Ese momento en blanco...

14 de septiembre de 2014 12:02 AM

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Esa sensación de quedarse mirando fijamente la pantalla del computador pensando, “¿y ahora de qué escribo?”, quien diga que no la ha sufrido, no está vivo, no existe.

La idea de escribir sobre el síndrome de la página en blanco, surgió justo este lunes mientras conversaba con dos compañeros de la redacción, casi frustrada, porque no se me ocurría algo “interesante” para el domingo.

Era como si todos los temas los hubiera agotado. En mi desespero, pensé, incluso, en reeditar alguno de mis escritos anteriores: ¿acaso se me fue la inspiración? ¿Ya no soy tan creativa como cuando empecé? ¿Esto le sucederá a los demás? ¿Escribir ya no es lo mío? Me sentía en franca crisis.

Buscando aplacar esa frustración decidí llamar a algunas autoridades del medio, para que me dijeran si alguna vez habían sufrido del síndrome de la página en blanco. El primer nombre en el que pensé fue el del periodista Alberto Salcedo Ramos. Quizá porque últimamente he estado leyendo sus columnas en El Colombiano, y me genera respeto y admiración.

Lo llamé y, cuando contestó, me presenté, lo que hubiera dado lo mismo: Salcedo no tiene idea de quién soy. No tendría por qué saberlo. Pero le dije,  a modo de  consulta, lo que me había ocurrido el lunes, que, por cierto, no es la primera vez que me pasa.

Me contó que ese síndrome es más normal de lo que uno se podría imaginar. Desde niño había oído hablar de la página blanco, pero se desconcertaba porque no sentía ese miedo. Una vez se sentaba a escribir, las ideas venían fugazmente. Sin embargo, cuando empezó a crecer y a escribir de una manera más responsable sí experimentó el bloqueo.

“Lo curioso en la escritura es que cuando uno no sabe, cree que sabe. Y cuando uno sabe, duda. Mientras más uno sabe escribir, más tiene el hiperconsciente activo, y eso genera bloqueo. Uno se pregunta: ¿será que esto está bien? En cambio, cuando uno está empezando y es un perfecto tonto, no tiene dudas y escribe lo que se le ocurra”, explica Salcedo Ramos.

Me temo que Salcedo Ramos tiene razón. Por eso recordé de inmediato esos primeros textos que hacía sobre temas que no conocía, pero que por osadía --o tal vez ignorancia-- me atrevía a abordar sin el menor temor. Y que, por cierto, hoy releo y me causan vergüenza.

Y me veo ahora, un poco más madura, intentando  comprometerme con los contenidos, por respeto a ese lector del domingo. Pero esa responsabilidad trajo también un miedo descomunal a cometer errores, a escribir tonterías (que sé que lo he hecho) y a quedarme por minutos pensando: ¿para qué miento? A veces, por horas, divagando en posibles temas dizque interesantes. Lo peor de todo ese tiempo perdido es la sensación de culpa que viene por el tiempo que desperdicié.

Salcedo, en esos momentos de bloqueo, hacía lo que muchos: nada. Pero rápidamente se reincorporaba. No tenía tiempo que perder. Entre sus múltiples tareas debe responder por una columna en El Colombiano y otra en la revista Carrusel, de El Tiempo.

“Uno se dice: tengo que escribir. Hay que producir. Es decir, uno no se puede cruzar de brazos a esperar a que lleguen las moscas a frecuentarlo, porque sencillamente el texto no se va a escribir solo”.

Me regaló un consejo que, a su vez, aprendió del escritor estadounidense, Norman Mailer: la mejor parte del trabajo de escribir sucede lejos de la máquina de escribir.

“Ese consejo de Mailer es estupendo: uno no sólo escribe cuando está sentado frente al computador. A veces uno va caminando y se le ocurre una buena idea; o cuando me estoy bañando, salgo corriendo y anoto el tema. Es que escribir no es sólo sentarse frente al computador, es mucho más que eso”, explica.

Nadie está exento
Pero la página en blanco no sólo afecta a los periodistas, escritores, columnistas, guionistas y quienes estén relacionados con el mundo de las letras. Los caricaturistas, pintores, músicos, publicistas, diseñadores gráficos y cualquier persona puede padecerlo.

Desde quien tenga por oficio cerrar una edición todos los días, hasta quien vaya por primera vez a redactar una simple carta. En todas las disciplinas se puede experimentar. Incluso, en la actuación. Si no, que lo diga la primera actriz Constanza Duque, inolvidable por sus magistrales actuaciones en producciones como Guajira, Café con aroma de mujer, Traga maluca, La viuda de la mafia, Hasta que la plata nos separe, entre otras. 

En el caso de Constanza, el síndrome de la página en blanco le sucede no tanto cuando va a escribir, pero sí al momento de enfrentar un nuevo personaje.

“Uno no sabe qué hacer. Pero como soy cabeza dura y, por eso me llamo Constanza, trato de empujar y empujar hasta que me salga”, expresa.

Dice que a propósito de mi pregunta, se está leyendo por estos días El camino de la artista, de Julia Cameron. Después de explicarme la premisa y un poco más de la obra, aseguró que el libro incluye una serie de ejercicios, como escribir todos los días, por lo menos tres páginas, de cualquier tema.

En el libro se explica que a veces esos bloqueos mentales están relacionados con secuelas quizá de la infancia, un jefe déspota que te hizo creer que no eras buena en tu oficio, un profesor que no creyó en ti. En fin...

“Ya no me dejo bloquear. Estoy en un momento de mi vida en que cuando quedo en blanco, trato de resolverlo. Por ejemplo, un casting. Antes, empujaba mucho, que por qué no quedé, que me tenían que llamar a mí. Ahora pienso que me va a tocar el personaje que me tiene que tocar”, confiesa.

Cuelga el teléfono haciéndome antes prometer que conseguiré el libro y lo leeré. Es una mujer sencillamente adorable.

El último en entrevistar fue al artista cartagenero Ramsés Ramos. Estaba en una reunión del sindicato de actores. O algo así entendí. Prometió regresarme la llamada y lo hizo. Reveló que la página en blanco le pasa con frecuencia en el teatro, porque otros formatos como el cine y la televisión tienen la ventaja de volver a grabar la escena en caso de algún error, pero en las tablas es en vivo.

“Cuando me pasa en el teatro,  tengo la sensación que el tiempo se detiene y caigo como en un hueco hondo, profundo. Entonces, la mejor manera que he encontrado para salir de esto es respirar, hacer un gesto o caminar. A veces me detengo y vuelvo al texto anterior y lo repito, y ahí reaparece otra vez lo que me hacía falta”, dice.

Si le pasa mientras está escribiendo, lo que hace es suspender y ponerse a hacer algunas actividades creativas que le devuelvan la inspiración como ver una película, cantar, caminar, hacer una llamada o cocinar.

“No presiono nada. Para mí la escritura tiene o no tiene su momento”, agrega.

De modo que si a usted, lector que está detrás de estas líneas, le ha sucedido el síndrome de la página blanco(que es lo más probable), relájese. Si le pasó al nobel Gabriel García Márquez, y a estos otros grandes, ¿qué se deja para nosotros?

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