Revista dominical


El artista detrás de los carteles de champeta

El primer cartel de champeta que pintó el Runner coincidió con el auge de un picó de su barrio: El Conde. Hace 34 años, todos los fines de semana, el barrio la Candelaria rompía la sosegada trama de la ciudad con el furor musical de sus bafles gigantes. Era una música que venía especialmente desde la vieja Calle de los Palenqueros, lugar donde nunca faltaba la presencia de El Conde.

Runner o José Corredor (como solía llamarse en esos años) agarró su juego de acuarelas e hizo un aviso publicitario por su propia cuenta, sin que nadie le ofreciera nada a cambio. Pegó su cartelito en un poste de luz frente a su casa y esperó el momento en el que el dueño del picó llegara preguntando quién había sido el autor de aquella publicidad. Cuando vieron al muchachito de dieciocho años la simple curiosidad se transformó en sorpresa, y de la sorpresa se pasó a los negocios. De repente, todos los dueños de los picós comenzaron a encargarle sus carteles, en cantidades modestas de ocho a doce ejemplares, nada comparado con las quinientas que puede hacer hoy en día para un baile organizado por el Rey de Rocha en la Plaza de Toros de la ciudad. Para esa época la única condición que exigía el Runner era que lo dejaran entrar a los baile de picó que él promocionaba.

La verdad es que José Corredor jamás creyó que bastaría con cursar cuarto de bachillerato para convertirse en leyenda. Hace 32 años, en la primera clase de inglés del Colegio de la Universidad Libre, a José Corredor se le ocurrió preguntarle al profesor cómo se decía su apellido en inglés.
– Fácil –le respondió el profesor–: se dice Runner.

Desde entonces, todos los que lo conocen, incluso hasta sus amigos más íntimos, lo llaman El Runner. José Corredor únicamente existe en la partida del bautismo y la cédula de ciudadanía. Si acaso en la memoria de sus padres. José Corredor es un fantasma jurídico comparado con aquel que la gente apoda como El Runner, ese que todos los vendedores del mercado de Bazurto pueden ubicar y señalar en medio de las aglomeraciones, entre las pilas de zapatos chinos y ropas de segunda mano, ese que cuando atraviesa los pasajes de El Colmenar los empleados dicen “ahí va el Runner”, como si conjuraran el elemento secreto para una receta de alquimia.

Runner no lo sabe, pero Cartagena es la ciudad donde los artistas aprenden a formarse entre las ruinas. Acá, afuera del Centro Histórico y los barrios de la élite, crece una ciudad de sueños podridos, un gimnasio de escombros reciclados y extintos que jamás sale en las postales ni en las propagandas de la Corporación Turismo. La gloria y el éxito son ideas que el agua se ha llevado en cada aguacero de mayo y, a veces, las únicas armas que sirven para mantenerse intacto son el silencio y el olvido.

Es en esta otra ciudad donde se encuentra el taller del Runner, taller que, dicho sea de paso, era anteriormente un sitio abandonado, rodeado de tripas de pescado y excrementos humanos. Para llegar allí hay que bajarse cerca de la Olímpica del mercado de Bazurto, luego caminar hacia el centro comercial El Colmenar y atravesarlo sin desvíos hasta el otro lado, en donde los transeúntes se adentran en un laberinto de restaurantes de mala muerte y negocios informales. Ése es el corazón de Bazurto, un corazón caliente, vibrante, húmedo. La luz del sol apenas si toca los caminos, pues sobre las chazas y los callejones se extiende una gran variedad de techos de bolsas plásticas que recuerdan la arquitectura de los cambuches militares. En aquella anarquía de vendedores de películas piratas y televisores de baja gama, uno puede advertir los rastros del Runner que van surgiendo en los avisos de las piñaterías y en las carretas varadas en las esquinas: todos con la misma letra cursiva y fluorescente que suele aparecer en los afiches del Rey de Rocha o en los pendones de El Imperio. Entonces, sólo es cuestión de andar unos cuantos metros más para encontrar al Runner metido en la escuadra de sus cuatro callejones, llevando a cabo sus afanosos brochazos.

UN MUNDO COMPLEJO

José Corredor Rodelo vive en la Magdalena, en Olaya Herrera, cerca del cementerio. En los días de trabajo sale hacia al taller en su moto, muy temprano. Espera hasta las 8:00 a.m., que es cuando llegan todos sus ayudantes y vales firmes. Posteriormente, empieza a pintar hasta las cinco de la tarde, descansando sólo al mediodía para almorzar. Al final de su jornada ya tiene listas las grandes cantidades de publicidad para El Rey de Rocha, El Géminis, El R.S, El Imperio, El Geovanoty, entre otros…, todos con pedidos de cien pliegos en adelante, pagados anticipadamente a mil pesos la unidad.

El mundo de los carteles de bailes de picós no es tan sencillo, mucho menos fácil. Para que funcione, primero los dueños del picó tienen que encargarles los carteles al Runner, encargo que va de las trescientas a las quinientas unidades. Luego, cuando se han pintado todos los avisos, éstos son recogidos por los cantineros (personas que reparten el trago en el lugar donde va a celebrarse el baile) y distribuidos por zonas, especialmente en los cuatro barrios que constituyen los pilares de las barriadas populares de la ciudad: Olaya Herrera, El Bosque, Torices y el propio mercado de Bazurto.

Cada uno de los pies de poste, las carteleras dobles, los carteles solitarios y las paredes completas son hechos a mano en un proceso que combina el trabajo artesanal con la producción en serie. Los pliegos en blanco de papel margarita se pegan cuidadosamente con bóxer en las paredes del taller, de tal manera que puedan ser removidos más tarde sin que se rompan. Una vez que los pliegos están acomodados, el Runner pinta el nombre del picó y el círculo donde estará escrita la fecha del baile. Después un ayudante traza el lugar y otro más pinta los nombres de los anfitriones que invitan al picó. Así hacen con todos los carteles, hasta completar los centenares de encargos que hoy podemos observar en las paredillas más remotas y en los sectores más olvidados de esta ciudad quebrada, sostenida emocionalmente a punta de música y de obscenidades literarias.

Estos carteles tienen la característica de que pueden verse a muchos metros de distancia: ya sea desde las ventanillas de las busetas, desde el montacargas de una camioneta o en el asiento trasero de la mototaxi, todos los habitantes de Cartagena han visto, a lo lejos, las letras rojas y luminosas de la publicidad de los bailes de picós. Esta estética de lo fluorescente tiene una razón histórica que el Runner resume en un comentario:

– Antes, cuando había toros en la Plaza de Toros, pegaban unos carteles del mismo color, todos tan igualitos que si uno pasaba por ahí no los distinguía de los avisos de huelgas y paros nacionales.
Yo me pregunto si no será precisamente por la intensidad del color, la sabrosura de la champeta y el erotismo de los bailes de picó, que este fenómeno artístico se posiciona en el mismo nivel crítico y social de las huelgas y los paros nacionales.

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