El presidente negro que fue blanqueado

14 de junio de 2015 12:00 AM

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La tumba desvalijada sólo conserva el nombre del ilustre, pero desconocido, prócer de la patria. En el Cementerio de Manga sólo quedan los vestigios del único presidente negro de Colombia, Juan José Nieto Gil.

Sí, tuvimos un presidente afrodescendiente, aunque los artífices de la historia “oficial” se hayan encargado de invisibilizarlo, la academia ha desempolvado el legado político, militar y literario que dejó.

De Nieto Gil se sabe poco, no es común encontrarlo en los textos escolares o en las listas de presidentes su nombre, y es excluido, con alevosía o no, de los homenajes.

Su vida fue la suma de eventos extraordinarios. El hijo de los fabricantes de mechas de algodón, Tomás Nieto y Benedicta Gil, nació en Cibarco (1804), en cercanías a Baranoa, entonces provincia de Cartagena. Un hombre brillante que logró surgir entre los prejuicios raciales y económicos de un puerto esclavista como Cartagena, siendo protagonista en la Guerra de los Supremos.

JJ Nieto, como se le conoce, era un militar autodidacta, liberal federalista y literato consumado que ascendió socialmente gracias a su determinación.
También fue gobernador de Bolívar y en 1861 fue presidente de la Confederación Granadina (Estados Unidos de la Nueva Granada) durante seis meses, después de la separación del Estado de Bolívar del gobierno centralista del conservador Mariano Ospina Rodríguez, y en apoyo al general liberal Tomás Cipriano de Mosquera.

Además decretó la abolición absoluta de la esclavitud en 1852, promulgó tres constituciones, escribió tres obras que lo convierten en el precursor de la novela histórica colombiana, y publicó la Geografía histórica, estadística y local de la provincia de Cartagena. 

“Juan José Nieto se traslada muy joven a la ciudad de Cartagena e inicia una acumulación de capital político a través de su habilidad para manejar los sectores populares ya que su ascendencia era negra-mulata. Una figura que va a servir a los intereses de la élite en la política partidista que se desarrolló en el siglo XIX”, asegura el historiador y académico Javier Ortiz. 

Fue el destacado investigador Orlando Fals Borda uno de los primeros estudiosos en reconstruir la vida de Nieto Gil y en hallar, en las bodegas del Palacio de la Inquisición -hoy Museo Histórico de Cartagena (MUHCA)-, un retrato al óleo con la banda de presidente. 

“En la década del 80, Orlando Fals Borda tuvo noticia de la existencia del cuadro, así que fuimos al depósito donde estaba, lo revisamos y de acuerdo con las referencias que él trajo, coincidimos en que ese era su retrato”, comenta el director del MUHCA, Moisés Álvarez Marín.

Pero encontrar el cuadro no fue tan sorpresivo como descubrir que la imagen había sufrido varias alteraciones para blanquear y suavizar las facciones del pensador mulato.

“La investigación de Fals Borda y nuestras indagaciones sobre el origen del retrato sirvió para llevar el cuadro a restaurar en el Centro Nacional de Restauración del Ministerio de Cultura. Eso, más los hallazgos y el análisis científico de la obra trajeron como consecuencia la aparición de la pintura original, y luego esta historia casi insólita de cómo fue repintado a través del tiempo”, agrega Álvarez Marín.

Al parecer la imagen sufrió algunos cambios malintencionados antes de ser escondida, uno de los muchos intentos por desconocer su protagonismo.

“Las intervenciones en la pintura denotan un interés de blanquearlo y en otro momento un interés a “indiarlo”. El cuadro, originario de París, fue pintado antes de asumir el poder y fue modificado posteriormente”, explica Álvarez. 

Un legado olvidado
Son las cuatro de la tarde y en el Cementerio de Manga no hay ni un alma, sólo el celador en la entrada y el sepulturero custodian el descuidado panteón de más de 200 años de historia.

Ahí reposan las tumbas de los mártires de Cartagena, entre otros personajes de la vida pública que descansan en los mausoleos maltrechos, organizados en filas a lado y lado.

No hay que recorrer mucho para encontrar el sepulcro de Nieto Gil, quien murió en 1866. A pesar del mármol manchado, el epitafio aún conserva la dedicatoria: “La Asamblea Legislativa del Estado Soberano de Bolívar al Incontrastable Republicano Juan José Nieto”.

No hay más nada que lo identifique, incluso su fotografía desapareció sin mayor explicación, como si la vida del otro presidente del Caribe estuviera condenada a desaparecer.

No importa tampoco que una institución lleve su nombre, la obra del pensador no tiene eco fuera de la academia.
“Las dinámicas de blanqueamiento o de desconocer los orígenes negros, indígenas o populares de Juan José Nieto son expresiones propias del racismo y la exclusión presente en las ciudades con una tradición esclavista como Cartagena”, afirma el docente Javier Ortiz.

Los escritos de historiadores como Orlando Fals Borda, que en su libro “Historia doble de la Costa” ha logrado llamar la atención, necesitan mayor difusión.

Un esfuerzo de redención que también  ha asumido el Museo Histórico de Cartagena (MUHCA) al abrir la exhibición ‘Juan José Nieto, por el reconocimiento de un legado’ durante el Mes de la Africanidad, y con el cual esperan formar a las nuevas generaciones sobre el pasado oculto de nuestra ciudad. 

“Quisimos poner a Juan José Nieto en el lugar que se merece en la historia de Cartagena y del país, reuniendo las piezas para exponer la vida política y literaria de este personaje que la historia ha tenido silenciado, y al que no le ha dado la relevancia que  merece. El objetivo de nuestra exposición es hacer un poco de justicia social con este personaje”, comenta la historiadora encargada del departamento de formación del MUHCA, Lorena Guerrero.

Este será un trabajo continuo hasta que se le dé a Nieto Gil el lugar que siempre debió tener en la memoria colectiva de los cartageneros y colombianos.

“Académicamente hay un grupo de estudiosos que han venido rescatando la figura, el problema es que para que este personaje se vuelva de uso cotidiano, como son los otros prohombres en la formación de las naciones, se necesita pasar por el aparato escolar. Es decir,  que se aprenda en las escuelas y estén en los libros de textos. Ahí hace falta mayor inclusión”, insiste Ortiz.

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