Sucre


Hay un ave fénix en el jardín central

Un sueño o una pesadilla le predicen el oscuro camino que deberá recorrer antes de encontrar su propia grandeza. Su historia de vida.

ÁNGEL MIGUEL PÉREZ MARTÍNEZ

17 de enero de 2021 06:32 PM

De repente una voz de trueno me dice: “Te convertirás en el héroe de tu propia vida y un día tus mismas palabras lo contarán”.

Otra voz subterránea y burlesca susurra: “Pero alguien muy cercano a ti será el villano de tu estúpida historia”.

Despierto sobresaltado y suena la alarma. Quizás fue un simple sueño, tal vez una pesadilla. No lo sé. Son las 4:30 de la madrugada, debo irme a trabajar.

Camino por la calle del puerto y espero que el bus de la fábrica de cemento me recoja. Hoy también está venteando fuerte, pero en la arena quedan huellas de los pescadores.

Hace un rato los navegantes bajaron a la playa, como todos los días, encendieron mechones y subieron a sus pequeños botes para lanzarse a la oscura mar.

Uno de ellos es Efraín*, abuelo de mi mejor amigo, que con trasmallo al hombro y su desayuno en un porta-comidas, encara su nueva faena, como también lo haré yo, pero en el horno de piedras calizas.

Mi jornada en la cementera transcurre como siempre. Han pasado varias horas, son las 9:00 de la mañana de un día de junio del 2008. La tarea de los marineros casi termina, aunque regresan con pocos pescados debido a la lluvia.

Poco a poco se acercan a la orilla. El viejo va adelante y olfatea que algo no va con el paisaje hoy. El hombre de mar deja de remar y señala unos extraños ladrillos que flotan tranquilos sobre el agua.

La presencia de esos paquetes envueltos en plástico, completamente ajenos a su hábitat natural, lo intimidan. Otro de los pescadores grita: “Tal vez sea droga”.

Pasado un instante, el veterano está rodeado de un océano de incertidumbre y no sabe qué hacer.

Los pescadores más jóvenes se lanzan de sus botes y, entre el agua revuelta por sus ágiles brazos, revisan uno de los “ladrillos”.

En aquel escenario borrascoso se escucha un grito: “Sí, es cocaína”, y empiezan a recoger el narcótico que alguien dejó a la deriva y que las olas iban arrastrando hacia la playa de Boca de la Ciénaga (Coveñas-Sucre-Colombia).

Con mayor sigilo que los demás, el viejo decide también pescar en mar revuelto y tomar varios de esos paquetes brotados de la submarina actividad del narcotráfico en el Golfo de Morrosquillo.

En la orilla, tras desembarcar, el abuelo saca sus pescados y con prisa los vende a revendedores que aguardan en la playa. Su otra “captura” la deja en la cava, que carga con cuidado. Se marcha.

Mientras camina hacia su cabaña, maravillado, pero nervioso, la mente del abuelo va relacionando el alijo con el asecho que tenían ayer los guardacostas en ese sector.

Va más rápido que de costumbre y diciéndose: “Quizás esos patrullajes obligaron a tripulantes de alguna lancha rápida de narcotraficantes a arrojar esta droga al océano”.

Llega y sin vacilar, como nunca, Efraín* entrega a su mujer el dinero completo de la venta del pescado. Al tiempo, piensa qué hacer para comercializar aquellas “langostas blancas” robadas al mar.

El pescador va al patio, se acerca a su nieto Daniel*, le cuenta en secreto su hallazgo y pide ideas que conviertan la “mercancía” en dinero con el cual planeó comprar unos muebles, una motocicleta, un bote con motor y pagar deudas.

Son las 5:00 de la tarde, acabo de llegar a casa. Termina otro día de duro trabajo en la fábrica, me digo y me dispongo a cenar y compartir en familia con mi pequeña hija. Más tarde me reuniré con mis amigos.

Entre la majadería de mis otros compadres, Daniel* se nota tenso esta noche, me hace señas invitándome a hablar a solas, pero esta vez bajo unas palmeras, como para que ni la luna nos escuche:

“Esta mañana, cuando regresaba de pescar, mi abuelo encontró cocaína, y me pidió que le buscáramos comprador y la vendiéramos, a cambio de eso nos dará una buena comisión”.

