Cuando el cine se masifica en Cartagena, lo que puede asumirse desde mediados de los años veinte del siglo pasado, acontece una dinámica de aprendizaje colectivo. Hacia los años treinta, cuando aparece el cine sonoro, tal dinámica de aprendizaje se beneficia en virtud del cine hablado en español. De ahí la importancia, para los sectores populares de Cartagena, de cinematografías de países como México, Argentina, España y en menor medida Cuba, Venezuela y Chile.
Estas cinematografías repercutieron en la condición analfabeta de las grandes mayorías en América Latina, de tal forma que, la gente fuera del sistema escolar tuvo cierta oportunidad de conocer y apropiarse de los grandes cambios y acontecimientos del mundo, especialmente, del mundo urbano.Es a partir de los años cuarenta que proliferan películas cuyas historias y contenidos acaecen en las grandes ciudades de América Latina. De hecho, hacia 1944 se instala en Bogotá la Distribuidora Películas Mexicana (PELMEX), lo que facilitó la circulación y la hegemonía fílmica del país azteca en Colombia. De México o de Argentina, el melodrama se constituyó en el código de interacción directa con el público masivo.
El esquema narrativo del melodrama en el cine mexicano, cuya vigencia en la telenovela es evidente, consiste en organizar los elementos del conflicto de una manera antagónica: sólo buenos, contra sólo malos. Por lo general, el contexto de las historias está mediado por la tensión entre las distintas clases sociales. Y, también, forman parte una orquestación de personajes que marcan matices entre el humor, la parodia, la tragedia, la comedia, el sacrificio, la abnegación, el amor, el odio, el pecado, la redención, la condena o la salvación. El melodrama, pues, pasa de ser un género del cine, la novela o el teatro para ser también, un hecho social: es decir, todo un modo de ser. De manera que la gente en Cartagena, en la época señalada, iba al cine a aprender casos y cosas de la vida real, a través del código del melodrama. Si el melodrama es el método de interacción entre cine y público ¿Qué se aprendía cuando se iba al cine? Una de las respuestas es: se iba a aprender a ser pobre. Este hecho social, claramente se puede ver en la experiencia que hemos tenido viendo El Chavo del Ocho, desde hace más de cuarenta años. La realidad del Chavo es toda una tragedia. En la escena popular de la vecindad, vive un niño de la calle en un universo de perfiles desdichados ¿Dónde está la mamá de la Chilindrina? ¿Y el papá de Quico, quién es, por qué lo abandonó? ¿Por qué Don Ramón no consigue trabajo? ¿Qué hay detrás de la condición de concubinato de Doña Florinda, en su relación con el Profesor Jirafales? ¿Y qué decir de la vejez solitaria de Doña Clotilde, La Bruja del 71?
No obstante, estas preguntas y tantas otras que jamás tendrán respuesta, se desarrollan bajo el enfoque de la comedia; de manera que, dos o tres generaciones de público, hemos aprendido a burlarnos de nuestra propia desgracia. Hoy, cuando el cine puede verse por internet, las posibilidades son otras. De hecho, en los años setenta, cuando estudiaba en el Colegio Fernández Baena, el desaparecido Alberto Sierra Velázquez proyectaba ciclos de cine y dictaba la materia de apreciación cinematográfica. Iniciando los años ochenta, asistí a proyecciones del Comité de Cine de la Universidad de Cartagena, dirigido por Emery Barrios, Francisco Díaz, Fredy Badrán entre otros; o a los foros y proyecciones del Cine Club Bolívar que dirigían Carlos Menco y Luis Fernando Calvo, entre otros. Eran espacios donde el cine, más que un recurso didáctico, era un espacio de reflexión, debate y pensamiento sobre la sociedad, el humanismo, la estética y los lenguajes. En la actualidad es cuestión de tener claro qué quiere uno aprender y al respecto se encuentra buen material fílmico por internet: documentales y películas. La idea es estimular el pensamiento crítico frente a los grandes temas que repercuten directo en nuestras vidas; sin desconocer la importancia de la diversión, la ironía, el entretenimiento y la inteligencia: las películas del gran Charles Chaplin son buen ejemplo de ello.
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