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Cuando El Salado era dulcemente alegre

Hoy se cumplen 21 años de un suceso que hizo tristemente célebre a este corregimiento de El Carmen de Bolívar; pero sus habitantes prefieren recordar las épocas en que eran un punto anónimo en el mapa de Bolívar.

RUBÉN DARÍO ÁLVAREZ P.

16 de febrero de 2021 12:00 AM

Se llama Villa del Rosario, pero es más conocido como El Salado, porque hace muchos años los antiguos pobladores extraían agua de unos pozos naturales que lloraban un líquido cristalino al que había que someter a tratamientos caseros para reducirle la salinidad y poder ingerirlo.

Pero a la larga, y por cuenta de las balas y la sangre, el pueblo se hizo famoso a nivel nacional con el segundo nombre: El Salado, aunque los muertos no fueron únicamente los del corregimiento sino también de las veredas ocultas en las montañas.

Se llaman Arenas del Sur,​ Barquero, Pativaca, La Emperatriz, Bálsamo, Santa Clara, El Respaldo, Espiritano, El Danubio, Villa Amalia, Las Vacas y Tacaloa.

Pese a la resonancia nacional de ese nombre, los pobladores --y aún los vecinos de los Montes de María-- lo siguen pronunciando como siempre: “El Salao”, de donde se desprende el gentilicio “salaero”, que también es famoso en casi todo el departamento de Bolívar.

Los ancianos salaeros dicen creer que el pueblo podría tener más de cien años, y que debieron pasar muchas décadas para que las familias allí asentadas, desde tiempos inmemoriales, comenzaran a disfrutar de comodidades como la luz eléctrica y el suministro de agua potable en cada vivienda.

“Antes de que pusieran el acueducto --cuentan-- íbamos a buscar el agua a unos pozos llamados La Trampa y El Pindán. Con esa agua salobre se solucionaban las necesidades de la casa. Algunas familias la hervían antes de tomarla. Pero la verdad es que no era un agua tan salada, y todavía es la hora en que la tomamos, porque a nadie le ha hecho daño”.

Pese a esas carencias, aseguran que la Villa del Rosario era una población tranquila y alegre, en donde las únicas preocupaciones de los habitantes eran salir a trabajar a sus parcelas y comercializar los productos de la tierra entre las veredas y caseríos cercanos, aunque una que otras veces se trasladaban a El Carmen de Bolívar o a Cartagena.

“Aquí se cultivaba de todo, pero el producto fuerte era el tabaco. Después le seguían la yuca, el ñame, el plátano y el maíz. En esos tiempos había como unos dos mil agricultores, y cada uno aportaba, aproximadamente, una tonelada de tabaco por año. Aquí en el pueblo se procesaba una parte y la otra la llevábamos a El Carmen, y eso significaba fuentes de trabajo para mujeres y jóvenes”.

Cuando los salaeros insisten en que El Salado era uno de los pueblos más alegres de los Montes de María, se refieren a que cualquier motivo era suficiente para hacer fiesta y divertirse sin restricciones, siendo la cosecha del tabaco una de las principales excusas para armar el jolgorio, debido a que su recolección duraba casi todo el año. Pero los festejos comenzaban el 6 de enero con las fiestas en corraleja, que convocaban a ganaderos y manteros de casi toda la subregión.

“El tabaco se empezaba a sembrar en abril y la recogida se daba desde mayo hasta diciembre. Al tiempo que se iba sembrando, también se iba organizando todo lo que tenía que ver con la Semana Santa. En las casas se preparaban comidas y dulces, pero también se organizaban paseos para las parcelas y las veredas; y había que tener bastante estómago porque donde quiera que uno llegaba lo recibían con un cerro de arroz de frijolito, ensalada, pescado guisado, hicotea guisada, iguana guisada y un platico de dulce con galletas”.

Después de la Semana Santa se esperaba el mes de junio para celebrar las fiestas de San Juan, con carreras de caballos en el día y bailes en la noche y bajo la luz de los mechones. En julio, los salaeros se unían a los devotos de El Carmen de Bolívar y también le hacían procesión a la Virgen del Carmen. Posteriormente, en agosto celebraban las fiestas de Santa Rosa, la segunda patrona del pueblo; y en octubre, las de la Virgen del Rosario, de donde se tomó el nombre primigenio del corregimiento.

“Como no había llegado la luz eléctrica, las fiestas las hacíamos con radios y unos tocadiscos de baterías a los que les decían radiolas, aunque en el pueblo teníamos acordeonistas como Antonio Ramos y Hugo Abel Lambraño. De vez en cuando recibíamos las visitas de músicos como Andrés Landero, Calixto Ochoa y Enrique Díaz, que se quedaban varios días parrandeando con nosotros. También había cuenteros y decimeros como Julio Padilla y Agapito Montes, que fueron salaeros muy famosos por estos pueblos”.

La luz eléctrica fue instalada el 20 de mayo de 1983.

“Ese día ni las gallinas durmieron --recuerdan los ancianos--. No se sabe si era por la curiosidad o la alegría de ver el pueblo iluminado por primera vez. Unos meses antes, cuando la Alcaldía comenzó a anunciar que venía la electricidad, un poco de familias comenzaron a comprar neveras, televisores, equipos de sonido y hasta estufas eléctricas, para no tener que seguir cortando leña. Entonces, ya no había necesidad de atajar a las acordeonistas que pasaban por aquí. Comenzaron a hacerse las casetas con picó y con conjuntos vallenatos de los grandes”.

Tal como ahora, el pueblo sigue siendo arenoso hasta el punto de que por muy fuertes que sean las temporadas invernales, las calles nunca se vuelven barriales, como sí ocurre con los caminos que conducen a las veredas o a la carretera Troncal de Occidente.

Durante la abundancia del tabaco, el pueblo contaba con unos cinco camperos que llevaban pasajeros a El Carmen de Bolívar, los cuales se dejaban ganar de los burros cuando las llantas se les atascaban en el barro colorado que dejaban los aguaceros como testimonio de su paso por ese pueblo que no ha vuelto a ser el mismo.

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