Tribunal ratifica sentencia de cárcel en el caso del asesinato de Pablo Zapata

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Uno cría a los hijos con mucho trabajo, con mucho esfuerzo y con amor y cariño. Si se trabaja fuerte y con honestidad, y se le ayuda al prójimo, uno espera que la vida lo trate bien, que nunca le pase algo malo.

Por eso esa medianoche del 22 de marzo del 2015, cuando me llamó un hombre diciéndome que era investigador del Cuerpo Técnico de Investigaciones (CTI) de la Fiscalía, y aseguraba que habían matado a mi hijo menor, Pablo Andrés Zapata Acevedo, no le creí.

Supuse que era alguna broma de mal gusto, otra cosa, no sé. Me volví a acostar luego de esa llamada, pero a los veinte minutos mi teléfono volvió a sonar.

Era el mismo investigador del CTI, confirmándome que a mi hijo lo habían matado a cuchilladas por no dejarse robar, en la calle que divide El Campestre de El Milagro, cerca de donde vivíamos.

Yo estaba con mi mujer y ella se puso muy mal, no entendíamos cómo podían haberle hecho algo así a nuestro hijo, a un joven discapacitado de 27 años de edad.

Cogí el carro y arranqué, fui a ver qué pasaba.

Lo atravesaron
con los cuchillos

Pablo Andrés era una muestra de la lucha y del poder del amor, pues a los 4 años le cayó una reja de hierro y le afectó un ojo, también el cerebro. Estuvo muy mal, en riesgo de muerte. Estuvo internado en el Hospital Universitario del Caribe y sobrevivió, le dimos todo el cariño y cuidado para que se recuperara. Lo llevamos a muchos médicos, hasta en Cuba estuvimos. La lesión en el cerebro le dejó secuelas, los médicos acreditaron que estaba en condición de discapacidad.

Pese a ello, él hacía muchas tareas normales para una persona con todas sus condiciones.

Recuerdo que el día que mataron a mi hijo me levanté temprano. Me fui para la finca con mi mujer, mientras que mis dos hijos mayores estuvieron trabajando en un negocio que teníamos.

Pablo Andrés decidió no trabajar ese día, quería descansar y se fue para la casa de unos parientes en Marbella. Luego lo llamó una amiga y por eso se fue para la casa en El Campestre. Estuvo allí, se cambió y cuando salía el vecino le dijo que se quedara, que lo acompañara y le dio una copa de vino. Pablo no quiso y luego se fue a donde la amiga a invitarle algo.

Estuvo con ella y las 11 de la noche se fue para la casa caminando. Llevaba un bolso pequeño y como que creyeron que allí llevaba mucho dinero. Lo que entendemos es que al pasar por una tienda alguien lo vio y lo señaló para que lo atracaran.

Pablo siguió caminando y cuando le faltaba poco para llegar, se le fueron varios tipos al frente. Con cuchillos lo amenazaron y le pidieron el bolso. Se lo quitaron, y en su inocencia jaló el bolso. Por lo que le cayeron tres tipos y con cuchillos grandes lo hirieron ocho veces en la espalda, eran cuchillos grandes y lo atravesaron. Como Pablo gritó y se levantó, se le fueron encima y uno de ellos lo remató de una cuchillada en el cuello que le afectó la aorta, esa fue la que lo mató, porque las otras cuchilladas no le afectaron órganos vitales, me explicó una forense.

Cerca de la medianoche me llamaron al celular y me despertaron. Era uno de los miembros del CTI que hacía el levantamiento del cuerpo de mi hijo. Me fui para allá en el carro con mi esposa. Cuando conducía me decía a mí mismo: “por qué me ocurrió esto, no es justo”. Al principio uno no entiende lo que pasa, pero luego Dios nos va mostrando el camino, Él es perfecto.

La muerte de Andrés, que lo mataran así como a un perro después de todo el amor que le dimos y del sacrificio con el que lo atendimos, fue muy duro, es terrible enterrar a un hijo, ningún padre debería vivir eso.

Gracias a Dios, los medios de comunicación hicieron publicaciones del caso y cubrieron las protestas que la comunidad hizo por la muerte de Pablo. Fue así como unas semanas después apareció un testigo del crimen y dio su relato a los miembros de la Sijín que realizaron la investigación. Estamos muy agradecidos con los medios y con todas las personas que nos apoyaron, porque eso sirvió para que meses después los tres autores del asesinato fueran capturados. La Policía confirmó que eran parte de una banda que se llamaba los Moblesanos.

Ellos son Larry Alejandro Fortich Contreras, el Ñapa; Manuel de Jesús Villa Marriaga, el Curvo; y Eleiner Rafael Jiménez Villa.

Como familia tuvimos que ser muy fuertes para afrontar toda esta situación peligrosa contra estas personas, nos fuimos de Cartagena. Pero teníamos fe en la justicia y gracias a Dios estos tres hombres fueron enviados a la cárcel y enjuiciados. El 2 de diciembre del 2016 el juez Séptimo Penal del Circuito los condenó a 40 años, 5 meses y un día de cárcel, por los delitos de homicidio agravado y hurto agravado calificado.

La defensa de ellos apeló y el 22 de enero el Tribunal Superior de Cartagena resolvió. Declaró ese recurso desierto por indebida sustentación de la defensa. Nos explicaron que ya la sentencia de los 40 años quedó en firme, pues ya no procede otro recurso porque no hubo un fallo de fondo en cuanto la sentencia inicial.

Esto que hemos pasado no se lo deseamos a nadie, pero estamos ahora conformes porque sentimos que la justicia cumplió, que los jueces hicieron su trabajo, que la Fiscalía y la Policía cumplieron.

La sentencia no me devuelve a mi hijo, pero ahora estamos tranquilos. En nuestros corazones siempre estará Pablo. No hay día en que no pensemos en él. Mi nombre es Rubén Zapata y soy el padre de Pablo, el que lo recordará siempre.

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