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Cuento de terror: Los niños del manglar

A veces es mejor no importunar al mal, hacerse la vista gorda en ocasiones es la mejor decisión por tomar. La bravura y el servicio a veces se pagan en el infierno.

Aún es un misterio el paradero del dueño de ese uniforme. Es espeluznante lo que sonó en esa radio al lado de esa ropa. Confuso y extraordinario que haya sucedido en medio del paraíso. (Lea: El terror que no sale en las guías turísticas de Cartagena)

Los huéspedes son espectadores, desde los balcones de las suites, del juego de contrastes entre la luna y el sol. En el amanecer, se colorea de rosado el cielo y es grato observar cómo las aguas turquesas se desvanecen como espuma blanca sobre la arena. Al borde de la playa una hilera de quioscos de tejas rojas privatiza el predio. Resguardándose bajo techo: poltronas de madera fielmente barnizadas y de paja trenzada.

El día tiene una banda sonora compuesta por el oleaje constante, los gritos y carcajadas de las familias alojadas, el sonido vidrioso de los cocteles y el tintineo de las vajillas donde reposan frutos de mar. Todo es sosegado y la gente se broncea sin preocupaciones. El estrés y los problemas no portan manillas de colores en ese lugar con olor a sal.

Al caer la noche, las sillas reclaman su dominio sobre la playa y se guarecen del rocío nocturno bajo los bohíos rojos. La soledad se acuesta en la arena. El mar celeste se tiñe de índigo y se torna misterioso. El oleaje pierde toda serenidad y crepita sobre la orilla como un desembarco militar.

Cuento de terror: Los niños del manglar

Muy cerca, a pocos kilómetros de ese hotel, hay un pueblo de negros que musicalizan el resentimiento con música de tambores. Años atrás perdieron la batalla por sus tierras en juzgados. El ganador fue el hotel. Desde ese día el complejo turístico se extendió orondo por toda la costa. Propiedad privada desde los riscos hasta un cordón de manglares. A los lugareños ahora les toca pedir permiso y rendir pleitesías a los vigilantes para poder atracar sus lanchas pesqueras en el muelle contiguo a los peñascos, el más lejano del recreo turístico.

La sumisión de los nativos amaina en el atardecer. La noche, negra como sus pieles, es suya y la aprovechan para la guerra de guerrillas. Su rencor lo manifiestan en un vandalismo pícaro contra el hotel. Rompen farolas que iluminan el peatonal costero, defecan en bolsas para regar la mierda en los asientos del catamarán y hay un comando especial que se encarga de una operación peligrosa: cerca del amanecer, en los manglares, orinan en globos que luego son arrojados sobre la playa y las poltronas. Luego se retiran con la misma cautela por los matorrales y, de vez en cuando, sueltan carcajadas tenebrosas al imaginar que una de sus trampas será inflada por algún huésped infantil desprevenido en la mañana que comienza.

Los ataques obligaron al gerente del hotel a fortalecer la seguridad. Las cámaras de alta resolución, que acompañan a los cocos en las palmeras provenientes desde los riscos y que llegan hasta el mangle, tienen la difícil misión de identificar las sombras que se camuflan con la penumbra. Antes de las tribulaciones solo había dos vigilantes. Ahora hay cuatro, uno de ellos misionado netamente a proteger la playa.

En una de esas noches desoladas, Eugenio Vidales estaba sentado en un muro contiguo a la piscina donde podía observar a plenitud toda la costa y vigilar cualquier rareza. Tenía un Smith and Wesson calibre 32 largo de dotación con seis balas. Al otro lado del cinto, portaba una 9 milímetros, suya, con balas traumáticas que podía disparar sin piedad. Sin descargos ni explicaciones.

—Esta la uso, hijueputa, para cualquier malparido que vea por la noche —le dijo una vez a un huésped, militar retirado, que se interesó al ver la cacha de la pistola mientras daba una caminata nocturna.

—¿Alguna vez la ha usado?

—Sí, patroncito —el vigilante apuntó la pistola a la nada en dirección al mar.

—¿Un ladrón?

—Negativo —enfundó la pistola en la cintura—. A mí me mandaron para acá hace un mes e imagínese que a los días me inauguraron unos cinco o seis negritos que se bañaban en el mar al anochecer.