Entiendo ahora su estrés. Sin decir una sola palabra, me siento involucrado, tal vez porque es mi mejor amigo. Casi sin pensarlo, digo: “Listo, pero no sé quién pueda comprar eso”.

Él responde: “Averiguaré hasta contactar a un comprador”. A mí me queda la parte de entrega y recibo del dinero cuando vinieran por los “pescados”, como le empezamos a llamar a la mercancía, de la que nos queríamos deshacer rápido.

Pasaron dos días y es miércoles. Estoy detrás de la barra de un bar, el pequeño negocio de la familia de Daniel*. Él no está, coordina por teléfono la llegada del comprador de la cocaína.

Con la cabeza gacha, ensimismado, tomo fuerzas para empujar este momento y hacer que pase rápido, pero no lo logro. Sin percatarme, a cuentagotas, van llegando personas a las afueras del local y se ubican alrededor.

Entran y caminan hacia mí entre parejas que beben tranquilamente. Me apuntan con armas y me obligan a quedarme quieto, buscan por todos lados y descubren la cava que yo custodiaba. En su interior, varios kilos de “maldición”.

Delante de mí los hombres, que resultaron ser policías y agentes del C.T.I. encubiertos, hacen pruebas a la droga, esta produce una reacción azul y se escucha: “Es clorhidrato de cocaína de alta pureza”. Enseguida empiezan a hacerme mil preguntas para las que no tengo respuestas.

Mi mejor amigo no ha vuelto. Quizás es uno de los espectadores que voy viendo de reojo mientras me sacan del bar con las frías esposas que le han puesto a mis muñecas. Me conducen en una camioneta a la Fiscalía y me imputan el delito de tráfico de estupefacientes.

Mis padres, destrozados, con sus pequeños ahorros contratan un abogado que me recomienda aceptar el delito para esperar que me dicten detención domiciliaria. Yo acepto, pero no me dan el beneficio.

En la cárcel, vencido por ese cansancio que deja el llorar sin cesar, voy quedándome dormido sobre la cama de cemento de una celda. Entre el murmullo de mil desconocidos hay miradas desafiantes en rostros desencajados.

Es como si los fanáticos que me siguen en los estadios de béisbol y sóftbol con sus miradas de admiración por mis potentes batazos y épicas atrapadas se hubiesen transformado en hambrientos zombis que quieren devorarme.

Una pequeña luz se filtra en el pabellón tres de la Cárcel La Vega de Sincelejo, choca contra mi cara y me despierta. No solo siento ardor en mis ojos, sino dolor en los huesos y la espalda, es mi primer día en prisión.

Mis ánimos solo alcanzan para salir del infierno de este calabozo cuando voy a calentarme en el patio, aprovechando los quince minutos de sol diarios y para tomar alimentos desabridos que tienen solo sazón a castigo.

Amanece otra vez. El agotamiento acumulado hizo que una madrugada más pasara como si fuese un instante, pero no sucedió así con el mes de suplicio esperando la definición de mi condena.

El juez va a dar el veredicto, dice: “Condenado a 10 años y ocho meses de prisión”. El cielo se derrumba, caen pedazos de él sobre mí; son tan pesados y grandes que en un segundo me sepultan junto a mi carrera deportiva. Hay dolor, lágrimas, decepción e incertidumbre. Me siento en un túnel eterno y oscuro.

Los días me hunden en mí mismo y los fines de semana traen otra clase de sufrimientos: no poder estar en el terreno de juego patrullando el centerfield del equipo “Tolcemento” y suspender los entrenamientos que venía realizando para ser llamado una vez más a la Selección Colombia de Mayores.

Hoy es un día como todos, pero una fecha especial porque mi hija cumple dos años de vida, aún así otra vez soy invitado a una nueva tortura de mil horas en las cuales aún me sentiré vivo, pero muriendo.

