Juan Gossaín apagó la radio y abrió la ventana hacia el mar

04 de julio de 2010 12:01 AM

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Desde la madrugada del jueves, Juan Gossaín se siente el mejor abuelo del mundo en su apartamento de Cartagena de Indias. Nadie puede disputarle eso, ni siquiera García Márquez que desde México vio gateando a Juancito, el nieto de Gossaín, subiéndose a sus piernas en una entrevista televisiva, y lo llamó emocionado para decirle que lo había visto desde el satélite: “lo único que no te perdono es que seas mejor abuelo que yo”. Ahora que la orden estaba dada desde diciembre y se ha cumplido el 30 de junio: “En esta casa nadie responda al teléfono desde que yo renuncie a la radio”, hay motivos para creer de veras que Juan Gossaín es el mejor abuelo del mundo a sus 61 años. Sabe muy bien que no hay oro en este mundo, luego de nueve mil quinientas madrugadas como director de noticias en RCN, que compre la felicidad de estar jugando con sus nietos Juan y Ana Gabriela y para estar cerca de Isabella y Danilo, sus hijos, y su esposa Margoth. Y no hay oro que compre el tiempo para apagar la radio y abrir la ventana que da al mar. Y mucho menos, oro que pague el tiempo para escribir cuentos y novelas, para soñar y crear ficciones. A Juan Gossaín esta libertad le ha costado cerca de 27 años en la cabina de una emisora, entró a trabajar un 12 de febrero de 1984 y salió un 30 de junio de 2010, pero en verdad, ha tenido 45 años de trabajo continuado desde que en la tienda de sus padres libaneses Juan Gossaín y Berta Abdala en San Bernardo del Viento, el niño empezó a vender arroz y a despachar yardas de tela. Desde siempre ha sido así: un buscador de la libertad de contar, crear e imaginar historias, vividas o imaginadas. Las primeras historias que empezó a contar desde San Bernardo del Viento lo convirtieron en uno de los mejores cronistas del país. Esa mirada ingeniosa que escudriña las costuras invisibles de la realidad y los seres humanos, lo llevaron a escribir en El Espectador, luego de Guillermo Cano y José Salgar reconocieran su talento narrativo. Sus crónicas escritas y luego habladas a través de RCN, eran una campanada de humor fresco e ingenioso, que recuperaba la belleza del habla oral del Caribe colombiano y la gracia de ser y vivir de nuestros ancestros. Más tarde esas virtudes narrativas se fortalecieron en el cuento y la novela. Su realismo mágico fue referenciado con el de García Márquez, pero al paso del tiempo, la magia no le pertenece a un escritor, está en el aire y en el alma de los que habitamos este lugar del universo. Poco a poco, él mismo ha ido depurando su lenguaje personal: menos Macondo y más San Bernardo del Viento y más Cartagena de Indias. Este ser irreverente que prefiere no usar medias ni calzoncillos porque en el Caribe hay que andar liviano ante la sofocación del día y la noche, es una criatura con un alto sentido de la amistad y el humor. Muchos de sus amigos que estudiaron con él en el Colegio La Esperanza en Cartagena, recuerdan que era un gran conciliador en las peleas que se armaban entre algunos estudiantes y era un gran narrador deportivo, cuando era un fanático del béisbol y cuando a él le decían El Iguano. Conversar con Juan Gossaín es encontrarse con la memoria embrujadora de un cuentero del Caribe, pero él es algo más que eso: es un hombre que reconoce que si el periodismo lo merecía todo era precisamente por la vida misma. Renunciar a la dirección de RCN era como emprender un “viaje al vacío con los ojos cerrados”, le había confesado en febrero de este año al periodista Jairo Dueñas, pero al meditarlo junto a su esposa y sus hijos, el músico Danilo y la pintora Isabela y consultarlo consigo mismo en la soledad frente al mar, privilegiaba el deseo aplazado en los últimos diez años de sentarse de veras a escribir ficción. Ha preparado con vigilia amorosa la nave que lo llevará a conversar con la soledad del mar y a consagrar un tiempo íntimo y personal a “malcriar a mis nietos” y a sumergirse en ese estudio que tiene en Cartagena de Indias, un inmenso refugio en donde se aísla de todo, incluso del resto del apartamento. Lo acompañan en su espacio personal, pinturas abstractas de su hija Isabella, azules profundos, púrpuras desgarrados entre las nubes, naranjas sueltos entre las aguas del mar, flores que bailotean en el barandal, el rocío del mar que deja su sombra de agua en los espejos, y más allá, en su soledad, los libros que espera leer y releer. De San Bernardo del Viento llegan cartas preguntando cuándo va a volver, ahora que tiene tiempo, y del otro lado de la sabana y del mar llegan voces que auguran el turno esperado para el escritor de ficciones. No es fácil amanecer con una nueva silla y una campana para soñar. Su vida es también un cuento o una novela por escribir: la historia de un hombre que se resistió durante mucho tiempo a renunciar por el temer de que el vacío lo llevara a la soledad del jubilado pero nunca a la ociosidad, eso sí lo aclara y reivindica Gossaín, “jamás he conocido la ociosidad porque desde niño no he dejado de trabajar”. En su nueva agenda de trabajo, Juan Gossaín ha iniciado un taller de escritura con periodistas de Cartagena, apertura del Centro de Altos Estudios Juan Gossaín, que coordinará su esposa Margoth Ricci y su hija Isabella. En principio dice que se trata de fomentar el arte de narrar la realidad. Eso es lo que persigue tras compartir cuarenta años de experiencia en el oficio. No se trata de dictar clases: “Me sentaré a discutir con mis colegas sobre periodismo”, sobre aspectos prácticos sobre la narrativa, el lenguaje, los principios, la ética, la independencia, la relación entre periodismo y publicidad, entre otros. Ha recordado que cuando tenía 21 años fue llamado a dictar clases de periodismo en la Universidad de América en Bogotá, pero “no tuve paciencia”. Se me ocurre ahora frente a él contarle una historia que aún no he escrito: la lenta y tormentosa agonía de los alcatraces de Cartagena de Indias, los del Mercado de Bazurto. Son dos historias: una, la de los alcatraces viejos que pierden sus ojos de tanto lanzarse desde el aire al mar tras un pez, el drama del alcatraz viejo y ciego que es capitán de los alcatraces nuevos y se estrella contra las piedras y propicia la muerte de los que le siguen. La otra, es la historia de los alcatraces enfermos que han dejado de volar y comen de la mano de las mujeres que desescaman los pescados en el mercado y le lanzan las tripas que son compartidas con los gallinazos. Están más muertos estos alcatraces que comen de la misma víscera junto a estos gallinazos que esperan verlos pronto convertidos en cadáveres para comérselos. ¿Qué espera Tatis, para escribir esa historia?- me pregunta Gossaín. “Esas son las historias que hay que contar”, me anima.

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