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Las historias secretas en los Montes de María

Viajar a los Montes de María es una sorpresa. Desde las cabañuelas hasta sus historias increíbles como los ñames de San Cayetano.

GUSTAVO TATIS GUERRA

19 de marzo de 2023 12:00 AM

Al atardecer, los campesinos de las sabanas de Bolívar se sientan, acuclillados o parados frente al horizonte, y miran el cielo, a la sombra de una vara alta. Se sientan a mirar en las nubes y a vaticinar cómo será este año.

Pese a las pestes y a los desatinos provocados por las contaminaciones del aire, la tierra y las aguas, los sembradores se resisten a descreer de los vaticinios que leían en el Almanaque Bristol y en la sabiduría de sus abuelos. Lea: Los Montes de María ya han sufrido demasiado

Saben que todo ha cambiado luego de tres años de haber vivido la pandemia global, y todo en la madre tierra puede ser impredecible. Un aguacero inesperado puede desgajarse en cualquier instante de marzo o prolongarse un verano implacable.

Ya desconfían de sus propias cabañuelas, cuando descubren que, entre los más viejos, la adivinanza matemática de las siembras no siempre se cumple.

Las cabañuelas fueron, a lo largo de siglos pasados, el pronóstico de lluvias y veranos, tiempo de pesca y momento propicio para sembrar la yuca, el ñame o el plátano.

Fueron la cábala de los sembradores, que aún, pese a las nuevas tecnologías, siguen deletreando las nubes y el estado del día y la noche, para predecir cómo se comportará el primer y segundo semestre del año.

Los cálculos eran elementales. Los doce primeros días de enero equivalían a cada uno de los doce meses del año. Si había viento, humedad o calor en un día, así sería el equivalente al mes.

En los Montes de María, los sembradores tenían su propia manera de medir los tiempos del tiempo del verano y el invierno, medían las horas del día con la sombra del caballete de su casa en la tierra, e iban enterrando estacas marcadas: “Tres de la tarde”, “Seis de la tarde”. Pero esa medición variaba con las estaciones. Los campesinos creaban su propia cabañuela: sembraban doce semillas de maíz por separado, y la primera que germinara era la señal de las cosechas y las lluvias. Si germinaba la semilla número nueve, no había duda de que llovería y sería propicio sembrar en septiembre. Lea: Montes de María, otra vez arrinconado por la violencia

Las cabañuelas, en los Montes de María, empezaban desde el primer día de enero hasta el 12. Cada día era un mes. Creían que el pronóstico de que lloviera en enero era una nefasta señal del año.

En Europa, como en América, las cabañuelas son pronósticos de lluvias para planear las cosechas durante los doce meses del año y fueron en la antigüedad babilónica, el presagio y la suerte de las fiestas para adivinar cómo sería el año agrario. Entre los judíos y los españoles, el pronóstico empezaba el 2 de agosto hasta el día 13. El 2 de agosto era enero y el 13 de enero era diciembre. Esa cábala es lo que llamaban la Llave del Año.

Ahora en este 2023, ya pocos sembradores jóvenes hablan de la cabañuela. Se ríen de los desaciertos de los vaticinios ante una naturaleza que ha mutado brutalmente por el cambio climático. Le puede interesar: Toneladas de ñame, yuca, mangos y aguacates para Cartagena

En los Montes de María

Todo es posible en los Montes de María, una inmensa despensa agrícola en un área de 646 kilómetros cuadrados, 15 municipios compartidos entre Bolívar y Sucre. Es punto estratégico con exploraciones de gas y petróleo, 13 mil hectáreas sembradas de palma africana y cerca de 15 mil hectáreas de teca. Pero la desmesura y la escasez se abrazan paradójicamente.

Allí confluyen 7 municipios de Bolívar y 8 del departamento de Sucre.

Allí están por Bolívar: Marialabaja, San Juan Nepomuceno, San Jacinto, El Carmen de Bolívar, El Guamo, Córdoba Tetón y Zambrano. Por Sucre: San Onofre, San Antonio de Palmito, Toluviejo, Morroa, Los Palmitos, Ovejas, Colosó y Chalán. Habitan descendientes indígenas de zenúes y malibúes, y descendientes de la comunidad afrocolombiana y mestizos.

