Sucre


El fruto desconocido del amor fugaz de "El Sayayín"

ÁNGEL MIGUEL PÉREZ MARTÍNEZ

27 de mayo de 2014 08:02 AM

La lluvia, el destino y la belleza primaveral de una quinceañera se entrelazaron esa noche de julio con una estrella que se perdería en el firmamento.

Eran casi las 7 de la noche y el calor que había abrazado durante el día a Santa Barbara de Pinto, empezaba a desvanecerse con el soplar del Río Magdalena.


Había llegado el momento esperado por miles de pinteños y ella se arreglaba para verse más bonita y disfrutar del concierto de aniversario de su pueblo natal.


La tarima ya estaba instalada en la plaza, los músicos habían llegado y los técnicos tenían preparado los equipos para que se brindara un espectáculo inolvidable.


Ella, luego de “plancharse” su cabello castaño oscuro, se deslizó entre unos estrechos jeans que hacían resaltar más su esbelta figura y se colocaba una blusa escotada de tela muy suave, color rosa.


Luego de los retoques de rigor, cuando ya eran más de las 8, acompañada de su abuela caminó hacia la plaza a encontrarse con una multitud que empezaba a gozar de la gran fiesta.


El concierto contagiaba de alegría al ambiente ya un tanto refrescado y este se mezclaba con la euforia de miles de fanáticos en ese escenario en donde de repente irrumpiría ella llamando la atención del cantante de moda.


Mientras esperaba su turno cerca a la tarima, el artista charlaba entre el bullicio con Xavier Gómez, joven pinteño que le había abierto un grupo de fans en Facebook.


Pero el cantante cartagenero, cambió abruptamente el tema cuando la hermosa jovencita pasó por el lugar y embrujado con su belleza, sin quitarle la vista de encima, preguntó a Xavier si él la conocía, a lo que este contestó positivamente.


Enseguida y con tan solo un gramo de vergüenza el artista le reveló a su confidente de turno que deseaba conocer a aquella niña mujer y le pidió que se la presentara, por lo que este con desparpajo le presentó a Flor Silvestre.


La quinceañera se sintió halagada y extendiendo su mano derecha para alcanzar el saludo de la estrella, dejó brotar de su boca una linda sonrisa deslumbrando aun más a aquel hombre que ya empezaba a mostrar las actitudes tontas propias de un enamorado.


De inmediato, del cielo relampagueado de esa noche cayeron  las primeras gotas de una llovizna con las que el destino empezaría a escribir la historia de un cálido encuentro del que pocos conocen.


La pequeña llovizna se convirtió en lluvia, la abuela se había marchado y los tres se refugiaban en la carpa de las amplificaciones del concierto ofrecido gratis a toda la región.


Debajo del colorido toldo el artista, su fanático y la muchacha siguieron charlando y bebiendo grandes tragos de aguardiente, pero la novel pareja también aprovechaba para bailar mientras esperaba el llamado del cantante.


Pese a la lluvia, el concierto no paraba y el público seguía enloquecido con las orquestas que calentaban el ambiente a quien sería el broche de oro del concierto publicitado con bocina para ese 23 de julio de 2011.


De repente, el presentador llamó al artista y él en un acto de cortesía invitó a la joven para que lo acompañara y ella aceptó emocionada el detalle de la máxima estrella del concierto ofrecido por quien se convertiría en la alcaldesa de la localidad.


El cantante y la quinceañera subieron tomados de la mano, ella se ubicó a un lado de la plataforma y él caminó uno, dos, tres y cuatro pasos más para tomar el micrófono y saludar a la enardecida multitud que coreaba su nombre.


“A ese man si le salen vale”, fue la canción con la que el cantante inició su presentación, luego interpretó otros tres de sus éxitos, pero de repente pasó algo inesperado que lamentaría eternamente el público presente: el fluido eléctrico se interrumpió y el concierto se apagó.


Galán suicida

Eran ya más de las 12 de la noche y la incertidumbre del regreso de la energía untada con el agua de lluvia fue enfriando el ambiente y dispersando a la gente, mientras, el artista y su invitada, otra vez debajo de aquella carpa, aprovechaban para conocerse más.


La chispa del amor se fue encendiendo, él le decía que era muy bonita y ella le expresaba su emoción por estar conociendo a un cantante de tanto renombre, así mismo con sonrisas le dejaba saber que la atracción era mutua.