Así van seis meses, entre el llanto y algo de demencia mis músculos se tornan blandos, la piel pálida y mis huesos casi salen a la superficie. El olor a marihuana, orín, excremento, amargura, grescas, hacinamiento y desconfianza son casi permanentes.

Es de noche también afuera, desde allá suenan explosiones que atormentan mi alma de una nueva forma. Son personas libres que festejan con voladores, despiden el año, es 31 de diciembre e imagino a mi familia reunida esperando la llegada del 2009, pero en realidad no celebran, aguardan hasta que yo salga de prisión, pero para eso faltan más de 10 años.

Este es otro esquema, otro mundo, un reality show tan ignorado que si no lo pasáramos por alto nadie caería en él, pero aquí estoy pagando muy caro por un error sin ser un delincuente, ante una justicia cada vez más alejada de eso, de equidad.

Si hubiese crecido diez centímetros más no estuviese aquí, tal vez estaría vistiendo el uniforme de Yankees, Astros de Houston o Bravos de Atlanta, en el béisbol de las Grandes Ligas.

Tenía casi todo, poderosos brazos, ágiles piernas, era considerado una máquina bateadora, pero los caza-talentos buscaban además de eso, peloteros bastante altos y yo no lo soy. Por cierto, supe que mi hermanito va espigado, lo extraño mucho, al igual que a mis padres y dos hermanitas.

Mi pena cumple un año y no me adapto. Todavía no hago amigos porque aveces ni siquiera sé quién soy, nunca sonrío, voy de la tristeza a la ansiedad pasando por el vacío. Siento que caigo aún más abajo, es como si debajo de una depresión existiera una más, luego otra, sin sentirse el piso.

La madre de mi pequeña dejó de enviarme cartas, la última me llegó bastante fría. No habló de nuestro hermoso amor, únicamente de las necesidades y el futuro de la niña. Pronto pasará a ser del nivel cuatro.

Acá entre nosotros, sin querer clasifico a las personas en un ranking, las del nivel uno son las que se atreven venir a visitarme; dos, las que me escriben; tres, las que me mandan saludos con otras y cuatro, las que me olvidan.

Pero nunca faltan los saludos de mis familiares y amigos, como Asdrin Gustavo, de quien acabo de recibir unos recortes de secciones deportivas donde aparezco, y una frase que dice: “Para que no se te olvide quien es José Pardo. Eres grande, mi hermano, pa´lante”.

RECORDANDO QUIEN SOY

Aquellos artículos impactan tanto mi mente que esta se pone en blanco y negro e inicia un largo flash back. Me devuelve a mi infancia, en la que me veo tan feliz con solo correr tras una pelota de fútbol.

Con catorce años, cuando iba a jugar con mis amigos en los torneos de Tolú, tomaba a escondidas los guayos de mi padre Iván Pardo García, quien era un reconocido beisbolista. Cuando yo regresaba, él no olvidaba darme mis respectivos azotes.

Rodaba en bicicleta más de 10 kilómetros entre Coveñas y Tolú para ir a jugar fútbol, luego de hacerlo volvía a pedalear hasta casa, pero antes de todo eso debía limpiar bien temprano la playa frente al restaurante de mi abuela. Le pegaba fuerte al balón. Era lateral derecho, una “bala”.

Pero mi padre decía que el balompié era un juego brusco y podían romperme una pierna como le pasó a un amigo suyo. Con ese pretexto me inscribió en una escuela de béisbol en Tolú, donde estaba finalizando mis estudios de Primaria.

Ese cambio de deporte fue difícil el primer año, pero con las instrucciones del profesor Manuel Cañavera, reconocido por tener un ojo clínico para escoger deportistas, me fui convirtiendo en un excelente beisbolista y la pelota caliente me gustaba cada vez más.

Luparo, donde trabajaba Cañavera, se convirtió no solo en mi colegio, sino en el escudo que defendía con pundonor en los torneos departamentales. Pronto, logramos quedar campeones de los Juegos Intercolegiados. Después de mi primer nacional me incluyeron en la Selección Colombia para el Panamericano Juvenil de Béisbol Cuba 2001.

