Revista dominical


¿Cartagena es tierra de paz?

El 11 de febrero de 2007, el joven Darwin Guerrero Puello, alias “El Chino”, de 17 años de edad, disparó un arma de fuego en contra de los esposos italianos Gian Batista Traverso y Maurizia Ascoli, quienes murieron como consecuencia del atraco que perpetró el menor, con el fin de despojarlos de una cámara fotográfica.

Por tratarse de una pareja de extranjeros —lo que necesariamente los  relacionaba con la industria del turismo en Cartagena— el caso tomó revuelo nacional. Tanto, que unas cuantas semanas después el periodista Guillermo Puerta Larrotta, más conocido como “Pirry”, decidió realizar un reportaje a Cartagena dentro de su programa televisivo “Especiales Pirry”, que se transmite todos los domingos por la noche a través del Canal RCN.
El reportaje de “Pirry” estaba encaminado a hablar de Cartagena, pero no de la Cartagena decimonónica que aparece en los folletos de las empresas turísticas; no. Quería hablar de la otra Cartagena, la Cartagena en donde nació el adolescente de 17 años que no tuvo ningún empacho en acribillar a balazos a dos extranjeros amantes de la Cartagena que rechaza a personas como él.
Uno de los entrevistados por “Pirry” fue el entonces alcalde de la capital de Bolívar, Nicolás Curi Vergara, quien tampoco tuvo empacho en decir que el homicidio de los turistas italianos fue “un caso aislado en la vida cotidiana de los cartageneros, porque, en términos generales, Cartagena es tierra de paz.”
Con esa frase, Curi echó mano de uno de los mitos más generalizados y menos ciertos de los que se manejan en Cartagena desde años inmemoriales, puesto que no es sólo él quien lo manosea, sino todos los cartageneros: desde el más rico hasta el más pobre; y desde el más ilustrado hasta el más ignorante.
Creer que en Cartagena reina la paz, simplemente porque los menos favorecidos aún no han tomado la decisión de rebelarse contra el establecimiento, contra las malas costumbres, contra las injusticias que se cometen a diario, contra el mal funcionamiento de la cosa pública, contra la voracidad de la privada; creer que hay paz porque aún nadie se ha tomado la vocería para sacudir el mal ambiente, no es más que una equivocación de mentes adormecidas por el somnífero de los medios masivos de comunicación y por el peso del sistema colonial-esclavista que aún muestra sus rezagos en el subconsciente de los cartageneros y en lo tangible que palpita en su ciudad.
Como se sabe,  el reportaje de “Pirry” causó tanto revuelo en Cartagena y en el resto de Colombia, que hasta el mismo Curi Vergara puso el grito en el cielo cuando le mostraron la Cartagena que él decía defender, pero que a la larga le importaba menos que su ego de mandatario herido por las verdades que muchos cartageneros ya conocían, pero que pocos medios nacionales se habían interesado en desnudar.
El reportaje resultó excelente, pero hubiese quedado aún más completo (y lo digo con mucho respeto), si los periodistas de RCN le hubieran preguntado al alcalde Curi qué era para él la paz.
Sí, era esa la pregunta pertinente, sencillamente porque el alcalde Curi y todos los que integran el microcosmos de privilegiados que manejan a Cartagena con el dedo meñique, están convencidos de que la palabra “paz” significa que ellos sigan estando bien y que nadie los perturbe ni los ponga en peligro.
Guardando las proporciones, era ese el pensamiento de las élites colombianas a mediados del siglo XX, cuando las guerras partidistas se daban en las zonas rurales en donde morían campesinos masacrados por la policía conservadora, por el Ejército Nacional o por los liberales, pero en las grandes ciudades los colombianos (principalmente los más pudientes) juraban sobre una Biblia que “Colombia era un país de paz”.
Y “paz” significaba para ellos que la violencia se quedara en el monte y no perturbara la tranquilidad de los proletarios ni la prosperidad de los explotadores. Pero el 9 de abril de 1948, cuando el caudillo liberal Jorge Eliécer Gaitán cayó asesinado en una calle de Bogotá, las cosas cambiaron. Los violentos cayeron en la cuenta de que los oligarcas citadinos también podían morir a balazos y a machetazos lo mismo que los campesinos, cuyos nombres nunca aparecían en los periódicos de entonces.
Fue en ese momento cuando empezó a manosearse la frase, “el país está en crisis”. Pero la verdad es que siempre lo estuvo. Desde su fundación, siempre estuvo en crisis. Sólo que esa crisis afectaba únicamente a los hijos de menos madre, a los nadie, a los sin tierra que creían defender cosas justas en busca de un futuro mejor.
Lo mismo ha pasado siempre en Cartagena. Y sigue pasando. Se continúa manejando el mito de la “tierra de paz” en donde sólo hay playas, murallas, casas antiguas, historia, reinas de belleza, eventos internacionales, jet set..., a la vez que se oculta, con la misma pincelada de paraíso caribeño, la Cartagena que no puede estar en paz, a causa de un centenar de anomalías que parecen no tener solución cercana.
No puede llamarse “tierra de paz” a una ciudad que posee uno de los cordones de miseria más grandes de Colombia y de América Latina.
No puede llamársele así a una ciudad en donde el turismo sexual con niños y adolescentes es cada vez más creciente y menos controlado.
No puede llamarse “tierra de paz” una Cartagena en donde la corrupción de los sectores público y privado se ejecuta con la misma naturalidad con que se respira.
No puede haber paz en donde reinan más de 87 pandillas gobernadas subrepticiamente por la delincuencia organizada.
No puede haber paz en una ciudad en donde se adelantan obras dizque para el desarrollo, pero sin previsión alguna y con claros apuntalamientos hacia el fracaso.
No puede llamarse paz a un ambiente en donde la gente es rechazada en todos los estamentos sociales sólo por su color de piel.