—¿Huéspedes?

—¡Qué va! Unos hijueputas del pueblo de mierda ese que está aquí namás. Yo que voy cogiendo el turno y les voy dañando la fiestecita. Estaban ahí nadando y riéndose en ese rincón donde terminan los quioscos —apuntó con la porra a una pequeña y oscura ensenada al lado de los manglares.

—¿Ellos no pueden meterse ahí?

—Nada, jefecito. Desde las rocas esas —apuntó tubulando los labios y movió la cabeza por toda la costa sin cambiar la mueca— hasta el mangle todo es privado. Por eso les zumbé balines que se zambullían en el agua. Eran como seis. Se callaron y me quedaron mirando rayao. Tenían los ojos rojos como el que se la pasa todo el día en la piscina.

—¿Y ya? ¿Se fueron y ya?

—Afirmativo. Los tenía apuntados y fueron saliendo encueros. Cogieron sus malditos trapos y se perdieron en los manglares.

—¿Y no volvieron?

—Negativo. Pero vea que, cuando se iban, yo les grité: «¡Malparidos, la próxima uso el hijueputa revólver!». Y pasó algo muy raro... Solo uno de ellos volteó y le juro, que en medio de la oscuridad de toda esa maraña, el maldito me miró como cinco segundos con los ojos enrojecidos. Como si tuviera un par de farolas de carro en la cara. Pero yo no le bajé la mirada ni me cagué. Vengo de los Llanos Orientales y allá se cabalga en las noches con el diablo.

Más tarde en la noche, sentado al lado de la piscina, estando solo algo lo alarmó: las llamas de una fogata y una jauría de seis perros negros a su alrededor que giraban, en torno a sí, intentando morderse el rabo. El evento lo extrañó pues las cuatro tazas de café negro sin azúcar lo tenían bien despierto. La llamarada se prendió en segundos.

—Gutiérrez, Gutiérrez. ¿Desde la garita se puede ver el incendio en la playa? Cambio —preguntó Eugenio por radio.

—Vidales, veo y veo, y no observo nada raro. Todo oscuro, ¿por qué lado? Cambio. QAP.

—Maricón, al lado de los bohíos, como una fogata y unos hijueputas perros alrededor. Cambio.

—Vidales ni en las cámaras se ve nada. Cambio —respondió otro vigilante por radio.

—Cambio y fuera.

Bajó e inspeccionó por sí mismo lo que estaba ocurriendo. Mientras bajaba unas escalinatas rocosas seguía viendo cómo las llamas iluminaban su camino hacia ellas. La marea subió de repente y las olas llegaban hasta sus botas negras. Nunca llega el mar hasta ese punto. El agua no apagó el fuego y este parecía una isla volcánica. Los perros seguían en su ritual como trompos chapoteando el agua y esparciendo arena negra sobre las sillas blancas. Los cuervos pescadores interrumpieron su sueño sobre los árboles y salieron volando despavoridos hacia aguas profundas.

A escasos metros de las llamas, las pupilas de Vidales se pintaron de naranja y observó estupefacto la escena. —A ver, hijueputas ¡Se acabó la vaina! —Les gritó a los perros como si de personas se tratase— Los perros interrumpieron la ronda y se quedaron entumecidos mirando al que importunó su ritual.

Eugenio no sacó ninguna de sus armas. Al ver las cuencas oculares de los perros encontró agujeros negros alumbrados por el fuego.

Lo que hizo fue sacar una estampa de San Miguel Arcángel y comenzó a rezar el Padre Nuestro. Cerró los ojos mientras oraba.

Cuento de terror: Los niños del manglar

—Vidales. Atento. Vidales. ¿Todo bien en su zona? Cambio —la radio interrumpió el terror.

Eugenio sin abrir los ojos, desligó el radio de la reata, apretó el botón y respondió, controlando cualquier vestigio tembloroso del pánico.

—Atento. Parra. Todo bien. Cambio.

—Si te vas a bañar, quítate el uniforme. Cambio y fuera.

—Ponte serio, solo hago la ronda. Cambio y fuera.

