Revista dominical


Atrapados en una segunda vida

JOHANA CORRALES

29 de junio de 2014 12:02 AM

*Nijhi y *Lebon son las versiones mejoradas de ellos mismos en Second Life (SL).

Ambos se conocen en el mundo real y virtual. Pero la diferencia que existe entre la vida que llevan en la realidad y la que proyectan en la novedosa aplicación, es abismal.

Nijhi abrió su cuenta en SL hace 8 años y medio, y desde entonces no ha podido dejar de utilizar el programa y a su avatar, una sexy morocha bisexual con medidas perfectas. Esto dice la descripción de su perfil:
“Soñadora permanente, apasionada, desmedidamente amorosa, versátil, bizarra, poeta impredecible y valiente”.

En ese mundo paralelo se ha casado tres veces, tuvo un hijo y hasta conformó una familia. Su primer esposo fue un avatar que correspondía a una persona de 60 años de edad, quien era director pornográfico en Argentina y accedió a abrir la cuenta para poner un negocio de prostitución y seguir lucrándose, esta vez, a través de la plataforma.

Con él fue el primero que sostuvo relaciones sexuales por la red. Los avatares son animaciones que parecen replicas exactas a los seres humanos: hablan, se mueven, tienen sexo, caminan, coquetean, bailan, hacen gestos, muecas y hasta parece que respiraran como cualquier persona.

Es diseñadora gráfica, por eso, cuando abrió su cuenta, lo hizo motivada por estas animaciones. Los escenarios, el diseño, los colores y todas las herramientas que ofrecía el programa la sumergían en su oficio, desconociendo que esa curiosidad pronto la llevaría a volverse una adicta.

“Yo no comía, no dormía por estar metida en esa aplicación. Lo dejaba dos días y luego volvía y lo agarraba. Te juro que eso se me volvió un vicio”, cuenta Nijhi, seudónimo que usa en el mundo virtual.

Abrir una cuenta en Second Life es bastante fácil. Sólo se necesita ingresar a la página web www.secondlife.com desde donde se puede acceder de dos formas: por medio de la tarjeta de crédito o sin dinero. Además, se requiere que el equipo donde se baje la aplicación tenga tarjeta de video y una buena conexión de banda ancha.

La moneda local en el programa es el Linden. Con ésta se pueden comprar desde órganos para embellecer el avatar hasta propiedades. Hay gente que se dedica a ese negocio y al parecer, le va muy bien.

“Los lindens se compran con dinero real. Mi avatar está catalogado como un avatar bonito, porque le he metido plata, o sea uno le compra la piel, la forma del cuerpo, el color del cabello. A ese mundo le he invertido cerca de 800 mil pesos solamente, pero hay gente que le mete millones de pesos”, explica.

Al igual que en el mundo real, en 2L la apariencia es muy importante. Entre más bello luzca el avatar, mayor posibilidad tiene de encontrar una pareja y ser popular.

Con su ser tridimensional, que luce siempre unas orejas de coneja, un cabello gris perfectamente arreglado y ropa costosa, pero provocadora, ha logrado hacer realidad muchas de sus fantasías sexuales más íntimas.

“Estaba metida en un grupo de intercambios sexuales donde estaban otros avatares y hacíamos orgías. Fui a ese sitio con un amigo peruano que conocí en la aplicación. El programa no sólo te da la opción de transportarte a esos lugares, también puedes escuchar la voz de tus compañeros en línea, de modo que uno se excita oyendo los gemidos, el tono de la voz. Yo imaginaba que estaba teniendo sexo”.

Nijhi es bisexual. Ha salido con novias y novios en ese mundo. Lo mejor de todo, es que ninguna de sus parejas ha tenido inconvenientes con su orientación, la aprueban y disfrutan hasta los intercambios.

“Tuve al tiempo un novio y una novia. Él era barranquillero y ella una periodista argentina, una locota hermosa. Somos muy buenas amigas. Nos hablábamos en el mundo real también, pero en el mundo virtual éramos novias”, comenta.

Se dio cuenta que 2L la estaba afectando cuando dentro de ese mundo, tuvo su primera enemiga. Se trataba de una venezolana que al principio se comportaba como su mejor amiga y terminó robándose a uno de sus novios del programa. Se insultaban cada vez que estaban en línea y se ofendían una a la otra.