No abandoné el fútbol, pero por miedo a una lesión lo fui olvidando. No quería dejar de estar en las selecciones departamentales y nacionales de béisbol siendo ya el mejor jardinero central e impulsador de carreras, al tiempo deseaba seguir saliendo de mi humilde pueblo a conocer otras ciudades y culturas.

Después de los Juegos Deportivos Nacionales Bogotá 2004 me vinculé al Club Buitres de Cartagena e inicié una carrera universitaria en Comfenalco, sin embargo, repentinas náuseas frenaron mi sueño de ser un profesional, pues había embarazado a mi novia y tuve que regresar.

Alcancé a aprender cosas importantes, como tener paciencia, gracias al mánager Daniel “Pato” Espitia (Q.E.P.D.), quien me regañaba diciendo: “zurdo, espera tu oportunidad, cuando esta llegue, vas a poder mostrarte”.

Me portaba grosero con él, pues yo no quería estar en la banca, deseaba jugar enseguida en esa fuerte liga, pues sabía de qué estaba hecho. El tiempo fue abriendo un hueco y de octavo bate llegué a ser el cuarto en la caja de bateo.

Regresé a Coveñas para atender mis obligaciones de padre, conseguí un contrato como obrero en Tolcemento; a cambio debía jugar en el equipo de pelota blanda de esa empresa. Aquí fue cuando tuve que dejar el béisbol, disciplina en la que había representado a Sucre en cinco oportunidades, pero subí de inmediato a la Selección Colombia de Sóftbol.

Imagen JOSÉ DAVID PARDO MORALES (1)

REVIVO ENTRE CENIZAS

Mi mente recobra los colores, me muestra una imagen consciente de lo que me espera, es como despertar de un letargo. Mis oídos ya no son sordos a los consejos de los internos más antiguos, quienes pese a haberlos desatendido, continúan viéndome como un potencial líder, ellos quieren que yo sea su representante.

El simple eco de aquellas sugerencias de hacer evaporar el tiempo estudiando y trabajando, impulsan el espíritu que llevo dentro a empezar cursos para la reducción de mi condena. Solo se puede leer por la noche, bien tarde, justo cuando el cansancio intenta cerrar los ojos, aún así las ganas son más y casi siempre le gano.

Hoy es un día feliz, el primero en dos años, tengo en las manos mis primeros diplomas, dicen mi nombre: José David Pardo Morales, uno pone Técnico en Educación Ambiental y el otro creo que es el de Promoción de Derechos Humanos, no veo bien, tengo la vista empañada, sí, estoy llorando, esta vez de alegría.

Son las 3:00 de la tarde del 28 de agosto de 2010, los guardianes están lanzando improperios contra nosotros, más de lo habitual, no sabemos las razones. Como presidente de los reclusos de mi pabellón pregunto a uno de los uniformados qué está pasando y responde: “El Guardia Corena recibió una llamada, pidió permiso supuestamente para salir a comprar comida y allá afuera lo asesinaron”.

Al parecer el homicidio lo ordenaron desde La Vega, por eso, todos los internos con condenas de más de 10 años estamos siendo trasladados. A mí me envían a la cárcel de Jamundí (Valle), mucho más lejos de mi familia. Mi buen comportamiento más la labor hecha infundiendo respeto entre mis compañeros, sin permitir ni una sola riña, espero sean cartas de recomendación en el penal de máxima seguridad.

Ya estoy en mi nueva “sede”. Esta semana inicié nuevos cursos, entre ellos uno de arbitraje de fútbol, siempre me llamó la atención la ingrata labor de los hombres de negro. Hoy empiezo a trabajar, es mi primer día de labores allá afuera, estoy emocionado, dictaré clases de educación física a niños en un colegio.

El ser deportista sigue abriéndome puertas en la prisión. Recibí la designación para pitar un partido amistoso entre la reserva del América de Cali e internos de la Cárcel de Jamundí como árbitro central.

Entre nacientes estrellas del balompié profesional voy hasta la mitad de la cancha, Hago sonar el silbato. ¡A su salud señores jueces! Sin ustedes no habría fútbol, ni ningún deporte.