La dificultad para volver a enganchar la radio en el cinturón de nylon lo hizo abrir los ojos. Y, de inmediato, buscó una poltrona para sentarse y procesar lo que tenía en frente. Una brasa agonizante con rescoldos diminutos y la ceniza que se confundía con la arena blanca. Alrededor de ello varios naipes regados como si una partida de póquer fuera abandonada de manera intempestiva. Ningún rastro de los perros. Vidales llevó las manos a su cara y la sortija de matrimonio resplandeció en medio de la oscuridad.

Cuento de terror: Los niños del manglar

Eugenio estaba curtido en el gremio. Ha matado una media docena de cuatreros y ha sacado corriendo, a punta de plomo, a un par que se robaba un cajero resbalándolo con cáscaras de sandía colocadas en su base.

Toda esa vasta experiencia le había dado la frialdad y la valentía del gatillero, pero también, un sexto sentido para presentir cuando es lo sobrenatural quien invade la propiedad.

Por ello no reportó la inexplicable situación. Al amanecer, ya con ropa de civil, no comentó nada a sus compañeros cuando esperaban el transporte que los llevaba a la ciudad. Mirando al sol que comenzaba a rayar se prometió a sí mismo que la próxima vez no cerraría los ojos.

En la noche siguiente, desde los peñascos, un juego de pisadas se venía trazando sobre la arena húmeda y grisácea. Junto a ellas una línea ininterrumpida. Eugenio arrastraba sobre la arena una rama blanca que encontró reluciendo en la oscuridad incesante. Pensó que era una señal: un arma enviada por los santos para garrotear y dañarles la noche a los perros. Pero el turno transcurría sin inconvenientes ni apariciones.

La rama la arrojó al mar y vio como comenzó a surfear sobre las olas lóbregas. Subió unas escalinatas pedregosas y al lado de la piscina se sentó en una mecedora y se durmió.

El sonido de un motor lo despertó. Las dos manos en las cachas de sus armas. Bajó la mirada a la playa y vio una pequeña lancha que se acercaba a la orilla. No tenía luces, pero la luna iluminaba la estela sinuosa que iba dejando sobre el agua. Vidales no acudió a la orilla, sino que corrió al hotel. Antes de entrar por una puerta de cristal, una voz desde una garita superior: «¿Te estás cagando?!»

—Afirmativo, Guti —Vidales le respondió sin mirarlo.

Afanado y agitado abrió la puerta del cuarto donde se monitorean las cámaras de seguridad.

—¿Qué pasó, Vidales? —El vigilante puso sobre la mesa una taza que expelía vapor— ¿Se nos metieron?

—No, nada, viejo Parra. Solo que la playa está muy oscura y era para ver si desde aquí alcanzabas a ver algo raro.

—Negativo —Parra revisó todo el panel y miró cada cuadricula sin ver más que olas negras y arena gris— está la cosa tranquila.

Antes de irse, Eugenio vio en la pantalla el desembarco de varias sombras de la lancha.

—Gracias, compañero —corrió a la playa.

Al pasar por la piscina, sacó el tambor del revólver para contar las seis balas. El arma brilló con los destellos ondulados de las luces al fondo de la pileta. Se encomendó a Dios y bajó los escalones rocosos con el arma lista para escupir fuego.

Respiró profundo. Varias veces. Preparaba el encuentro con las tinieblas. El terror era tan fuerte como su convicción; pero, al llegar a la arena, frenó en seco. Frente a él y en toda la costa no había ni una sola alma. Ni rastro del bote ni de sus tripulantes. Sin enfundar el revólver, caminó hacia el lugar que vio a través del monitor.

Lo único que encontró fue la rama blanca que había arrojado hace unas horas al mar, clavada sobre la arena. Con tanta firmeza que el fuerte oleaje no la desenterraba. Vidales guardó el revólver y la iluminó con su linterna. La espuma en su base, el tallo mojado y las ramas dispuestas hacia él como queriendo atacarlo.

—Vidales, esas botas mojadas mañana olerán lindo. Cambio.

Eugenio no respondió al radio. Se quedó anonadado viendo una marca sobre la parte seca del tallo. Se acercó y alumbró: un número 6 pintado a tiza blanca.

Caminó hacia un quiosco y se sentó en una silla. Su mente conmocionada sobre el significado de ese seis. En el desconcierto craneal se quedó mirando los trazos violetas de un nuevo amanecer.

