron claramente cómo debía ser el sembrado de los postes, la trayectoria del cableado y la instalación de los transformadores.

“Al día siguiente –narran los hermanos Pérez Reyes--, llegaron los operarios de la Electrificadora de Bolívar con un camión cargado de postes y enterraron varios desde la entrada del pueblo hasta la plaza. Desde ahí, distribuyeron varios más en las cuatro calles que en ese momento tenía Palenque. A la semana siguiente ya todo el pueblo tenía luz y cada familia instalaba la energía eléctrica en sus casas”.

Un mes después llegó el segundo televisor. Lo compró Fermín Herrera Reyes. Se trataba de un aparato de madera prensada, marca Philips, de 28 pulgadas, con patas cuadradas, un botón gigante que fungía de selector de canales; y cinco botones más que controlaban el volumen, el brillo, el contraste y dos botones más que nadie sabía para que servían. Esto último les tenía sin cuidado, puesto que solo prendían el televisor para ver noticieros, telenovelas y las peleas de Pambelé.

“A pesar de que era una novedad en Palenque –dicen los Pérez-- la gente casi no le paraba bolas al televisor; y de pronto era porque nada más se podía prender en la tarde. Pero cuando peleaba Pambelé, la casa de Fermín se volvía un teatro y después una parranda que duraba hasta el día siguiente”.

Una muestra fehaciente de ese teatro y de esas celebraciones todavía duerme en la memoria de los palenqueros mayores, y es nada menos que el combate entre Pambelé y el japonés Yasuaki Kadota. Para ese entonces, en la casa de Jesús Natividad (barrio El Centro, calle de Las Flores) había llegado un televisor de 32 pulgadas que compró su esposa, Lorenza Palomino, en Cartagena, en el almacén J. Glottman, del barrio Getsemaní, donde le cobraron dos mil pesos de contado.

Era un televisor de madera, marca Motorola, que permanecía en una mesa, puesto que carecía de patas. El día del encuentro Kadota-Pambelé la señal televisiva llegó a Colombia a las 5 de la mañana, “pero en Palenque no estábamos seguros de cuál sería la hora. Entonces, lo que hicimos fue prender el televisor desde las 6 de la tarde del viernes. A las 3 de la madrugada no cabía una aguja en la sala de la casa. Y cuando se acabó la pelea, seguimos parrandeando hasta el domingo”.

Los festejos kilométricos se terminaron cuando Pambelé se enfrentó al puertorriqueño Wilfredo Benítez, quien ese día se coronó campeón mundial de los welter junior, una decisión que para los palenqueros no fue más que un robo descarado a su campeón, tema por el cual duraron discutiendo y protestando varios días.

Tampoco aceptaron la derrota de Pambelé cuando fue despojado del título por el norteamericano Aaron Pryor, porque para ellos se trataba de una transacción deshonesta entre los manejadores de ambos contendientes. “Esa pelea la sufrimos por radio y después por la televisión en diferido”, aclaran los paisanos del excampeón.

A estas alturas, la casa de Fermín Herrera, el propietario del segundo televisor que llevaron a Palenque, yace como una ruina en la calle Las Flores, del barrio El Centro, mientras que el televisor aún permanece en el rincón de un bohío del patio de la casa de Florentina Herrera Cáceres, su hija, quien vive en la calle principal. El aparato es un cachivache cuya madera se desmigaja como una galleta salada, mientras que el cuerpo de Fermín reposa en el cementerio de Palenque desde 1984.

¿Y el Motorola de Jesús Natividad? Ni él mismo sabe a dónde fue a parar. Solo recuerda que duró más de veinte años.

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