Tras el pitazo final recibí muchas felicitaciones, mas yo desee pedirles perdón a todos los árbitros del mundo por insultarlos, pegarles y no valorar su trabajo.

Vuelvo a mi celda más fortalecido a darles ánimos a los nuevos internos, a ellos los estimulo a ganarle tiempo al tiempo inyectándoles esperanzas en una libertad posible, teniendo como meta hacer borrón y cuenta nueva, llevando conocimientos para encarar algún día un futuro mejor allá afuera.

Hacen diez meses volvieron a traerme a La Vega para iniciar la etapa de reinserción social. Cumplí la tercera parte de mi castigo mientras cambiaba cada día de estudio o trabajo por uno de libertad, así gané una reducción de casi el 50% de la pena.

Llegó la fecha, es 18 de enero de 2013. Dentro de pocos minutos deben llamarme y abrirme de par en par las puertas de la prisión a donde jamás he de volver. Te confieso algo, tengo miedo, no sé como reaccionaré al rechazo de ustedes, la gente.

Tras sentirme como un pájaro liberado, un nervioso viaje me lleva a casa. Mis familiares están recibiéndome con pancartas,abrazos y aplausos, siento como si hubiese bateado un home run, hay fiesta, también sancocho de pescado con arroz de coco, lo puedo oler.

Volteo y veo a mi hija, está igual de hermosa, aunque mucho más grande, tiene casi siete años. Quiero darle en uno solo, todos los abrazos que jamás le di en estos cinco años, sin embargo, ella rehuye observándome como si nunca me hubiese visto, esto me rompe el corazón. Ahora busco a través de los ojos de su madre aquel gran amor, confirmo su ausencia, ya no está, se esfumó.

Duermo. Mis ojos se abren de imprevisto, quiero comprobar si estoy en casa, enseguida siento en mi espalda un colchón suave, unas sábanas perfumadas, hasta un aroma a mar disuelto en el canto de las gaviotas, sí, estoy libre y dispuesto a disfrutarlo, ahora mil veces más.

La madrugada da curso a este, mi primer día en libertad, el cual no alcanzo a gozar, pues acaban de asesinar a un primo, llega el luto a mi familia. Aquellos impactos disparados endurecen más mi proyecto de iniciar una vida normal, sin embargo hay que seguir, no hay vuelta atrás.

Acaba de llegar un auto frente a la casa con personas que gritan llamándome, no sé de quienes se trata. Algo asustado investigo previamente desde dentro. Hago un espacio entre las cortinas, diviso a Nayibe Padilla y Víctor Mendoza, la presidente de la Liga de Sóftbol de Sucre y su entrenador.

Enseguida recordé la grata visita que ella me hizo cuando estaba en la cárcel, así como su lindo detalle. Abro la puerta, me dirijo hacia ellos y sin decir una palabra nos trenzamos los tres en un largo abrazo. Me dicen: “hemos venido por ti”, “tu puesto en la Selección Sucre te estaba esperando.

Representé a Sucre ese mismo año en el Nacional de Bola Rápida y mi carrera deportiva se reactivó viniendo inmediatamente un rosario de triunfos: campeón nacional de 2014 en Sincelejo; subcampeón en los Juegos Deportivos 2015 con sede en Cali, ciudad donde quedé campeón nuevamente en el Nacional de 2016, año en el que representé a Colombia en el Torneo Sudamericano de Panamá y en el 2019 fui subcampeón en los Juegos Deportivos de Cartagena.

Hoy gracias a los conocimientos adquiridos en la cárcel también en eco-turismo soy el presidente de la mesa directiva de los Informadores Turísticos de Ciénaga La Caimanera, represento a más de 50 guías en esta reserva natural, visitada permanentemente por turistas de todo el mundo, aún ahora, en plena pandemia.

Libre también de todo resentimiento, gozo de un nuevo hogar, sigo el crecimiento de mis retoños, sobre todo de mi hijo menor, quien a sus cuatro años ya le encanta el béisbol y le enseño a luchar por lo que quiere y a pensar antes de actuar, pues sin lugar a dudas, las decisiones que tomemos determinarán nuestras vidas para siempre.

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