De cómo son las clases virtuales en la zona rural De cómo son las clases virtuales en pueblo

01 de junio de 2020 11:13 AM

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Por estos días, ser estudiante de universidad o de colegio y vivir en una zona rural, no es tarea fácil.

El estudiante debe hacer maravillas para tener acceso a la conectividad de internet y cumplir con la responsabilidad de avanzar en el proceso académico.

Tener una computadora, o servicio de internet, a ciertas horas y en diferentes lugares de la geografía colombiana, se ha vuelto una situación bastante compleja, sobre todo para quienes viven en corregimientos y veredas.

La comodidad de las aulas quedó atrás. Los trabajos en grupo también fueron suspendidos y hasta prohibidos; y las salas de informática, reemplazadas por cerros elevados donde, a duras penas, llega la señal que permite tener un mínimo de acceso a la tecnología.

Camilo Martelo es ejemplo de ello. Vive en el corregimiento de San Joaquín, jurisdicción del municipio de Mahates (norte de Bolívar). Cuenta que, junto a sus compañeros de universidad y de centenares de estudiantes de primaria y bachillerato, debe hacer de “tripas corazón” para estudiar.

Relata que, de lunes a viernes, deben recorrer cuatro kilómetros para llegar puntuales a un cerro localizado en las afueras del centro poblado, donde logran el encuentro con los docentes que diariamente los esperan desde la distancia, pero cerca gracias a los computadores.

El recorrido se les hace difícil. Deben atravesar parcelas que están separadas por cercas de alambre de púa, y arrastrase por el suelo para poder cumplir con sus responsabilidades, las cuales son cada vez más difíciles.

En este proceso se exponen a todo: desde ataques de animales salvajes, pasando por la inclemencia del sol y terminando en lo peor, el cambio de clima, que no les da tiempo de reaccionar.

Llegar al cerro es solo una parte del periplo, ya que lo demás consiste en encontrar la señal del operador que tiene antena cerca, para poder conectarse y dar inicio al proceso educativo.

“De cierta manera, nos han perjudicado con el aislamiento obligatorio. Pero a eso se le suma que no tenemos las mismas facilidades de los estudiantes de las grandes ciudades, empezando por la adquisición de la tecnología”.

Diariamente deben compartir sus dispositivos con los estudiantes de primaria y bachillerato. Estudiar de esa forma se vuelve una situación desesperante, primero por la conectividad; segundo, por todo lo que deben hacer para participar en sus clases; y tercero, por el dinero que deben gastar para tener un plan de internet, que escasamente les alcanza para los veinte días hábiles de clases.

Llegar al cerro es una rutina a la que ya se han acostumbrado, aunque consideran que caminar les ejercita el cuerpo, pero también les provoca desgaste, dado que deben trabajar bajo árboles cuyas ramas filtran los rayos del sol y el calor es insoportable, mientras gastan un tiempo exasperante en conectarse a la red.

Tienen una limitante: hasta ese territorio llega la señal de un solo operador, pero la saturación hace lento los procesos. Por tal razón, el día no les alcanza y deben trabajar por las noches, aun a costa de la intermitencia de la señal de internet.

“Cuando las autoridades decretaron el aislamiento obligatorio, muchos tuvimos que migrar hacia nuestros pueblos, porque no nos podíamos quedar en las ciudades, pagando arriendo y alimentación. Por eso, pedimos que las autoridades nos apoyen para seguir con el proceso académico”.

Camilo Martelo insiste en que se trata de un proceso bastante traumático, porque diariamente deben adaptarse a los cambios, “y en este caso --explica--, las clases virtuales requieren de mucha concentración, pero las condiciones se convierten en un distractor de mucha importancia”.

Sin embargo, reconoce que este proceso les ha permitido aprender más sobre herramientas informáticas, a manejar, en un gran porcentaje, un computador; y a tener cierto grado de concentración, ya que trabajan con un tiempo bastante limitado.

Dicen que han aprendido a ser recursivos, a madrugar más y a ser cumplidos con sus horarios, puesto que este mecanismo es sumamente exigente, empezando porque deben desarrollar actividades como si estuvieran en los salones de clase.

“El estudio se nos ha vuelto una responsabilidad muy grande. Con todo lo que está generando el virus, hemos aprendido a valorar lo que tenemos, debido a que requerimos de muchas horas de esfuerzo, además de las dificultades que implica este proceso. En un principio, creímos que podíamos abastecernos con varias cosas y que todo sería normal. Pero, con el paso de los días, hemos descubierto que la situación va para largo y desconocemos cuánto tiempo demoraremos en esto”.

Tienen claro que la pandemia ha develado las falencias del municipio, en cuanto a conectividad, lo que, a veces, repercute en estados de ánimo negativos, producto del encierro y de los cambios abruptos que han tenido que aplicar en sus vidas.

Algunos pueden desplazarse hasta el casco urbano, para trabajar en despachos municipales, como la biblioteca. Pero la mayoría no puede costearse el transporte. Eso les obligó a quedarse en el corregimiento para apoyase entre sí.

“Hay días en que no nos alcanzan las horas, y nos encuentra la noche en plena actividad. Pero la desventaja consiste en que no contamos con el servicio. Si no estamos en el cerro, perdemos el trabajo. Aún así, hemos aprendido a compartir desde el internet hasta la alimentación, porque duramos tantas horas allá arriba que llevamos el desayuno y el almuerzo para no perder tiempo bajando hasta nuestras casas. Ojalá que lo que estamos haciendo tenga eco en las autoridades; y que alguien nos diga que estas condiciones de estudio van a cambiar, ya que somos ocho universitarios y más de 300 estudiantes de primaria y bachillerato”.

Los muchachos opinan que si el Estado instalara una antena, las cosas fueran diferentes; y compartir en grupo, sería una oportunidad para convertir las dificultades en fortalezas.

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