Sonaban las campanas de mi pueblo como suelen sonar todas las campanas: vibrantes, cristalinas. Las muchachas esperaban su turno hasta tanto poder agarrar las cabuyas que hacían sonar las campanas y no daban tres toques, como era lo acostumbrado, sino que seguían tocando hasta convertir en una fiesta toda esa algarabía.
El pueblo era ribereño, atravesado de norte a sur y de este a oeste por el Canal del Dique, sus caños y ciénagas. La vida era casi pastoril; lo único que cambiaba el ambiente y le daba mayor entusiasmo era la llegada del tren. Todo giraba alrededor suyo. Venía de la ciudad hasta Calamar, pasando por varios pueblos, entre ellos, mi pueblo. Llegaban los periódicos, el hielo, comestibles y mercancías varias. También llegaban y salían los estudiantes ansiosos de reencontrarse con su gente. ¡Qué emoción la de viajar en ese tren!. Solíamos montarnos hasta tanto arrancaba para su destino final. Muchas veces, corríamos detrás de él tratando de alcanzarlo.
Entre los episodios que recuerdo sobre ese tren, hubo algo insólito. Un tío abuelo quiso traer de Europa, donde se mantenía estudiando, algo del confort y fue así como llegó en barco un retrete de granito. Hasta ahí la cosa parecía normal; lo verdaderamente insólito fue la decisión de mi padre, cuando muerto el tío abuelo, de llevarse el retrete de granito para el pueblo donde vivíamos.
La llegada del tren, con el retrete de granito, fue un acontecimiento: diez hombres con poleas y listones se encargaron de arrastrarlo por más de 400 metros hasta mi casa. En la arrastrada del baño se fueron uniendo niños y adultos, hasta que fue ubicado en un lugar del jardín. La zona era exuberante, pródiga en sus colores y fragancias. Era tal la magnificencia en las enredaderas colgantes que cubrían gran parte del terreno y las hojas brillantes y verdes señalaban la presencia de una mano protectora.
Allí, en un recodo, fue colocado el retrete de granito; sus proporciones eran completas para una persona adulta, muy semejante a las tinas que se usan hoy en día en el cuarto de baño; la gran diferencia estaba en que era transportable y de mucho peso. Desde un principio comenzaron las visitas y los turnos para usarlo. La mayor atracción estuvo en un caimancito que manteníamos a flote en una tabla. Muerto mi padre y nosotros trasladados a la ciudad, la persona que compró la casa se llevó el retrete para su finca y allí lo convirtieron en abrevadero para el ganado.
Es increíble que una bañera de granito atravesara toda Europa, casi la ruta de Colón para llegar América, para servir de abrevadero de ganado.
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* Ana Elvira Román de García acaba de publicar a sus 92 años, un libro de memorias “Años después: Aliños y aromas de los recuerdos" (2012), que evoca sus años de infancia y juventud en Calamar y sus viajes por el Canal del Dique. Este texto es tomado de su libro.