—Papi, ¿te están asustando, cierto? —Le preguntó Gutiérrez en el paradero.

—Nada que no pueda controlar, curso —respondió Eugenio mientras blandía un cigarrillo cuyo humo iba a parar al sol.

—Después que no te vuelvan loco, todo bien.

—Así es —pisó la colilla, el bus se acercaba.

Durmió hasta bien entrada la tarde. Mientras almorzaba siguió pensando en el 6. No le mencionó nada a su esposa. Se bañó y se arregló con el ritmo de un muerto viviente. Meditaba sobre cómo afrontar los sucesos. «¿Pararán o la cosa se hará más fuerte?» Se preguntó en el bus mientras pasaba por el pueblo de negros.

La noche en calma. Vidales hizo varias rondas, bordeando la costa, siempre con el revólver preparado. Al acercarse a los manglares, siempre repetía el Padre Nuestro en voz baja, a gran velocidad, con más clamor que dicción. Pero nada se movía, solo el viento sobre la maleza y el oleaje que perecía pacíficamente.

Luego de tomar una merienda de medianoche, regresó a la playa. Sentado en una poltrona miraba el horizonte. El mar parecía atestado de bolitas de papel aluminio. Un brillo magno que se da en noches de luna llena. La calma arrulló su guardia y se quedó dormido.

El viento alborotado provocó que la fuerte marea desenterrara el mástil que sostenía el techo rojo. El quiosco se cayó y el barullo despertó a Eugenio. Armas fuera y comenzó a apuntar a todo lado. Pero no vio a nadie. Solo una gran luna roja.

Se levantó, guardó las armas, y se abofeteó dos veces. Bostezó y mientras se estiraba, sus huesos crujieron. En esas, vio que por la orilla proveniente de los riscos, a unos cien metros, venía caminando un grupo de personas. Volvió a sacar el revólver con la mano izquierda y con la derecha acercó la radio a su boca.

—Gutiérrez. Atento. Invasores por el flanco izquierdo. Un grupo de personas vestidas de blanco. Cambio —Vidales achinó los ojos agudizando la mirada para intentar descifrar lo que estaba ocurriendo.

—Vidales. Atento. Negativo. Desde mi posición no se alcanza a ver absolutamente nada. Cambio.

—Parra. Atento. Revisar por favor las cámaras por los lados de las colinas. Cambio —Eugenio seguía viendo el grupo de hombres que se acercaba hacia él y que solo podía distinguir por sus vestimentas blancas que parecían flotar en la penumbra.

—Vidales. Firme. Sí. Afirmativo. Va una manada de perros caminando por la playa. Cambio.

—¡¿Perros?! Cambio.

—Afirmativo. Uno, tres, unos... espérate. Seis perros negros van hacia ti. Busca una piedra o un palo. Cambio.

—Vidales. Atento. Ya diviso a los perros. Cambio. Mételes candela con los balines.

Pero Eugenio solo veía hombres. Unos metros más cerca, pudo ver que tenían la piel negra y sus dientes brillaban en la oscuridad. Dientes fluorescentes. Seis sonrisas tenebrosas. No movían los brazos al andar. Los tenían completamente pegados al torso.

—Vidales. Atento. Ya tienes a los perros encima. Cambio.

Eugenio cumplió la promesa y se alistó para el encuentro. Con la proximidad galopante pudo detallar más cosas. Por la estatura, no eran hombres adultos sino adolescentes. Caminaban en forma robótica. Parecían zombis vestidos de lino blanco. Apuntó el revólver con la linterna encima y al iluminar al grupo se encontró con varios focos rojos. Una docena de ojos que ardían en la penumbra. Ventanas al infierno. Eso hizo recorrer el pavor por sus entrañas. Apagó la linterna para recular y tomar fuerzas. Seguían acercándose. La batalla estaba a punto de darse.

—Atento. Los tienes encima. ¿No piensas ahuyentarlos?

Eugenio esperó con paciencia. Las prendas blancas flotantes iban hacia él. Cuando el encuentro llegó: «¡Quietos malparidos desgraciados!, ¿qué es lo que quieren?». Con el dedo tembloroso en el gatillo vio anonadado cómo iluminó a una jauría de perros negros. Al pasar a su lado, ninguno miró, olfateó, ni atacó. Siguieron su camino ignorándolo y él seguía apuntándolos sin perderles pisada.

