Revista dominical


Melba viene a llorar en estas tumbas

JOHANA CORRALES

13 de julio de 2014 12:02 AM

Melba Arnedo Peña no eligió ser cuidadora de tumbas. La trágica muerte de sus dos hijos la arrastró a ese oficio.

Llegó al cementerio del barrio Manga hace 13 años, el mismo tiempo que tienen sus hijos de muertos.

El día de la tragedia, los jóvenes regresaban al barrio El Líbano, cansados de una intensa jornada laboral. Esa noche se fue el servicio de la luz y despertaron a los hijos de Melba para que intentaran arreglar el daño.

Mientas lo hacían, les dieron las 12:00 de la noche. En ese momento pasaron dos sicarios en una moto y les ordenaron que se fueran a dormir. Los jóvenes ignoraron esa solicitud, hasta que arreglaron el problema. Los tipos de la moto regresaron y dispararon contra ellos.

Melba aún se culpa por lo sucedido. Cree que si hubiera ido a visitar esa noche a sus hijos, ahora seguirían con vida.

“Siempre estaba pendiente de mis hijos. No vivía ya con ellos, porque me regalaron una casa en Torices, pero iba todo el tiempo a cuidarlos. Esa noche no fui, porque cayó un palo de aguacero. Si yo hubiera estado, no hubiese pasado eso”, dice llorando.

A medida que se va acercando a los nichos de sus hijos, aumenta su llanto desconsolado. Al verse tan descontrolada, se seca rápidamente las lágrimas e intenta tranquilizarse. Y vuelve al relato. Se reincorpora y me cuenta que, a partir de la muerte de sus hijos, no hacía cosa distinta a visitarlos. Vivía metida en el cementerio desde las 7:00 de la mañana hasta las 7:00 de la noche.

Pasaba tanto tiempo en el lugar, que le propusieron que se quedara cuidando las tumbas. De modo que recibía dinero por arreglarlas, regarlas con agua, acomodar las flores y cortar el monte seco. Ese trabajo se convirtió en la excusa idónea para estar cerca a sus hijos.

Recién ocurrió la desgracia, sepultaron a otro señor. El difunto no tenía  quién lo llorara, rezara e hiciera ritos fúnebres. Fue así como una de las conocidas del fallecido le ofreció dinero a Melba a cambio de que llorara un rato al muerto.

Melba lo que tenía eran lágrimas acumuladas. En ese sepelio lloró tanto o más que cuando se enteró de la desgracia de sus hijos. Aprovechó la tristeza tan profunda que la albergaba para desahogarse con aquel desconocido.

A partir de ahí, se regó el rumor de la señora del cementerio que rezaba y lloraba los muertos ajenos. En una ocasión, la llegó buscando un personal del gimnasio Body Tech. La sede de Bocagrande la iban a quitar y querían hacer un sepelio simbólico.

Montaron toda la escenografía: ataúd, velas, rosarios, entre otros elementos para que el evento fuera lo más cercano posible a la realidad.

“Cuando eso, yo seguía de luto por mis hijos y estaba vestida de negro. Gritaba: 'Ay, se murió el de Body Tech. Ahora quedamos gordos y pipones'. Esa gente me cargaba. Recuerdo que se me salían las lágrimas viendo el ataúd de icopor. Ver esa caja me recordó a los míos”, cuenta.

Por su actuación, la cual no pudo ser más real, le dieron 50 mil pesos, además de  las propinas que recibió de los clientes y socios. Ese día ganó más que en tres meses de trabajo.

Desde que llegamos al cementerio no ha dejado de discutir con el vigilante y otro señor. Me cuenta que ya no la dejan entrar todos los días, sólo los fines de semana. Me señala una cicatriz que tiene en la cara y me explica que ahí le pegó un tipo que pasaba en el cementerio. Después de la pelea con el hombre, todos cambiaron con ella, y ahora sólo puede llegar los sábados y domingos a cuidar las tumbas de los difuntos.

Es una convencida de que los espíritus y almas de los muertos sí existen. Ella ha sido testigo de ello. Una vez estaba con dos señoras en una de las bancas cuando se acercó una mujer de cabello muy largo. Lo sé porque “La chiqui”, como la llaman, no precisamente por su gran estatura, se toca el trasero para mostrarme hasta dónde le llegaba el cabello a la mujer. La extraña señora les pidió que le facilitaran un lapicero, que les iba a dar un número. Todas dijeron que no tenían. Pero la mujer insistió en que en el bolso de Melba había uno. No se equivocó. Cuando se distrajeron, la mujer desapareció.

“El número que nos dictó fue 2233. Esas señoras que estaban conmigo se debieron sacar el chance, porque yo lo cogí y me lo gané”, cuenta.

Se hizo justicia, pero no divina
Después de la muerte de sus hijos, se llenó de un odio infinito hacia los autores de ese crimen. Todos los días se iba hasta las últimas tumbas del cementerio y le rezaba a una tal Juana Barrios, una señora que tenía fama de conceder cuanto favor se le pidiera.

“A esa muerta todo el mundo le ora. Yo le ponía una vela todos los días y le pedía que, por favor, mataran también a los que acabaron con la vida de mis hijos, y ella me escuchó”, dice.

Al poco tiempo de estar pidiéndole a la supuesta santa, se enteró que a uno de los asesinos, más conocido como “Carne de perro”, lo aniquilaron. No bastando con eso, días después, el otro hombre, quien también participó en el suceso, fue hasta donde Melba a ofrecerle disculpas.

“Él me confesó que no mató a mis hijos, sólo conducía la moto. A ese sí lo perdoné”.

Ya han pasado 13 años desde que ocurrió aquel incidente que le cambió la vida por completo. Aunque tiene la compañía de sus otros seis hijos, Melba se sigue sintiendo sola. Una soledad que nada tiene que ver con la cantidad de gente que la rodee. Para ella, la ausencia que dejaron sus hijos jamás se volverá a llenar.

Verla ahí, secándose las lágrimas con sus manos, logra estremecerme. Toca los nichos con tanto amor como si estuviera acariciando a sus pequeños. Llorando o no, siempre se le ve la misma mirada triste y perdida. Produce compasión y unas ganas inagotables de consolarla.

-Pero le quedan sus otros seis hijos por quienes luchar- afirmo.
-Tú no sabes ni cómo me siento -responde-. Este dolor sólo lo entiende una madre.