A Gustavo Ibarra Merlano –el concentrado y grande amigo nuestro– le va a ser un poco difícil acostumbrarse a esa vida capitalina, tan convencional y, también, en ocasiones, tan agitada, después de que el parado y lento mediodía de El Cabrero le había caído exactamente a su temperamento de hombre meditativo. Sus amigos, al menos, podríamos desear íntimamente que así fuera, si no estuviéramos sometidos a una alternativa sentimental en el instante de despedirlo. Entre dos sentimientos contradictorios. Como son el de no resignarnos completamente a su ausencia y el de manifestarnos satisfechos por el cumplimiento de lo que en él era un arraigado deseo, debíamos decidirnos por el primero, algo egoísta, quizá, pero desde luego más humano.
Podrá resultar extraña esta manera nuestra de despedir a Gustavo Ibarra, con materiales expresivos completamente íntimos –subjetivos, mejor– y bastante diferenciados por cierto de la apariencia formal que han tenido siempre estos predios editoriales. Sin embargo no hemos querido retorcer ese impulso –tan natural, entre otras cosas– por la certidumbre de que estamos interpretando un sentimiento con el cual –a pesar de la dilección con que siempre nos ha tratado Ibarra Merlano– coincidimos muchos de quienes vivimos en Cartagena.
Podría tratarse de un hombre anónimo. Podría tratarse –para ser más rigurosos– de un irreconciliable enemigo nuestro, y en cualquiera de esos casos estaríamos en la obligación –ya puramente profesional– de decir más de cuatro cosas ciertas en esta nota. Es lógico, también, que otro distinto sería el ritmo interior de ella. Pero de todas maneras habríamos registrado este viaje a la capital de un extraordinario ejemplar humano, de un intelectual en el sentido incorruptible del término, de un hombre, en fin, irrevocablemente fiel a sus necesidades espirituales.
Dada la gratísima circunstancia de nuestro afecto incondicional hacia Ibarra Merlano, quienes creemos conocerlo, desechamos –deliberadamente– la admiración que sentimos por él– como simple cifra de una generación –frente al temor– que es también suyo de que cualquier concepto en ese sentido parezca impulsado por los resortes de nuestra sincera y diáfana amistad.
He aquí la razón para que hayamos preferido en esta hora, por encima de Gustavo Ibarra a quien dentro de poco se verán obligados a tener en cuenta los pontífices de la inteligencia capitalina, hayamos preferido despedir al otro, al que salía de vez en cuando de entre sus clásicos españoles y sus pensadores griegos, y se venía a conversar en torno a una mesa, de tantas cosas ligeras, deliciosamente intrascendentes, como conversan los amigos, cuando lo son en el más amplio y definitivo sentido de la palabra.
