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En la oscuridad de los tiempos, cuando los cielos eran uno solo, la luz todavía no entraba por el valle del sol y las aguas aún permanecían abiertas como mar interminable; en sus corrientes el espíritu creador, oculto entre las olas, lanza desde sus húmedas entrañas, estimulado por las sustancias hormonales de los peces, el vigor de los fuegos. En la instancia apareció el mohán burbujeando en el deseo, afanado en su desdén, ligero de prendas y con el cerebro erecto fijado en el pubis de quien sería su amante. Besos frescos, abrazos tiernos, resuellos detrás del pabellón de la oreja y nudos trenzados con los miembros inferiores allanaron el camino furtivo del génesis sexual.
El señor de las aguas entró en calor, el vapor ardiente de su cuerpo chocó contra las paredes internas del río, humedeció los labios de sus entrepiernas y penetró el fango pegajoso del amor en el principio de los días. La ribera floreció, los loros armaban el fandango sobre los mangos y las bellas mohanas se abrazaron en la miel. Se acercaron a la orilla, recogieron sus pollerines entre sus piernas, suavemente se inclinaron y se extasiaron con el reflejo del agua. Bañaron sus muslos, limpiaron sus manos y tomaron en silencio su mirada. Con chispitas de sol sobre las aguas entretuvieron el suspiro, abrieron el corazón y solicitaron el deseo. Hasta las profundidades llegó el mensaje. El interior de las aguas era distinto; la oscuridad, el frío y el olor a carne sudorosa despertaron los instintos.
Las fuerzas subacuáticas encendieron el fuego de la lujuria; desesperadas, emergían para encontrarse con el complemento. En una danza de espumas, olores de flores perfumadas, colchón de taruyas frescas, en un atisbo de sol, el reflejo de una de las mohanas se enrolla en el vacío, gira en los barrancos y se desliza entre las nubes hasta las cuevas sumergidas en el fondo de las ciénagas. Se apega a su deseo, acomoda el caparazón, respira profundamente y se acopla en la naturalidad de la cadena reproductiva. Mueve su cuerpo hacia el centro, lo recuesta, cierra los ojos y en el sueño de cuarenta semanas, cuenta con suspiros cortos la llegada del descendiente del mohán.
El crío del señor de las aguas abre los ojos, nada en círculos y saluda los colores de los peces. Salta libre y cuenta las líneas del arcoíris; balbucea y corre a amamantarse con los ciclos de la luna. Espera el paso de la lluvia y la llegada del verano en los brazos de su madre. En tiempos de crecida, se posesiona de sus anchas, retoza al ritmo de la luz y fiel a sus ancestros, recorre de sol a sol los caminos prehistóricos hasta llegar a la morada de aguas cristalinas: cuna que lo abriga, resguarda y honra como legatario del dios de las aguas y el reino encantado de los panceguas.
En todo recorrido de la vida, nada es fácil; el hijo del mohán sufre los desmanes del tiempo: aguas descompuestas, ciénagas desecadas, ríos sedimentados, playas invadidas, peces intoxicados, especies desaparecidas. La amenaza de destrucción del mundo no da vuelta atrás. Es una realidad. La preservación y prolongación de la memoria de la leyenda de las aguas está en peligro. El reto que le espera al descendiente del señor de los piélagos morenos, es inmenso.
Ahora la lucha por la subsistencia es su responsabilidad, los recorridos históricos del padre serán suyos; el cuidado de los peces, las taruyas, las huevas de los caracoles y las hojas secas, cunas acolchonadas para los chipichipis, formarán parte de sus días; la fuerza de la respiración, sus movimientos extendidos hacia los cielos, el vuelo danzante en su hábitat y el don de ver en la oscuridad, serán su prodigio. Su rápido crecimiento y la disciplinada carrera para conocer las artes, las virtudes y ascender a la sabiduría, pronto lo harán el guerrero capaz de enfrentar las líneas de la maldad y el juego implacable de la supervivencia.

Serie “Oro” del artista colombiano Pedro Ruiz.
Serie “Oro” del artista colombiano Pedro Ruiz.
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