Regional


Mujer y sus hijos rogaban que no mataran al padre de la familia... fue en vano

Crónica de un recuerdo que no debería, pero parece repetirse cada vez con más frecuencia en nuestros pequeños pueblos cada vez que asesinan a algún papá.

LAURA ANAYA GARRIDO

30 de abril de 2023 12:00 AM

Aquella noche, como tantas otras, jugábamos a las cartas para espantar, más que el aburrimiento, la incertidumbre. Estábamos en uno de los corregimientos de los Montes de María y nada terminaría bien en aquel febrero del año 2002.

Aquella noche, de repente, comenzamos a escuchar un llanto lejano, pero profundo y desgarrador, y empezó a dolerme la barriga, como siempre que algo horrible está por pasar. Los alaridos se acercaban y todos -mis hermanos, mis papás y yo- salimos a la calle a ver quién lloraba... quiénes, más bien. Lee aquí: Aquella llamada de un sicario y otros episodios tras las crónicas rojas

Vi que había muchos más paramilitares de los que podía contar con mis dedos, todos iban armados como si estuvieran en un campo de guerra, pero lo cierto es que habían llegado a matar a un campesino de nuestro pueblo, un pedazo de tierra con tres calles largas que entonces debía albergar menos de dos mil habitantes que, a lo sumo, tendrían machetes para sus labores de labriegos.

La víctima de aquella noche sería el señor Siete Chichas -supongo que la capacidad de su prominente barriga tendría que ver con el apodo- y los que lloraban eran su mujer y sus hijos. Lo habían sacado de su casa “para hablar”, ¡mentiras!, solían decir así cuando en realidad pretendían acribillar a algún cristiano.

A mis escasos once años, empecé a entender la bajeza en la que la guerra, el conflicto armado o como quisieran llamarle, podía convertir a las personas: la señora, a punto de convertirse en viuda, suplicaba a fuerza de lágrimas que no asesinaran al Siete Chichas y sus hijos -todos eran chicos, la mayor tendría mi edad- intentaban aferrarse a él para impedir la desgracia de la que todo el pueblo acabaría siendo testigo. Recuerdo que la señora, con rabia, reclamaba que la ayudaran, pero ¿qué podían hacer los adultos mortales frente a tantas armas y tanta maldad junta?

220.000
personas murieron en medio del conflicto armado entre 1958 y 2012 en Colombia.

Aquella noche sentí en aquel llanto un inenarrable dolor, una rabia sorda y un desespero infinito, pero encontré dentro de mí más miedo y más dolor de barriga. Tuve físico pánico de convertirme, alguna de aquellas noches, en esa futura huérfana que intentaba aferrarse a su papá mientras un montón de desgraciados armados lo conducían hacia una de las salidas del pueblo para fulminarlo a balazos. Miedo, por haber nacido en un pueblo donde no había ni Policía y el Ejército pasaba apenas a veces. Donde nadie podía hacer nada ante un arma. Donde Siete Chichas no tuvo más opción que caminar hacia su espantosa muerte mientras escuchaba el desgarrador llanto de los suyos. Nadie merece morir así, pensaba yo, a mis once años, cuando escuché los balazos y después, cuando supe que sus otros familiares tuvieron que ir a recoger sus restos y lo que regresó a su casa fue un cadáver en una hamaca. Lee además: Las escenas macabras que algunos han normalizado

Este recuerdo “no es una narrativa sobre un pasado remoto, sino sobre una realidad anclada en nuestro presente”, como dice un pedacito de ‘¡Basta ya! Colombia: memorias de guerra y dignidad’, el informe general del Grupo de Memoria Histórica que se imprimió en julio de 2013 y nos reveló que entre 1958 y 2012 el conflicto armado ocasionó la muerte de por lo menos 220.000 personas.

“De estas muertes el 81,5% corresponde a civiles y el 18,5% a combatientes; es decir que aproximadamente ocho de cada diez muertos han sido civiles, y que, por lo tanto, son ellos -personas no combatientes, según el Derecho Internacional Humanitario- los más afectados por la violencia”, dice el informe, y matiza: “Su dimensión es tan abrumadora que si se toma como referente el ámbito interno, los muertos equivalen a la desaparición de la población de ciudades enteras como Popayán o Sincelejo”.

El señor fue una de las 23.161 víctimas de asesinatos selectivos en el país entre 1981 y 2012.

Ya se firmó la paz con las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (Farc) y se desmovilizaron las Autodefensas Unidas de Colombia (Auc), pero lo cierto es que tantos años después de aquella noche existen bandas criminales y otros grupos que siguen en guerra, aunque quizá ya a algunos no les guste llamarlo conflicto interno armado. Lo cierto es que solo en 2023, hasta el 4 de abril, habían asesinado a 40 líderes sociales y que ese recuerdo mío debe parecerse a alguna escena desgarradora que algún niño en algún pueblo apartado de Colombia está viviendo o está por vivir. No es justo.

En los últimos años se ha recrudecido la violencia en los Montes de María, solamente en 2022 hubo 102 asesinatos, como lo informó mi compañera Julie González Ortega en una nota publicada por El Universal el 20 de febrero de 2023. Lee aquí: Montes de María, otra vez arrinconado por la violencia

Para tener una dimensión del fenómeno: de acuerdo con el Instituto Nacional de Medicina Legal, solo en 2022 hubo 102 homicidios en esta subregión, y lo repito porque es una cifra muy superior a los 90 de 2021 y los 64 de 2020. ¡No debería haber ni un muerto, obviamente!, pero, si miramos un poquito más atrás, entendemos que el problema crece y crece: en 2016 hubo 41; en 2017, 57; en 2018 la cifra bajó a 51, en 2019 volvió a repuntar a 78.

“Los municipios con mayor número de muertes violentas fueron El Carmen de Bolívar (33), San Onofre (18), Marialabaja (14), San Jacinto (10) y Ovejas (7)”, decía la nota de febrero.

Y continuaba: “Frente a esta situación, en diciembre de 2022, la Defensoría del Pueblo emitió una alerta temprana sobre el riesgo que corren las comunidades de los Montes de María frente a la expansión y consolidación de las Autodefensas Gaitanistas de Colombia (AGC) o Clan del Golfo, que en algunas zonas incluso estarían usurpando funciones del Estado en cuanto a la resolución de conflictos e imposición de sanciones”.

¿Ves?, “no es una narrativa sobre un pasado remoto, sino sobre una realidad anclada en nuestro presente”.

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