No puede considerarse paz la situación de un entorno en donde los servicios de salud siempre están pendiendo de un hilo.
No puede haber paz con un sistema educativo mediocre, al parecer diseñado sólo para que nadie se anime a encontrar el futuro mediante la instrucción académica.
No puede llamarse “tierra de paz” a una Cartagena en donde las iniciativas culturales reciben poco o ningún apoyo.
No puede haber paz allí donde nadie siente respeto por el otro y se impone siempre la ley del más vivo.
No puede llamarse “tierra de paz” a una Cartagena en donde las políticas de protección ambiental son tan débiles y tan ineficaces que la naturaleza se destruye ante nuestros ojos sólo por enriquecer las iniciativas codiciosas de algunos pocos.
No puede haber paz si la consigna de cada ciudadano es el individualismo por encima del interés general.
No puede construirse paz si la palabra “progreso” significa desterrar a los pobres de sus territorios ancestrales para complacer a grupos económicos que han visto a Cartagena como un botín carente del sagrado escudo de la dignidad.
No puede llamársele paz a las prácticas de exclusión encaminadas a que los cartageneros abandonen los barrios tradicionales para ponerlos en manos de inversionistas extranjeros y nacionales.
No puede vivir en paz una ciudad en donde sus habitantes aún no superan sus problemas de identidad.
No puede erigirse la paz ante el creciente número de adolescentes embarazadas que no encuentran otro camino que el maridaje prematuro para resolver el problema de la subsistencia.
En fin, la frase del alcalde Curi, “Cartagena es tierra de paz”, surge más de una actitud individualista que de un conocimiento pleno y consciente de lo que es la Cartagena que estamos pisando.
El “individualismo” es el motor de esa frase. Porque es de puro individualismo que están preñadas todas nuestras taras sociales. Por eso, para que se construya esa nueva Cartagena que queremos también deben construirse urgentemente dos columnas que serían su indiscutible soporte en eso de continuar procurando mejoramientos para nosotros mismos. Esas columnas son: el sentido de pertenencia y el altruismo.
Desde alguno de los rincones de nuestra historia debe estar escondida la explicación de por qué pensamos únicamente en nosotros,  importándonos poco lo que suceda con lo demás y con los demás.
Para el cartagenero individualista las cosas son malas si a él no le favorecen al ciento por ciento, aunque a una gran masa de sus coterráneos sí les reporten enormes beneficios.
Para ese mismo cartagenero, las cosas son buenas si le favorecen grandemente, aunque perjudiquen a un gran sector de la población que, directa o indirectamente, también ha trabajado para que ese coterráneo consiga las cosas de las que disfruta.
Por esa razón hemos visto, a lo largo de todos estos años, cómo en Cartagena se ejecutan obras que evidentemente le restan calidad a la vida de muchas familias, pero se dejan continuar porque favorecen a unos pocos. Y al mismo tiempo hemos visto cómo se demora la materialización de muchos buenos proyectos, simplemente porque a unas cuantas personas no les conviene que se cristalicen.
El 17 de febrero de 2008 tuve la oportunidad de visitar la “Biblioteca Alfredo Vargas Corneo”, del barrio Loma Fresca, que fue construida por iniciativa del sacerdote católico Efraín Aldana, con la intención de integrar a niños, jóvenes y adultos en un espacio de cultura y aprendizaje para propiciar acercamientos fraternos, en vez de las rencillas sanguinarias, que ya estaban convirtiendo al barrio en un verdadero infierno.
Lo más curioso fue que el padre Aldana escogió, para construir su biblioteca, el campo en donde años atrás se encontraban los pandilleros de la zona, para enfrentarse a tiros y a machetazos. Ahora, muchos de ellos son orientadores de niños y adolescentes, y hasta han logrado que algunos antiguos miembros de gavillas se regeneren y enderecen el camino que amenazaba con llevarlos al despeñadero.
Ese mismo año conocí la “Casa-Taller Oscar Hurtado”, en el barrio 13 de Mayo, la cual fue fundada por la presidenta de la Junta de Acción Comunal, Josefa Morelos Díaz. El nombre de ese hogar es también el de su hijo, quien fuera asesinado por pandilleros que no comprendían, ni soportaban,  el liderazgo que el joven protagonizaba en la zona, trabajando por los niños y las madres comunitarias. Josefa, después de despojarse del luto, fundó la casa-taller para acoger a las familias que han perdido parientes en riñas entre pandillas, con el fin de que superen el dolor y destierren de sus corazones los deseos de venganza.
Como Josefa y el Padre Aldana deben de haber muchísimos ejemplos en Cartagena de gente que, a solas, viene generando paz a través de acciones sencillas que surgen de sus corazones y de sus ganas de hacerle caso a Jesús El Cristo, quien —palabras más, palabras menos— enseña que la primera gestión de paz debe empezar desde los propios corazones. Es decir, no podemos generar paz si no estamos en paz con nosotros mismos.
Y una buena forma de sentirnos en paz desde nuestras entrañas sería apoyando y multiplicando sinceramente iniciativas altruistas como las de Aldana y Morelos, para que surjan más bibliotecas fraternas y casas-talleres que impidan que jóvenes como “El Chino” sigan manifestando su ira mediante acciones homicidas; o que ciudadanos de mejores estratos sigan creyendo que la paz es sólo gozar de privilegios dudosamente merecidos y prodigar indiferencia frente a los males que nos rodean.


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*Texto leído en el foro “Cartagena, una ciudad para derrumbar mitos”, que se realizó en abril de 2011, en el Colegio Comfamiliar, del barrio San José de los Campanos.

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