Redes sociales: mal uso, absoluta soledad

10 de marzo de 2019 12:00 AM

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Hoy es un buen día para hablar -o leer- sobre las redes sociales y su tremendo impacto e nuestra vida cotidiana.

Eso sostiene José DeConde, licenciado en Ciencias del Deporte, especializado en gestión deportiva en el pasado, y hoy coach de relaciones personales. La idea no es “demonizarlas ni luchar contra ellas, sino reflexionar para tratar de equilibrar nuestra vida más real, más física y compaginarlo con la vida más online”.

Entre los peligros que acechan sobre un mal uso de las redes apunta a la necesidad de aceptación y reconocimiento “dando una imagen falsa de nosotros, donde puede más el aparentar, el postureo... necesitamos volver a nosotros, a respetarnos, a querernos”.

Considera además que este postureo, si es permanente, aísla, genera ansiedad, angustia y depresión.

Y todo ello “porque estamos proyectando una imagen de nosotros que no es la real y estamos siendo deshonestos con nosotros y los demás al dar una falsa apariencia de alegría, lujo o éxito, que luego muchas veces no es real”.

Vacío existencial

Química de formación, Rocío Gómez Sanabria es directora de la Escuela de Coaching de Familia y experta en comunicación no violenta.

Considera, como DeConde, que las redes son una cosa estupenda, pero con el mal uso “te pueden llevar a un sitio en el que que te puedas sentir muy solo. Con el abuso llega el vacío existencial. Esa sensación de que estás solo, aunque estés rodeado de gente”.

En su opinión, tiene mucho que ver con la calidad y profundidad de las relaciones, “si no puedes hablar más que de leves opiniones o no puedes hablar de sentimientos”. Gómez Sanabria asergua que en función de la calidad de nuestras relaciones está nuestra felicidad y, para salir del mundo único y exclusivo de las redes, invita, por ejemplo, a hacer algo por alguien, o a no consultar el móvil nada más levantarse por la mañana, darse al menos media hora antes de conectarlo.

La realidad

También se ha sumado a esta reflexión Hada García Cöck, coach y psicóloga especializada en alimentación y hábitos. Ella se dirige especialmente a los jóvenes y les advierte sobre el hecho de que los llamados influencers (influenciadores) no les pueden servir de modelos.

“Cuando vemos a una influenciadora con un cuerpo perfecto, una vida perfecta, una imagen ideal, hay que darse cuenta de que su trabajo es mostrarse así, y por lo tanto no nos podemos comparar. Se nos olvida que su trabajo es salir bien en redes. Se dedican a eso y les pagan por eso, y al compararnos sentimos que nuestra vida es mediocre y hay que darse cuenta de que no es nuestra realidad”.

Hada cree que lo que les pasa hoy a los jóvenes es que están constantemente bombardeados por unos mensajes e imágenes de las redes que les llevan a querer alcanzar una perfección imposible lo que les conducen a la frustración.

Para salir de la trampa, aconseja intentar estar presente en las redes solo 30 minutos al día, porque si “controlamos las redes controlamos nuestras vidas, ganamos en felicidad, hay más tiempo para leer, salir, y relacionarse de verdad con los demás”.

Pensar en lo que nos rodea

María Ángeles Quesada es filósofa especialista en diálogo socrático. Quesada lleva años acercando la filosofía a la calle, intentando meter en nuestras mentes “atareadas y llenas de ruido el gusanillo de parar y pensar sobre lo que nos rodea, sobre los temas que nos preocupan”.

Es por eso que afirma que para ella es importante hacer pensar a la gente si la tecnología es nuestra, “si podemos darle un uso bueno o malo o si bien está un poco dirigida y nos lleva a un lugar determinado, y por tanto, hay cosas que no nos deja ver.

“Nos hacen sentirnos coaccionados, publicar una imagen determinada en Instagram, muy pulida, muy bonita... que nos lleva a expresarnos como no somos”.

En realidad, explica, tiene mucho que ver con una estructura panóptica. La estructura panóptica era un tipo de arquitectura carcelaria ideada por el filósofo utilitarista Jeremy Bentham hacia fines del siglo XVIII, cuya clave estaba en que los reclusos no veían al vigilante, sabían que podían ser observados en cualquier momento, pero desconocían el momento exacto y eso les llevaba a autocensurar su comportamiento.

Y lo mismo pasa en las redes, las personas “nos autorregulamos mostrando un imagen totalmente autodirigida”. Además, coincide en el análisis de que las redes son herramientas que enganchan, quitan tiempo de la vida real, de las relaciones auténticas que tienen más que ver con compartir sentimientos, con la amistad, con el compromiso, con el tiempo físico juntos, con conversaciones y no solo la mera transmisión de información.

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