La lluvia amenazaba con arreciar, por lo que el champetero convertido en un galán impulsado por emociones suicidas agarró de la mano a la jovencita y caminó con ella tres cuadras hasta llegar al hotel en donde él y sus músicos se hospedaban.


Acompañados ya únicamente por la oscuridad los enamorados seguían conversando con el pretexto de estar esperando la “luz”, pero transcurrían los minutos y esto no sucedía, cada vez se hacían más frecuentes los abrazos en la pareja, llegando el primer beso.


Embriagados con una potente pócima de amor, atracción física y alcohol, el cantante y la estudiante entraron a la habitación del artista y lenta y apasionadamente se consumieron durante toda la noche entre el olor a lluvia fresca y los interminables flashes de los relámpagos.


Flor Silvestre, quien hacía un año había probado por primera vez el dulce no empalagoso del sexo en una casi violación, se entregó emocionada a aquel hombre sin importarle que apenas lo estaba conociendo.


La pareja pese a rozar con interminables vaivenes mil veces el cielo, tenía cada vez más para darse, pero esa madrugada en Santa Barbara de Pinto el tiempo pasó volando, el desenfreno los agotó y arrulló en un corto descanso interrumpido por un indiscreto toque a la puerta.


El sol salía lentamente del horizonte y como un telón descubría las sabanas de la larga escena, eran casi las 6 de la mañana y el inoportuno resultó ser uno de los músicos del cantante, recordándole que era hora de emprender viaje de regreso a Sincelejo.


Jhon Jairo Sayas, volvió a cerrar la puerta de la habitación del segundo piso que instantes antes había entreabierto para recibir la alerta, se dio vuelta y se reencontró con la niña mujer con la que atrapado entre las irrompibles cadenas de la pasión había pasado la noche.


Acto seguido, la sacó delicadamente de la cama invitándola a un intimo baño para empezar a despedirse de ella, mientras presentía que jamás la volvería a ver, como castigo del mismo destino que lo había envuelto casi sin darle chance de pensar en las consecuencias de aquel furtivo romance.


Luego de casi infructuosamente apagar con agua aquellas supervivientes llamas de lujuria, se dispusieron a cubrir de nuevo sus cuerpos, él con ropa limpia sacada de una maleta y ella con los mismos atuendos de los que horas antes el destino la había despojado.  

 
Él seguía encantado con ese lunar que ella lleva coquetamente cerca de su ojo derecho y de repente sacó su perfume e impregnó de la aroma la gorra que había lucido durante su presentación, preparaba un detalle buscando evitar el olvido de la pueblerina.


Flor Silvestre recibió mirándole a los ojos la cachucha color café de una gran estrella amarilla al  frente, atesoró el regalo y le dio un interminable beso, continuando así el ritual de despedida del joven hombre y de la niña mujer.


Infierno tras la puerta

Ella, aun con rostro de satisfacción por inocentemente creer haber conocido el amor, al mismo tiempo estaba consciente de que al abrirse la puerta de esa habitación, se enfrentaría al gran infierno de su pequeño pueblo, así como al desprecio de su familia.

Valientemente, aun con sueño y con un billete de 50 mil pesos que también le había regalado su enamorado, caminó varias calles, pasó por la plaza observando de reojo los vestigios del concierto y sintiendo miradas avergonzadas, siguió hasta llegar a casa, donde su abuela la esperaba destrozada.

Al llegar, el esposo de su abuela la tomó por los cabellos y la golpeó, ambos creían que el cantante había sido su primer hombre, pero ella viéndose obligada confesó quien se había llevado su virginidad: un profesor que se aprovechó de ella a los 13, cuando le ayudaba a hacer tareas.

Búsqueda y luz

Una semana después, la estudiante aprovechando sus vacaciones de mitad de año, viajó a Barranquilla con la meta de encontrar y conocer a su mamá, quien la abandonó siendo muy pequeña.

Jhon y Flor mantuvieron comunicación durante un tiempo, él le enviaba dinero y le pedía que se fuera a vivir a Sincelejo, también le propuso alquilarle un apartamento para así seguir viéndose y continuar con el romance.

Pero en plena búsqueda de su madre la jovencita descubrió que una vida florecía en su vientre, ya estaba en casa de una señora que la acogió y le dio trabajo como vendedora de jugos en una esquina del ya desaparecido barrio de Las Colmenas.

