Especial de Independencia: Pedro Romero y sus amigos

Pedro Romero no estaba solo. Creó un ejército popular de artesanos y herreros a los que denominó Lanceros de Getsemaní, con algunos de sus amigos más cercanos con quienes fue rumbo la Independencia.
Gustavo Tatis Guerra Dom, 11/10/2019 - 16:13

Pedro Romero sigue siendo el héroe discreto e invisible de la Independencia de Cartagena. Su heroísmo no fue individual sino colectivo. No podría comprenderse el proceso de Independencia, sino como una suma conflictiva de conciencias ciudadanas.

Pedro no solo fue el amigo de todos sus vecinos en Getsemaní, a los que involucró en su ejército para enfrentar a los españoles.

El historiador Sergio Paolo Solano sostiene la tesis de que no estamos ante un artesano común y corriente, sino ante un estratega y emprendedor de voluntades. Un hombre cuya familia era propietaria de 34 lugares comerciales, y dueña de casas en Getsemaní y en alrededores. Su influencia fue decisiva en la ciudad. Su petición al rey a través de una carta solicitando el permiso para que su hijo Martín estudiara leyes, es una prueba de su conocimiento y su valentía para defender sus derechos, en un tiempo en que a un mulato no se le permitía estudiar.

Este episodio de su vida contado tanto por Alfonso Múnera como por Sergio Paolo Solano, nos lleva a un instante emocional de su espíritu que lo retrata. Con la misma pasión con que fundía sus campanas y sus cañones, así fundía la eterna ventana de la libertad.

Pedro estaba en todos los actos de rebelión que desencadenaron la Independencia. En junio y noviembre de 1810, y más tarde en febrero de 1811, como ya hemos recordado. Pero allí estaba él con los trabajadores del Arsenal de la Marina, con Pedro Medrano, Nicolás Delfín, Martín Villa, José Prudencio Padilla, Cecilio Rojas, Remigio Márquez, entre otros, entre otros, según el relato de Sergio Paolo Solano. Esa posibilidad de conocer de cerca a la vecindad y a sus propios trabajadores que lo acompañaban en la maestranza, fue sin duda, la plataforma estratética para consolidar la milicia popular.

Es curioso que su nombre haya sido evocado por tantos líderes de su tiempo, como Antonio Nariño, entre rejas.

Pero bien curioso que Pedro Romero no aparezca entre los 20 firmantes del Acta de Independencia, pese a su papel protagónico junto a los lanceros.

Los firmantes de la Independencia fueron: Juan de Dios Amador, José María García de Toledo, Ramón Ripoll, José de Casamayor, Domingo Granados, José María del Real, Germán Gutiérrez de Piñeres, Eusebio María Canabal, José María del Castillo, Basilio del Toro de Mendoza, Manuel José Canabal, Ignacio de Narváez y la Torre, Santiago de Lecuna, José María de la Terga, Manuel Rodríguez Torices, Juan de Arias, Anselmo José de Urreta, José Fernández de Madrid, José María Benito Revollo.

El primero que encabeza esa lista de firmantes es José Ignacio de Cavero. Él como los otros 19 sabían que Pedro merecía estar allí.

Pero acaso ser mulato no le permitía estar entre ellos? ¿No era acaso una discriminación entre los que proclamaban la Independencia? La vida de Romero estuvo plena de heroísmo y sacrificio, como la de algunos de los firmantes que terminaron sus días dramáticamente, olvidados, desterrados, fusilados o descuartizados.

Cavero era de Yucatán, México, y vino muy joven a la Nueva Granada, entre doce mexicanos que trajo el obispo Antonio Caballero y Góngora en 1778, cuando fue nombrado Arzobispo de Santafé de Bogotá.

Aquel día de la Independencia, solo firmó con su segundo nombre Ignacio y suprimió su apellido: Solo Ignacio Cavero. De conciencia realista pasó a convertirse en uno de los revolucionarios de la Independencia. Fue testigo de la revolución comunera y de los acontecimientos del 20 de julio en Santafé de Bogotá, y 11 de noviembre en Cartagena.

Murió en Cartagena, a sus 77 años, en 1834, pobre, endeudado y olvidado, luego de vivir exiliado en Jamaica. Está sepultado en la iglesia de Santo Toribio.

El sendero hacia la libertad es un hilo incesante de sangre. Un mar de sangre.

De repente, los nombres de aquellos firmantes cuentan una historia en la que se retrata al país que vivimos.

¿De quién es esa cabeza?, preguntaban en susurros los vecinos de la calle 13 en Santafé de Bogotá, futura estación de la Sabana.

Era la cabeza de un hombre joven de 28 años, que había sido ahorcado y descuartizado, y su cabeza paseada dentro de una jaula de hierro por las plazas de la ciudad. Era el eminente abogado cartagenero Manuel Rodríguez Torices, uno de los firmantes del Acta de Independencia de Cartagena, nacido en esta ciudad en 1788 y asesinado el 5 de octubre de 1816, por órdenes de Pablo Morillo.

A sus 27 años había sido el Presidente de las Provincias Unidas de la Nueva Granada. En 1812 fue Presidente del Estado de Cartagena y Presidente Titular de la nueva nación durante 21 días. Había estudiado en el Colegio Mayor de Nuestra Señora del Rosario, había colaborado con el sabio Francisco José de Caldas en la redacción del Semanario del Nuevo Reino de Granada, y era cofundador de El Argos Americano, con José Fernández de Madrid.

Sus bienes fueron confiscados. Su nombre se perpetúa en el nombre de un barrio popular cartagenero y en la biblioteca de la Universidad de Cartagena.

Nadie puede entrar a esta historia sin sentir horror, perplejidad y compasión por todo lo sucedido.

Pedro Romero y sus amigos perseguidos hasta el final de sus vidas. En una tentativa por borrarlos de la memoria de la ciudad. Y desterrarlos como un trasto oxidado por el mar, al patio sin nombre de la historia.