Como periodistas e investigadores hemos perdido el norte. Preferimos encontrar la noticia de los clics antes que aquella que genera cambios sustanciales en la estructura social de nuestras comunidades. Escribimos para ser leídos, para ser reconocidos, para encontrar halagos en mundos ajenos. Pero el arte de las letras está diseñado para generar cambios; sobre todo, para desaprender y aprender. Por eso he decidido escribir pensando en tres niños que se han robado un pedazo de mi corazón y que, con sus abrazos sinceros e inocentes, me dan fuerzas para perseguir un cambio.

He decidido escribir por sus padres, que con amor y entrega construyen caminos más humanos y conscientes, intentando hacer de este mundo —como lo hacen todos los padres— un lugar “más fácil” de transitar. He decidido escribir por los incomprendidos y por quienes deben lidiar con la incapacidad humana de amar. He decidido escribir por quienes piensan, aprenden y procesan la información de una manera distinta a lo considerado “típico”.
La neurodivergencia es un término que transforma nuestro pensar, la manera en que comprendemos el mundo y cómo interactuamos con los demás. Quienes pertenecen a este selecto y especial grupo —en el cual encontramos a personas con el espectro autista (TEA), el trastorno por déficit de atención con o sin hiperactividad (TDAH), la dislexia, la discalculia, el síndrome de Tourette o la superdotación intelectual— merecen una vida que no cueste tanto.
Lo primero que, como sociedad, necesitamos desaprender es la idea de que la neurodivergencia es una enfermedad o un defecto; algo que debemos maquillar o esconder para poder convivir. No es una patología ni algo que deba curarse. Tu ignorancia, quizá sí.
Esta variabilidad neurológica implica una mayor intensidad en la manera en que la persona percibe sensorialmente el mundo —luces, sonidos, texturas y sensaciones—, además de patrones de conducta repetitivos, intereses muy marcados y específicos, y desafíos en la interacción social. Ante estas implicaciones, quienes sí “encajan” en las normas sociales predominantes, adoctrinados conductualmente durante años, deben comprender que promover la aceptación de las personas neurodivergentes y su inclusión implica una adaptación propia frente a la diversidad, y no lo contrario. ¿Por qué se les exige ser parte de lo estándar si su esencia también es una forma legítima de ser?
Ante la necesidad de encontrar vías de deconstrucción para aprender a vivir, nos topamos con Ingri Moreno Perdomo, directora de Licenciatura en Educación Infantil de la Universidad El Bosque, quien desde su campo de estudio establece que “hablar de educación inclusiva no es solo un tema de especialistas. Nos involucra a todos como sociedad; implica cambiar la manera en que miramos a los otros, especialmente a los niños y niñas, y por supuesto, a sus familias. Cuando nos enfocamos en lo que un niño no hace, dejamos de ver todo lo que sí puede hacer: su creatividad, su memoria, su capacidad de concentración o su forma única de ver el mundo. La clave está en potenciar esas fortalezas, no en forzarlo a encajar en un molde único; es valorar y respetar sus diferencias”.
Por su parte, Ana María Salazar Montes, psicóloga y doctora en Neurociencias, asegura que “la transformación sistémica comienza con cambiar la narrativa tanto en las escuelas como en las redes de comunicación; combatir los estigmas y el etiquetamiento predictivo en el personal sanitario, especialmente en los psicólogos que tienden a la patologización comportamental. De la misma manera, se requiere formación docente en neurodiversidad que contemple no solo características, sino también estrategias de adaptación; legislaciones más inclusivas y campañas sociales que sensibilicen sobre la diferencia natural que incluye la neurodivergencia”.
Ante los prejuicios y miradas, los padres prefieren callar, pero el cambio se genera cuando hablamos, porque lo que tú llamas berrinche puede ser agotamiento, frustración o miedo; sensaciones y emociones a las que no siempre se les reconoce. Como defiende Moreno Perdomo, la inclusión comienza en lo cotidiano: con una conversación en el parque, en el transporte público o en un restaurante. “Cuando un adulto explica con naturalidad las diferencias, los demás también lo harán. ¿Qué tal si lo llamamos por su nombre y dejamos los apodos?”.
Las expertas coinciden en que, para los niños neurotípicos, el mejor aprendizaje es relacionarse con la diferencia y aceptarla de manera natural. “Cuando un docente responde con paciencia y curiosidad ante un comportamiento inusual, cuando un padre comenta con naturalidad las diferentes formas de aprender o comunicarse, normaliza la neurodiversidad antes de que aparezca el prejuicio. Ante factores protectores, las personas neurodivergentes reportan mayores índices de bienestar subjetivo y de salud mental, así como una mayor participación social y laboral”, precisa Salazar Montes.
“No siempre es el niño quien debe cambiar. Podemos hacer ajustes simples que marcan la diferencia: reducir estímulos visuales y auditivos, crear espacios de calma, anticipar actividades o usar imágenes para explicar rutinas. Hablamos de accesibilidad para todos, por lo que es un tema que se debe implementar en los colegios y en casa”, concluye Moreno Perdomo.
Buscamos romper las barreras sociales, sensoriales, institucionales y legales que obstaculizan su participación en la sociedad, y trabajamos por brindarles herramientas para que ellos también sueñen con la construcción de un proyecto de vida integral, reconociendo, además, que no hay mayor ventaja en el mundo que tener, entender y compartir la información; ese es el segundo mito que vamos a desaprender hoy. Por lo tanto, debemos comenzar por revolucionar la educación formal, cimiento del crecimiento humano, aprendiendo desde niños para convertirnos en adultos conscientes, empáticos y responsables con los demás.
Querido lector, no crea que esta será la única entrega. La tarea es larga. Como sociedad, tenemos que desaprender estructuras conductuales normalizadas; es un proceso que comienza cuando alzamos la mano y tomamos la decisión de construir un mundo donde nadie tenga que pedir permiso para ser.