“Me costaba diferenciar entre la realidad y la fantasía. Me tomaba muy en serio lo que me pasaba allá adentro. Así suene estúpido, ese enemigo virtual se volvió un enemigo real. Lo que pasa es que eso tiene una carga psicológica muy tenaz. Me ponía a llorar en la vida real como si me hubiese peleado con una persona en este mundo”.

Me cuesta mucho distinguir cuando está hablando de 2L o cuando lo hace de su vida real. Habla con tanta familiaridad de su novio, de su amante, de su mamá. A esta última la llama todo el tiempo y le pide consejos sobre su vida.

La plataforma le ha dado la oportunidad de conocer a mucha gente alrededor del mundo y compartir la cultura de todo tipo de personas. Una de las que más llamó su atención, era un zoofílico. La primera vez que hablaron la invitó a un escenario en el que había imágenes de personas teniendo relaciones sexuales con animales.

“Yo le pregunté al tipo que si en la vida real él era así. Y me confesó que sí, que le daba placer tener sexo con animales. Una persona en la vida real difícilmente te confiesa algo tan raro”.

Nijhi continúa con su perfil activo en 2L, pero ya le dedica menos horas de su tiempo. Se casó en este mundo y tiene un hijo, que demanda todo su amor y cuidados.

“Ese mundo debe ser para distraerse, conocer personas, experimentar nuevas formas de ser. Lo importante es que nunca esa vida reemplace la vida real de uno”, precisa.

La vida que anhelo...
Lebon Blackbart en la vida real es de tez negra, estatura muy baja, gordito, cabello crespo, homosexual y de estrato social bajo. Pero en Second Life es blanco, mide 1.80 metros de estatura, corpulento, cabello liso, barba en forma de candado, bisexual y millonario.

Siempre anda con lentes de sol y un cigarrillo en la mano. Además, alardea con su mansión y su auto.

“Mi avatar es muy regio. Tanto, que es muy perro. Tengo más éxito con los hombres allá que acá. En este mundo siempre hay que esforzarse, mientras allá todo es más fácil”.

Lo dice porque se prostituye con hombres y mujeres (algo que no haría jamás en la vida real), a cambio de unos cuantos lindes.

La ropa y los mejores accesorios cuestan dinero y, para ese época, él no tenía la forma de comprarlos con su tarjeta de crédito. De hecho, no tenía vida crediticia. Así que iba a los bares, coqueteaba con los demás avatares y tenía relaciones sexuales con ellos, incluso, en la pista de baile.

“Hubo un tiempo en que me puteé para que me dieran lindens y así comprar las camisas que alumbraban, los pantalones de marca. Lo que más deseaba era tener las mejores cosas, pero no tenía el dinero”, cuenta.

Duró 2 años y medio obsesionado con el programa. Pasaba hasta 10 horas navegando y se saltaba las comidas, no hacía los trabajos de la universidad y no quería pasar ni al teléfono. Cuando todos dormían, él seguía viviendo esa otra vida que tanto soñaba tener.

Él y Nijhi, quien es su hermana en el programa, no distinguían entre la realidad y la ficción. Durante mucho tiempo se aislaron para vivir esa nueva vida que ellos mismos habían diseñando a su medida.

“Yo me peleé una vez con Nijhi en la vida real, porque me dijo que no le había gustado algo que le dije en Second Life. O sea, tuve que conectarme para arreglar las cosas con Nijhi y no perder a mi amiga real”.

Lo que más disfruta de 2L es la posibilidad de tener tantos amantes como se le antoje. Todos al mismo tiempo, espacio y momento. Algo que en su vida real no podría hacer con tanta facilidad.

“En 2L cuando tengo sexo siempre soy activo. En la vida real, más bien versátil. Los avatares vienen sin penes, de modo que con el dinero que conseguí en un puteo compré un pene grande para darle más placer a los chicos. Ah, bueno y a las mujeres también”, dice.

Second Life es el programa virtual más real que conozco. Linden Lab, empresa creadora de 2L, que tiene sus oficinas en San Francisco, dijo en una ocasión que la aplicación había sido diseñada para que la gente volara y, de verdad, ahí la gente puede elevarse hasta donde su mente se lo permita. El problema está cuando quienes alzan vuelo, no vuelven aterrizar.