Un Bolívar para ver y contar: La Mojana, una experiencia para vivir

30 de diciembre de 2019 12:00 AM
Un Bolívar para ver y contar: La Mojana, una experiencia para vivir
La atarraya va tras la música de peces que salta a flor de agua en La Mojana. // Luis Eduardo Herrán - El Universal

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Atardecer de bocachicos. La subienda suena como una música en el agua. Siempre quise regresar a La Mojana. Allí el tiempo fluye como una taruya arrastrada por el viento del río Magdalena a las 3 de la tarde.

Zumban los ciritongos o caballitos del diablo en una danza de cielo, en un temblor de alas, buscándose en el aire, y en el puente de madera de las estaciones fluviales.

La Mojana es un milagro fluvial de 500 mil hectáreas, que se extiende a cuatro departamentos: Bolívar, Sucre, Córdoba y Antioquia, confluencia de tres ríos: el Magdalena, el Cauca y el San Jorge.

La Mojana bolivarense abarca la Depresión Mompoxina: Magangué, Achí y San Jacinto del Cauca. Y abarca siete municipios de Sucre: Caimito, Sucre, San Benito Abad, Majagual, San Marcos y Guaranda. Abraza la Ciénaga de Ayapel, Pueblo Nuevo y Bellavista en Córdoba. Y culmina en Nechí, Antioquia.

Los habitantes de La Mojana conviven en el invierno de agosto a octubre, y en el verano de diciembre a abril. Es una comunidad anfibia porque una franja del año se la pasa en el agua, y otro tiempo, en tierra. En Bolívar ese hombre anfibio nace, crece, se reproduce y muere, al pie del agua. Y en Sucre, ese mismo hombre llamado Pata de agua, tiene un pie en el agua y otro en la tierra. Los cuatro departamentos comparten el mito de La Mojana, espíritu femenino del agua, capaz de atrapar con su enorme cabellera la soledad de los pescadores y navegantes. Y el mito del mohán, espíritu masculino del agua. Los dos espíritus se funden en sus aguas.

Estoy ahora en la estación fluvial de Coyongal y el barro del invierno es blanco y es poca la tierra firme en este sábado. Me detengo a ver el paisaje: al vendedor de hicoteas, guartinajas, gallinas, panochas y pasteles. Y la escena increíble de un hombre a caballo llevando un enorme bagre rayado sobre el lomo de su caballo, arrastrando su enorme cola. El bagre rayado del Magdalena es una especie amenazada. Luis Felipe Martínez está escamando sus bocachicos con un cuchillo largo, y me dice que la subienda de bocachicos ha regresado al río Magdalena y a toda La Mojana, después de cuatro años.

Lo supieron una noche en que el pueblo despertó con un enorme zumbido en el río, como de burbujas a punto de estallar a flor de agua. Eran los bocachicos. Él que es un veterano pescador, había tenido que sembrar bocachicos en criaderos en el patio de su casa que colinda con el río, pero ahora, hay lluvia de bocachicos, y preside la Asociación de Pescadores de Coyongal, que integra a 72 pescadores, cuenta con 5 pozos y 16 mil alevinos. En estos criaderos además de bocachicos, están preservando toda la gama de bagres y mojarras, y en el complejo de 40 ciénagas, están cuidando la fauna y la flora. Pero ahora él me dice que no hay manjar más exquisito en este mundo fluvial que los bocachicos, en todas sus formas: guisado, frito o en cabrito.

“Usted tiene tiempo para comerse uno”, me dice. La chalupa que nos llevará a Achí, aún tarda. La cámara de Luis Eduardo Herrán le pide a Luis Felipe que siga escamando sus bocachicos para la foto.

Todo allí en La Mojana, es descomunal, como su exuberante vegetación, su gigantesca reserva en fauna y flora, y el equilibrio ambiental que genera para toda la región Caribe. Pero su esplendor es paradójico cuando la más grande siembra de arroz sucumbe en las inundaciones y el ganado se ahoga en la creciente. Paradójica realidad de ser la cuna de los Zenúes, domadores de aguas, que controlaron con su sabiduría ancestral las estaciones del invierno y la sequía del verano. Aislados en la pobreza social y la riqueza ambiental, los habitantes de La Mojana, aún desafían los tres ríos indomables que los circundan, como si estuvieran en el séptimo día de la Creación, a la espera de conjugar políticas públicas que reviertan la pobreza en abundancia y en inversión social, en educación, salud, vías de acceso, y desarrollo sostenible. La Mojana tiene el potencial para ser algo más que una ruta ecológica y cultural, no solo por ser depositaria de memorias que han nutrido a poetas, novelistas, cineastas e investigadores, sino que también es un espléndido y sobrenatural paisaje para las apuestas artísticas y cinematográficas.

Todo lo que emerge de las aguas de La Mojana es riqueza infinita e inagotable, naturaleza aún por explorar y explotar para el bien común.

Cuando uno mira desde la chalupa el paisaje fluvial ve gigantescos bosques flotantes, reinos sumergidos que en el verano, nos devuelven sus monedas de oro, el privilegio de una región fantástica.

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