Para muchos, conocer al escritor colombiano ganador del premio Nobel no sólo es una experiencia inolvidable, sino una manera de cacarear que estuvieron cerca de algún famoso importante. Eso es sólo otro modo de pretender ir arrastrado en la fama ajena, pero aún hay otros que logran ver la profundidad del asunto.
Mi historia con Gabo es muy corta, duró tan sólo unas 3 horas, pero indiscutiblemente cambié después de escuchar sus últimas palabras al momento de la despedida. Son las 3:20 am del 13 de mayo, hace 12 horas conocí a Gabriel García Márquez y siento la necesidad de escribir sobre ese momento. ¿Por qué? ¿Acaso busco incrementar mi fama a través de su nombre? Aunque la respuesta pueda parecer ser esa, debo confesar que se trata de algo más profundo y menos egoísta. Precisamente no conocí al García Márquez ganador del premio Nobel de literatura de 1982, conocí a un Gabriel de 86 años que dejaba escapar la inocencia y la inexplicable locura de un bebé anciano, un Gabriel teñido de hermosura y vejez. Varias horas antes de encontrarme con él estaba estudiando un texto de Foucault, me encontraba desesperado y aburrido, me siguen faltando muchas páginas para terminar de leer, estaba inquieto y no sabía qué hacer. Me encontraba de frente contra la pantalla de mi computador, tratando de leer y de repente escuché el grito de mi madre: -¡Juan Pablo, cámbiate que vas a conocer a Gabriel García Márquez!
No entendí el mensaje cuando lo escuché, no sabía si realmente me estaban informando sobre un encuentro con aquel escritor famoso. Me levanté de mi escritorio y le pregunté a mi madre si era cierto lo que decía.
(...)Me preguntaba qué significa conocer a un escritor tan famoso como García Márquez. ¿Qué debo decirle? ¿Qué podría preguntarle? ¿Querrá hablar de literatura? Me enfrenté a esas preguntas hasta que apareció una muy interesante: ¿Qué importancia tiene si solamente he leído un solo libro de él? Me di cuenta que no tenía ningún fundamento para emocionarme por conocerlo. ¿A quién voy a conocer, a un escritor o a un ser humano? Crónicas de una muerte anunciada es una buena novela, no le di tanta importancia, sentí más bien que había cumplido un objetivo en la lista de ser colombiano: Leer, al menos, una obra del Nobel.
(...) Cuando llegué al lugar de la tertulia, además de las personas que acompañaban al escritor, me encontré con los ojos de un ser humano tranquilo, viejo, misterioso y gracioso. Mis padres saludaban y yo me quedé de pie en medio de la sala, Gabo me miró a los ojos, su mirada no era la de un escritor viejo, sino la de un hombre especial. No podía llegar a él y darle la mano, porque estaba sentado del otro lado de la sala, no me sentía capaz de ponerme de pie y pasar a través de los demás para sentarme junto al Nobel, me sentía como un intruso. Opté por saludarlo a la distancia moviendo mi mano izquierda en el aire. Él me miró seriamente y me saludó con la mano también. Me senté en una silla mientras miraba a todos los que hablaban. El Nobel guardaba silencio, observando a los participantes de la reunión. Mercedes, su esposa, fumaba cigarros de cajetilla mientras conversaba sobre películas de drama. Me sentía raro, estaba rodeado de extraños que se mostraban profundamente amistosos conmigo, hasta me ofrecieron comida.
(...) Al cabo de un rato la señora Piedad se levantó y me dijo que me presentaría al Nobel, me llevó de la mano y me sentó justo al lado de un señor de cabello blanco como su guayabera. Me dio la mano y sonrió, pero no pronunció palabra alguna, volvió su mirada hacia su plato de comida y cortó un pedazo de carne. No quise interrumpirle hasta que me preguntó: -¿De dónde salió todo esto?
No tenía una respuesta para ese cuestionamiento.
(...) Varias veces miré el rostro y las manos de García Márquez, tratando de encontrar algo que decirle. No lo conocía y mucho peor era saber su nombre y haber leído solo una obra de él. Al rato me preguntó nuevamente por la comida, me dijo: -Donde voy hay comida, siempre como, pero me he acostumbrado a comer de a poquito, pero como todo el día. Es que tengo muchos amigos y todo es más fácil.
(...) Me sentía como Siddhartha junto al viejo del río. Como un niño al lado de un sabio. No tenía ninguna esperanza de hablar sobre literatura, pero él me hablaba de algo mejor. A través de sus palabras me hizo entender que quería hablar de la vida. Le dije que es bueno tener muchos amigos y le conté que yo también tengo muchos, que cada día al salir de mi casa voy saludando conocidos a lo largo del camino a la universidad. Se rió en voz baja, no alzaba la voz ni para hablar, al principio sonaba un poco ronco, pero luego se despejó su garganta. Al rato me dijo que había un lugar donde todos eran amigos y se ayudaban, era un lugar tranquilo donde todos lo trataban bien. Me tocaba acercar un poco mi rostro a su oído para responderle, y él hacía lo mismo para hablarme. De repente se emocionó y con sus manos hacía la forma de su casa y me explicaba dónde podía encontrarla, cuando le dije que siempre he estudiado cerca de su casa me dijo: -Eso está bien. Después de mirarme a los ojos me preguntó dónde vivía yo y cómo era mi casa. Le conté dónde vivo, al principio no sabía a qué me refería, pero después se dio cuenta que conocía el barrio. Le dije que la casa queda frente a la bahía y me respondió diciendo: -Sí, yo conozco eso, es muy tranquilo y fácil. Tú sales y todo es fácil, todos se conocen y se ayudan.
No entendía por qué decía eso si precisamente la gran mayoría de personas que conozco en esta ciudad, aunque saludan y se muestran, hasta cierto punto, amigables, son en el fondo egoístas y velan por sus propios intereses.
-Siempre como, ahora tengo que ir a otro lugar, en ese lugar todo es más fácil, ¿Sabes de dónde salieron todos estos muchachos?
Lo miré y le dije que todos llegaron para hablar y comer con él. En ese momento trajeron un pudín de chocolate con vainilla y un flan, cuando Gabo vio eso se alegró y dijo: -¡Qué sorpresa!
(...)
Le di la mano y le dije: -Nos vemos. Sostuvo mi mano, me miró a los ojos y dijo con alegría: -¡Todos los días!
Salí del apartamento pensando en su respuesta. En la noche me encontré con varios amigos y le conté a uno de ellos lo que García Márquez me dijo: -¡Todos los días!
Todos los días. ¿Dónde? ¿Dónde lo veré? ¿En el espejo? Todos los días nos vemos en todas partes, cuando cerramos los ojos y cuando los abrimos.
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* Apartes de un artículo del joven escritor cartagenero autor del libro reciente aparición: “Compartiendo un silencio”.

