Revista dominical


Los Funerales de la Mamá Negra

ÁLVARO RESTREPO

20 de julio de 2014 12:02 AM

Hace 20 años, cuando decidimos instalarnos con mi compañero Leopoldo en Cartagena, conocimos - gracias a mi ex cuñado Güido Cozzarelli - a uno de los seres más extraordinarios y luminosos que se haya cruzado jamás en nuestro camino. Recién llegados a la ciudad estábamos buscando una persona que nos ayudara con las labores domésticas.

Güido nos recomendó a Doña Carmelina quien había trabajado varios años en su taller de mecánica desempeñando oficios varios. Esta mujer ‘tolueña’, que en ese entonces rondaba los cincuenta años, nos impresionó desde el primer momento por su fuerza, inteligencia y por su - más que altivez - dignidad. Carmocha, como la llamábamos a veces, había enviudado hacia unos años: su marido albañil había caído de un andamio en uno de esos frecuentes y absurdos accidentes laborales que ocurren en Cartagena.

Con el premio de una pequeña lotería, compró su casa propia y sacó adelante a su familia - como tantas mujeres cabeza de hogar en este país - con enorme esfuerzo, sacrificio y capacidad de trabajo.

Al poco tiempo de llegar a nuestra casa nos dimos cuenta de algo de lo que nadie se había percatado, porque ella lo disimulaba muy bien: Carmelina no sabía leer ni escribir.

Cuando se lo comentamos a Güido y a mi hermana, nos dijeron que eso era imposible ya que ella, dentro su múltiples obligaciones en el taller, debía hacer consignaciones bancarias, trámites  notariales, cobros, etc... Carmelina era una gran dama y siempre se las arregló para hacer bien su trabajo: su firma era impecable y tenía un talento enorme para las matemáticas: sumaba y restaba con gran habilidad.

Leopoldo decidió entonces asumir la tarea de revelarle el mundo de la lectura y la escritura. Durante casi dos años, con paciencia franciscana, lo encontraba al medio día en la cocina, conduciéndole la mano a Carmocha, tratando de convencerla de que aunque se decía el ‘bú’, se escribía el bus y que aunque todos decían “puedta” se escribía puerta... Conmovedor era llegar unos años después a la casa y encontrarla, con su anteojos y el cabello ya entrecano, leyendo sola en voz alta la página de sucesos de El Universal y escribiendo en su cuaderno, con su caligrafía recién nacida, las cuentas del mercado.

Carmelina tenía enormes dotes de narradora oral y actriz. Cuando nos refería sus historias de niña trabajadora en Tolú, miraba siempre hacia el vacío y con una gracia incomparable que le invadía todo el cuerpo, recreaba personajes y situaciones que nos hacían desternillar de la risa. 

A veces cometía errores en el lenguaje - que más bien eran involuntarios hallazgos poéticos - y que nosotros nos negábamos a corregir: “Don Leopoldo, le acaba de llegar un paquete por ‘Semientrega’...”; “déjeme por favor su número ‘cedular’...”. Sin lugar a dudas, el mejor de todos y el más bello: “Don Álvaro, ayúdeme a conseguirle un cupo a mi sobrino en El Colegio del Cuerpo: es que él también es un niño ‘descalzos recursos’...”.

Pero quizás la anécdota más célebre y que Carmelina refería también con mucha gracia, tiene que ver otro García: hacía pocas semanas Gabriel García Márquez había publicado su ‘Noticia de un Secuestro’.

Por un error, Gabo cambió los apellidos del gobernador de Caldas, Fortunato Gaviria, secuestrado y asesinado en Manizales. Su hermana María del Pilar, gran amiga nuestra, me pidió que le mandáramos un fax con las correcciones y aclarándole las circunstancias escabrosas de esa muerte.

A las pocas horas, con su proverbial y obsesivo rigor de escritor y periodista, Gabo llamó desde México a nuestra casa.

Contestó Carmelina y se produjo el siguiente diálogo ...:

-“Don Álvaro salió”, dijo doña Carmen.

-“Dígale por favor que lo llamó Gabriel García Márquez.

-“Con mucho gusto...yo le digo.”

El ego de Gabo debió sentirse un poco machucado ante la parca reacción de Carmelina y le preguntó...

- “Y yo ¿con quién hablo?

- “Con Carmelina García a sus órdenes...”

- “Doña Carmelina...¿pero usted sí sabe con quién habla?”

- “Claro...¡con el autor de Siete años de Soledad!”

Me imagino la cara de Gabo...:

- “Ay! Doña Carmelina García”, le dijo, “¡usted no sabe el peso que me ha quitado de encima!”

Hace casi tres años Carmelina sufrió un accidente cerebro vascular que la redujo injustamente a un atado de piel y huesos en una cama de hospital. El ensañamiento médico y ‘la voluntad divina’ no la dejaban partir.

Hoy celebramos, no sólo que nuestra Carmen haya por fin descansado, sino sobretodo su vida y su persona maravillosas que nos inspiraron a todos y por las que le agradeceremos siempre.

-“¡Ay, cuerpo viejo....resiste!”, exclamaba Carmen a veces mientras hacía sus oficios...

Sí, descansa cuerpo viejo, porque con creces te ganaste el descanso, el cariño y la admiración de cuantos iluminaste con tu gracia!

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* “Me voy para donde mis hijos blancos”, nos cuentan que decía Carmelina cuando salía de su casa hacia la nuestra... Este texto fue leído el día de los funerales de nuestra Mamá Negra....

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