Las historias secretas en los Montes de María

Al pasar por el Cerro de Maco, es imposible no pensar en Adolfo Pacheco, en la música que nació en aquellos cerros, en la que siguen creciendo las hierbas altas, desafiando los peladeros y el verano despiadado.

Fugazmente vuelve la memoria, como una música, a evocar la remota leyenda de los indígenas, de quien cogiera un fruto en sus caminos, no encontraría la senda del regreso.

Cuando el juglar de los Montes de María subió al cerro, siendo un muchacho, lo atraparon los cantos de los mochuelos y el resplandor de un arco iris que surcaba los cuatro cerros: Capiro, Morena, Algodón y Maco. Así nacieron dos de sus canciones célebres, del canto de un mochuelo y un arco iris como una inmensa hamaca de todos los colores, para mecer el Valle de Upar y los Montes de María. A caballo, y armados con machete y escopeta, subieron Adolfo y sus amigos, siguiendo el rastro de una puerca que se había llevado un tigre. Durmieron a cincuenta metros, en lo alto del cerro, en la casa de Julio Torres. Toda esa aventura es hoy música, paisaje y reserva ecológica.

El viaje prosigue hacia el Carmen de Bolívar, pero antes, a setenta kilómetros al suroeste de Cartagena, está el Santuario Los Colorados, lo que queda de un bosque seco en una hectárea de tierra, en los Montes de María, en donde crecen los guayacanes y los guásimos, las bromelias, las ceibas amarillas, las palmas de chontaduro, las palmas de vino, las palmeras de niebla, los sietecueros y los tamarindos.

Allí perviven el pajuil, la pava congona, el mochuelo y el quetzal.

El canto de los mochuelos, convertida en canción en el ingenio de Adolfo Pacheco, y el llamado mañanero de las pavas congonas, convertida en música de Andrés Landero.

En la soledad del santuario fluyen los arroyitos, y desde el mirador se observa una panorámica de San Juan Nepomuceno.

La fiesta del ñame

Los habitantes de San Cayetano amanecen sorprendidos por las formas del ñame que sale del corazón de la tierra.

El ñame sale en todas las formas inimaginables: ñame en forma de mujer acostada, ñame en forma de brazos y piernas, ñame con cara de caballo.

Los sembradores de ñame proclaman en la trastienda, que el ñame sirve para todo y no solo para comerlo.

Las historias secretas en los Montes de María

Sirve para la artritis, la menopausia, el calambre, el control del estreñimiento y otros milagros en veinte recetas para degustar.

San Cayetano le hace cada año una fiesta al ñame, y ha inventado el flan de ñame.

Junto a las maravillas del tubérculo, está el tradicional Cabeza de Gato, compartido con los sinuanos, con plátano machacado, y el Cabeza de Garza con ñame machacado.

Los degustadores de ajonjolí muelen su ajonjolí asado y salado con pedazos de ñame, inventado al limpiar el molino con las sobras del ajonjolí convertido en un nuevo puré exquisito de ñame. El ñame no deja de sorprender a los mismos sembradores. Hay tanto ñame en los Montes de María, que a un sembrador se le ocurre creer que en los Montes de María hay más ñame que en Arabia Saudita, petróleo. Hace unos años, más de doscientos mil bultos de ñame sembrados en cuatro mil hectáreas de tierra en los Montes de María, salieron hacia Cartagena, en una cosecha espléndida.

Una madrugada el sembrador Pedro Pablo Tapia sacó de su tierra, un ñame que pesó 65 libras, y tenía como un par de patas de 91 centímetros de largo y 41 centímetros de ancho.

Cuando se lo mostró a los vecinos, todo el mundo lo bautizó: “Patas de ñame”, y cuando los curiosos lo repararon descubrieron que el ñame tenía rodillas, glúteos y un par de testículos.

Los sembradores de San Cayetano quedaron perplejos al contemplar el gigantesco ñame del amanecer que tenía forma de mujer.

Antes de ponerlo en manos de los compradores, le pusieron zapatos y medias de mujer. Y le pintaron ojos para encarecerlo en el mercado.

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