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En el puerto del “yonso” han bajado las ganancias

En Calamar la gente parece no temerle al coronavirus: casi todos andan desprotegidos. Pero el respeto a la bioseguridad ha perjudicado a los lancheros, quienes no pueden transportar más de cinco personas.

Calamar. 1:30 de la tarde.

Mientras el río Magdalena arrastra fragmentos de taruya, que parecen islas vagabundas, los lancheros aguardan en las escalinatas de la vieja muralla de concreto, que hace las veces de embarcadero de pasajeros y carga.

Ese sitio siempre se ha conocido como el Puerto del Mercado, pero los lancheros jóvenes le dicen “El puerto del yonso”, refiriéndose a las canoas de fibra de vidrio y madera que son impulsadas por un motor fuera de borda, que podría ser de cualquier marca. Pero resulta que desde que la marca ‘Johnson’ se impuso en los ríos de Bolívar, las lanchas a motor quedaron marcadas con el apelativo de ‘el yonso’.

El lugar se ve atiborrado de desperdicios, responsabilidad que los lancheros les cuelgan a los vendedores de pescado, “porque nosotros lo primero que hacemos, antes de empezar a trabajar, es un aseo bien minucioso. Pero al ratico vienen ellos y lo ensucian”.

Estas embarcaciones que ostentan más de seis metros de largo, 80 centímetros de ancho y 35 de profundidad, aproximadamente, tienen la parte cercana al motor protegida con una carpa de plástico, que se sostiene con cuatro o seis varas de madera o de aluminio.

Debajo de esa carpa cruzan tres o cuatro láminas de madera de 70 centímetros de largo y 15 de ancho, incrustadas de un borde a otro para que se sienten los pasajeros, cuyos pies descansan sobre tres tablas de madera puestas sobre el piso, que es, al mismo tiempo, la barriga de la lancha. La función de las tablas es evitar que los pasajeros se mojen los pies, en caso de que el agua se filtre por el piso o salte por la borda.

A pesar de la longitud del vehículo, sorprende que cada lancha lo único que transporta son cinco personas, aunque tiene capacidad para cargar hasta cuatro toneladas de los objetos que llevan y traen los comerciantes de diferentes destinos.

Los lancheros explican que, en tiempos normales, las lanchas pueden resistir hasta 16 pasajeros y cuatro toneladas de carga, entre cavas de pescado, sacos de productos de pancoger y cajas de gaseosa y cerveza. Pero en cuanto se decretó la pandemia, las cargas pueden ser las mismas, pero los pasajeros se redujeron a cinco, como medida de bioseguridad para evitar las aglomeraciones, muy a pesar de que en Calamar casi nadie usa tapabocas ni alcohol y los locales comerciales abren como si ni existiera el coronavirus.

A lo largo de la muralla hay varias escalinatas que ascienden hacia una especie de atalaya formada por unos tubos de hierro, que soportan un pequeño techo que podría ser de cartón o de madera delgada.

Debajo de la escasa sombra siempre está sentada, en una silla de plástico, una persona a la que los lancheros llaman “planillero” y cuya función es ir anotando en un cuaderno los turnos de cada lanchero. Por eso, el despachador se gana mil pesos por cada salida de una lancha.

En la primera escalinata hay un grupo de jóvenes que no alcanzan los 25 años de edad. El mayor de todos es Héctor Pérez, un lanchero natural de Puerto Niño (o Charanga, Magdalena), quien aparenta unos cuarenta años de edad y quien dice que en Calamar hay casi treinta lancheros, que antes se movilizaban diariamente hacia los pueblos del departamento del Magdalena, que es el fragmento de tierra cubierta de vegetación que se ve al otro lado del río y frente a la muralla.

“Esos pueblos son, además de Charanga –cuenta Pérez, quien tiene once años de ser lanchero–, Puerto Niño, Pedraza, Cerro San Antonio y muchos más, que están alrededor de una gran ciénaga que se comunica con el río y por donde las lanchas entran a llevar o a buscar pasajeros”.

Mientras están en la escalinata, la mayoría de los lancheros usan chancletas, suéteres y pantalonetas. Mas, cuando tienen que hacer un viaje, le adicionan a la vestimenta un buzo con capucha que los protege del crudo sol que se mantiene desde las 7 de la mañana hasta las 5 de la tarde.

Adolfo Marchena, uno de los trabajadores jóvenes, relata que antes de la pandemia un lanchero podía reunir hasta más de un millón de pesos mensuales, de los cuales sacaba para la gasolina y la alimentación, pero aun así le quedaba una buena ganancia.

“Pero ahora --sigue calculando--, apurados nos quedan unos 600 mil pesos, de los que también hay que sacar gasolina y comida. O sea, nos vienen quedando como unos 400 o 500 mil pesos, cuando nos va bien”.

Los viajes más frecuentes, y por los cuales cobran dos mil pesos por pasajero, se hacen a Charanga, donde la mayoría de los viajeros son estudiantes pertenecientes a los colegios de Calamar. Pero el fuerte del negocio era con los foráneos que llegaban todos los días por cuestiones de negocios o a pasarse un fin de semana.

“Ahora no llega nadie”, dice Sandra García, la planillera del grupo, quien afirma que antes de la pandemia se hacía hasta 26 mil pesos por día, “pero ahora ya no pueden estacionarse treinta lanchas como antes sino trece. Cada día trabaja un grupo diferente; y así, lo que logro reunir son unos 15 mil pesos diarios”.

Antes de la pandemia, los treinta lancheros hacían más de diez turnos y duraban laborando hasta las 7 de la noche y hasta aceptaban contratos exclusivos para ir a buscar a un grupo de personas en Barranquilla, Cartagena o Santa Marta.

Recuerda Sandra que, antes de la emergencia sanitaria, cada lanchero transportaba un promedio de 150 personas por día, lo que ha bajado a 50.

Los lancheros han oído decir que en otras partes de Colombia los gobiernos están otorgando ayudas a los trabajadores informales. Por eso están esperando que su Municipio se pronuncie.

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