Había permanecido unos días en casa de su abuela materna en el sector de Las Malvinas y una semana en La Cachacal, peligrosa zona de tolerancia en donde había encontrado a su madre, pero de donde prácticamente huyó, pues el marido era consumidor y le brindaba drogas. 

En sus jornadas de rebusque en ese extinto ambiente subnormal la quinceañera recordaba casi con miedo las palabras de “El Sayayín”, cuando este le decía que si llegarse a quedar embarazada podía contar con él, pero que en ningún momento se le ocurriera abortar el bebé, porque la “mataría”.

A medida que avanzaba el embarazo Flor Silvestre fue aborreciendo al cantante y al descubrir que era casado, botó la simcard del celular y cerró su Facebook, donde Jhon Jairo le colocaba fotos suyas y le dejaba mensajes que ella nunca le contestó.

Asustada por la indecisión de seguir o no con el embarazo, pues su mente se embrolló en miles de miedos, entre ellos tener que dejar los estudios y afrontar un rol para el cual ella no estaba preparada física, psicológica ni económicamente, intentó varias veces apagar esa luz, pero esta seguía aferrada a la vida.

Pasaron los meses y la barriga llegó a su limite y de ella afloró una niña que nació en la Clínica Niño Jesús, en donde enseguida le “cayó” el Bienestar Familiar, llevándola con su bebé al Hogar Santa Elena, casa de monjas para madres menores de edad, donde permaneció 11 meses.

Silencio ahogado

Incomunicada, pues las  religiosas no permitían que sus protegidas tuvieran comunicación con el exterior, el martes 26 de junio de 2012, a través de un noticiero nacional de televisión, Flor supo que Jhon Jairo Sayas Díaz, “El Sayayín”, había sufrido un atentado contra su vida.

La joven madre quedó inmóvil y enmudecida frente al televisor del hogar, guardándose para ella sola las emociones que le habían producido la mala noticia, por lo que empezó a pedirle a Dios por la recuperación del cantante, pero la salud de este empeoraba cada día.

Y llegó ese trágico 15 de julio de 2012, cuando también por las noticias, la adolescente supo que el supuesto padre de su hija había fallecido en horas de la madrugada en una clínica de Sincelejo, la pequeña cumpliría el día siguiente tres meses de nacida.

Durante nueve meses enfrentó de noche y de día el remordimiento de no haberle contado a Jhon que estaba embarazada de él, por eso constantemente deseó, sin suerte, que su espíritu se le apareciera para decírselo y así no ahogarse con su propio silencio.

Dos meses más tarde, cuando las monjas consideraron que la niña pinteña había aprendido a ser madre, estas la dejaron “libre” y una juez de familia del I.C.B.F. la llevó de vuelta a su pueblo, en donde sus familiares felices y con sancocho de gallina, la recibieron con su pequeña criatura.

Sueño mandamiento

Ya en su casa, a los pocos días la joven mamá tuvo un sueño que le hizo tomar inmediatamente la decisión de hacer contacto con familiares del cantante para decirles de la existencia de su hija, por lo que inició una búsqueda por la red social de Facebook.

Inicialmente, se topó con Nohemy Sayas Díaz, a quien le dijo tener una hija de “El Sayayín” y a la hermana del cantante no se le hizo extraño, pues sospechaba que su hermano no era fiel a su esposa, además apenas observó una foto de la niña, lo vio plasmado en ella y no lo puso en duda ni un instante.

Pero la quinceañera no tuvo la misma suerte cuando halló a la madre del champetero, pues según cuenta la insultó tanto que aun le hiere y le retumba en la mente una de sus frases: “los únicos hijos que él dejó son los que reconoció”.

Sin embargo, para Flor Silvestre más indelebles aun que esas palabras están las imágenes de cuando ella, aguardando en la tierra, “El Sayayín” vestido de blanco y acompañado de un señor, bajó del cielo, tomó de la mano a ambos y le pidió a ese hombre que la ayudara en todo.

“Debes tener mucha fortaleza, solamente así podrás salir adelante y por favor has que todo el mundo sepa de la existencia de nuestra hija”, fue el consejo y la petición que Jhon Jairo le dejó a Flor en ese sueño que para ella es un sagrado mandamiento. 
 

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