Julio Gil Beltrán , leyenda contada en décimas

31 de mayo de 2020 12:00 AM

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Raymundo García Puerta y Jesús María Pardo Ramos se echaron al hombro la misión de rescatar la obra y la memoria de Julio Gil Beltrán y, de paso, enseñar a los niños el arte de la décima.

Julio Gil Beltrán Simancas nació en el municipio de Arjona (norte de Bolívar) el primero de septiembre de 1907; y murió, en esa misma población, el 2 de mayo de 1982.

Dicen los expertos que ha sido uno de los decimeros más grandes (si no el más grande) que ha tenido el Caribe colombiano, puesto que en él confluían los tres tipos de decimeros que se definen así: el decimero escritor, el decimero intérprete y el decimero repentista.

“Crear y cantar décimas no es fácil --advierte José María Pardo--, porque se trata de armar un formato literario de diez líneas, que va cambiando de rima a medida que avanza, hasta conformar la estrofa. De ahí que algunos decimeros solo se limiten a cantar las creaciones ajenas, pero ni escriben ni improvisan. Otros, se dedican únicamente a escribir y tienen décimas para todas las ocasiones, pero ni cantan ni improvisan. Y otros solo cantan. Julio Gil Beltrán hacía todo eso: era un poeta que escribía piezas de gran factura, cantaba como un jilguero e improvisaba de manera inagotable. Por ejemplo, esta es una de sus piezas memorables:

‘Ni la salida del sol/ni la muerte de la luna/ni el brillo de la laguna/decoloran el arrebol/ni el oro puesto en crisol/ni la flor en ambrosía/ni el alba estrella del día/ni el mar ni el cielo en su alteza/tienen aquella belleza/que tenía la madre mía/’”.

Raymundo y Jesús María saben de lo que hablan. Ambos son decimeros y músicos.

El primero, quien vive en la calle Lomba, fue, por mucho tiempo, percusionista de conjuntos de acordeón, pero ahora se dedica no solo a la creación de las décimas sino también al rescate de la obra de Julio Gil Beltrán, mientras que va enseñando a niños y jóvenes los secretos de ese arte y dicta conferencias en diversos escenarios del país.

José María Pardo, quien vive en el barrio La María, también es el conductor de “Humor criollo”, un programa cómico que se transmite por el canal local Teledique, en el cual, además, aprovecha para cantar y hablar de la décima, lo que despertó la curiosidad de los niños que ahora tiene en el semillero “Decimeritos de Arjona”.

Raymundo García recuerda que, en la década de los años 80 del siglo XX, cuando el finado escritor cordobés, Jorge García Usta, andaba por la región Caribe buscando material para confeccionar su libro “Diez juglares en su patio”, se supo que le había dedicado un capítulo a Francisco, “Chico” Barón, un decimero bolivarense, del que poco se tenían noticias.

“Los artistas arjoneros --recuerda García Puerta-- nos preguntamos por qué no se le dedicó otro capítulo a Julio Gil Beltrán, si el mismo García Usta afirmaba que era el mejor decimero que había conocido en su vida. Pero después nos explicó que para Julio Gil Beltrán tenía pensado un proyecto más ambicioso: un libro sobre su vida, donde también se recogerían todas sus décimas. Pero, lastimosamente, García Usta murió y ese fue uno de los muchos proyectos que se quedaron en el tintero”.

Fue ese uno de los motivos que motivaron a García Puerta a rescatar las piezas de Julio Gil Beltrán, de las cuales lleva más de cien, según dice, que abarcan infinidad de temáticas, sobre todo los que ocupaban primeros planos durante la juventud del mítico decimero.

Sin embargo, aún no tiene claro cuál sería el derrotero a seguir cuando acumule el máximo de piezas que puedan conseguirse. “Yo creo --divaga-- que todo ese material, junto con la biografía de Julio Gil Beltrán, podría archivarse ordenadamente, por si alguien se anima a escribir un libro. Ahora mismo, la fuente más expedita soy yo, porque sus hermanos, y todos los que fueron sus discípulos, ya murieron”.

José María Pardo, quien se considera una de los mejores alumnos de Raymundo García, dice que no tiene inconvenientes en recibir a todos los niños y jóvenes que lleguen a su programa diciendo que están interesados en cantar y componer décimas, pero que en el fondo sabe que son muchos los llamados y pocos los escogidos.

“Uno hace lo posible con todo el que pida atención --señala--, pero lo cierto es que se necesita un mínimo de talento, de sensibilidad. El semillero comenzó en mi casa con mis hijos. Después se me fueron sumando los hijos de algunos vecinos, y los papás colaboraban con los refrigerios. Después me puse a dictar clases en la Institución Educativa Arturo Ramírez, de este mismo barrio; y allí logré llevar a los niños a competencias intercolegiales en el Colegio Cooperativo Domingo Tarrá, en el Centro Cívico Julio Gil Beltrán y en la I.E. Don Bosco, entre otras. En todas nos ganábamos los primeros lugares”.

De acuerdo con Pardo, lo primero que se le debe enseñar a un niño es la entonación y la afinación, para que el canto resulte agradable al oído.

“Después --continúa--, se le van enseñando rimas fáciles, estrofas de dos líneas, de cuatro y así sucesivamente, hasta que aprenda a tejer una décima. Debe tenerse en cuenta que la décima tiene una estructura especial, donde las cuatro primeras líneas forman una cuarteta normal, donde riman la primera con la cuarta, la segunda con la tercera y la cuarta sigue rimando con la quinta. En la sexta, la rima cambia y compagina con la séptima. La octava cambia para rimar con la novena, mientras que la décima compaginaría con la séptima. Y queda lista la décima”.

Algunos de los problemas que sortea Pardo durante su magisterio, tienen que ver con el hecho de que ciertos muchachos aprenden a cantar décimas e, incluso, a improvisarlas, pero no logran matar el pánico escénico que les impide enfrentarse a un gran público, y prefieren retirarse del oficio.

“El otro problema es que no siempre tengo presupuesto para los refrigerios y para el transporte de los niños que viven en las veredas. Por eso, no me caería tan mal que la Secretaría de Cultura Municipal me diera la mano, por lo menos en eso”.

José María Pardo y Raymundo García no creen estar pecando de inmodestos cuando afirman, a boca llena, que de no ser por la gestión que están llevando a cabo, el arte de la décima se hubiera perdido en Arjona.

“Ahora están aprendiendo los niños y los adolescentes, pero había ancianos (hombres y mujeres) que tenían la habilidad y hasta componían sus propias décimas, pero las tenían guardadas, porque creían que ya eso no se usaba y que no valía la pena. Nosotros los sacamos del error, enseñándoles a cantar con todas las de la ley”.

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