En dirección a los manglares, a unos metros de él, de la manada se detuvo uno de los perros y reviró hacia él.

Con los ojos rojo sangre, que brillaban como el fuego, lo miró. Eugenio congelado ante esa mirada demoniaca comenzó el descenso del arma, sin dejar de alumbrarlo con la linterna. Rogando por el retiro de la jauría y pensando en el traslado que solicitaría de inmediato.

La manada seguía su camino hacia los matorrales. Pero el perro seguía mirándolo. Hizo un bramido que hizo volar a todos los cuervos que dormían en los manglares y salieron graznando y coloreando de negro al cielo morado. Eugenio no se distrajo con la bandada y seguía atento al perro, cuando este, antes de reencontrarse con el grupo, desató el terror de esa madrugada.

—¿No y que ibas a usar el fierro la próxima vez? —Le dijo el perro mirándolo con sus ojos encarnados.

Eugenio quedó estupefacto y dejó caer el revólver. La linterna empezó a parpadear. El perro retomó su camino hacia el mangle con los flashes destellantes. Los otros cinco aullaban en la oscuridad.

Vidales quedó pasmado por unos minutos. Una estatua con una mano entumecida. La otra dejó caer la linterna que unió su senda luminosa con la de la luna en el mar.

—Vidales. Atento. Vidales. ¿Qué pasó? QAP —Preguntó Parra por el radio.

—Vidales. Eugenio. Curso. Que no te vuelvan loco, ¡eh! —Le advirtió Gutiérrez.

En ese momento, Eugenio volvió en sí. Un beso a la estampita del arcángel y la apretó con su mano izquierda. Los aullidos se sintieron como una burla y una invitación a relucir su hombría. Como buen llanero cogió fuerzas con la premisa de que plomo prometido, promesa de plomo. Se agachó y cogió el revólver sucio de arena. Corrió a los manglares, disparando a las tinieblas, descargando el tambor contra las sombras. Y se perdió en la oscuridad.

—Vidales. Atento. Cambio.

—Vidales. Repórtese. Cambio.

—Parra. ¿Algo en las cámaras? Cambio.

—Gutiérrez. Negativo. Solo lo que le dije: salió corriendo hacia los manglares. Cambio.

—Yo escuché balazos. Voy pa la playa. Cambio.

—Nos vemos en la piscina. Vamos. Cambio y fuera.

El par de vigilantes recorrió las huellas del grupo de perros. Luego vieron al mástil y al techo rojo bailando con las olas. Y luego el rastro mezclado de pisadas caninas con suelas. La danza de huellas sobre la arena iba hacia los manglares. Caminaron y a los metros encontraron la linterna alumbrando las olas. Parra la recogió y la apagó. Se miraron y sacaron las armas. Gutiérrez, una escopeta; y su compañero, un revólver.

—¡Vidales! ¿Estás por ahí?

—Vidales. Repórtate. Paradero actual. Cam... —Parra interrumpió el llamado al escuchar algo.

Los dos escucharon el eco de lo que dijo Parra en una radio sobre el piso. Dirigieron las luces de sus linternas a donde venía el sonido. Parra se arrodilló sobre la arena mojada, dejó caer el revólver, y se llevó las manos a la cabeza. Gutiérrez miró y recargó la escopeta y comenzó a disparar a los arbustos.

Al lado de la radio abandonada estaban unas prendas mojadas. Estrujadas convertidas en trapos en forma de soga. La camiseta azul, la corbata y el pantalón negros colocados extrañamente sobre la última porción de arena antes que comenzara el mangle. El uniforme, compuesto por las tres piezas, retorcido formando un 6 sobre el terreno. Las botas, amarradas una a la otra con los cordones, reposaban sobre una extraña rama blanca clavada al lado del número hecho con prendas.

No había el menor rastro de Eugenio. La noche devoró las explicaciones. Al quedarse sin cartuchos la escopeta, la radio sonó:

Oibmac. Ocnalb ed saditsev sanosrep ed opurg nu. Odreiuqzi ocnalf le rop serosavni. Otneta. ZerréituG.

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