Memoria

09 de septiembre de 2012 12:01 AM

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El olvido social nos tiene desubicados en la vida y en el mundo. Cursar un doctorado en educación en la Universidad de Cartagena ha sido una de las experiencias formativas más formidables que he tenido. Y, allí, escogí la historia social de la educación en el Caribe colombiano en el siglo XIX y el siglo XX, como línea de investigación. Lo hice de guapo porque, es preferible que uno tenga buenas bases en historia por experiencia y por estudio. Al poco tiempo, me di cuenta de que ese no es tanto el problema, sino que más bien, es un asunto de enfoques historiográficos, es decir, sobre qué y cómo se ha interrogado nuestro pasado. En otros términos, predomina un enfoque elitista sobre el pasado que privilegia el actuar de los poderosos: cómo pensaban, qué decisiones tomaron, qué hicieron y qué repercusiones se obtuvieron. Así las cosas, resulta difícil que gente como uno aparezca en esa foto. La historiografía dominante es igual a la página de sociales del periódico, pues, muestran ciertos estereotipos que aparecen como los únicos hacedores de la realidad y su historia, o por lo menos, lo que vale la pena conocerse.
De manera que nuestra historiografía es excluyente y se encuentra en ella, casi siempre, una actitud peyorativa de la subjetividad popular. De ahí que la palabra social, unida a la palabra historia, supone un enfoque que se interesa por investigar, comprender y relatar lo que hizo el pueblo con lo que hicieron de él. Es decir, la gente nunca se ha quedado quieta. Siempre ha hecho algo, ha dicho algo y ha pensado algo sobre su situación. Pero no sabemos nuestra propia historia. No tenemos memoria. Hay un olvido social que favorece a la historiografía tradicional que con terquedad perversa aparece en los textos escolares que estudian los niños y los jóvenes. Nada que hacer. Resulta frustrante que las nuevas generaciones se expongan a un relato histórico que nos borra del tiempo, lo que, en consecuencia suscita el desinterés por conocer, por estudiar el pasado.
Esta columna la escribo porque me conmovió ver al Gobernador de Bolívar haciendo aseo en el Palacio de la Proclamación con su equipo de colaboradores. Y me conmovió porque, su iniciativa puso en evidencia el subrayado desinterés por la construcción de lo público y su pasado, no sólo de parte de gobernantes, sino de la sociedad en general. Cuando el Gobernador Gossaín presentó el hallazgo de la rubrica de Rafael Núñez en un libro de actas de posesión salvado de milagro, me interrogué: ¿cuántos vestigios, rastros, huellas, pistas y fuentes no guardará el centro histórico que son detectados y capturados por particulares, apropiándose así del patrimonio histórico de todos y base importante de nuestra memoria? Hay un saqueo silencioso de la memoria, quien sabe desde cuando. Celebro mucho la iniciativa del Gobernador, pues, es el rescate y la conservación de las fuentes lo que nos da la oportunidad de leerlas, valorarlas, interrogarlas a la luz de distintos enfoques historiográficos y, de esta manera, contribuir a la formación de la memoria, su devenir y su debate, pues, hay autores desafortunados que tienen vocación de ponerle punto final a la historia. Y ello tiene efectos nefastos en la mentalidad colectiva, pues, nos volvemos amnésicos y conformistas lo que se refuerza con la intención de los dueños de los medios de comunicación y sus agendas noticiosas que promueven el olvido social. Después se están quejando de porqué la gente se mea las murallas. O porqué se está privatizando la espacialidad histórica y monumental a la luz de la desmemoria colectiva, que facilita la acción de los grandes intereses económicos sobre el patrimonio de todos, tangible e intangible.
Hacer historia hoy es más difícil que nunca, en especial en Cartagena, porque nuestra memoria está en la basura. Aquí hay que reconocer la labor y el liderazgo de Moisés Álvarez director del Archivo Histórico de la ciudad que hace lo humanamente posible para custodiar las pocas, pero valiosas fuentes disponibles. La memoria importa porque tiene que ver con todo en la vida individual y social. ¿Qué nos aglutina, qué nos convoca como cartageneros, costeños o colombianos? Responder esta pregunta medular comienza por conocer y debatir nuestro pasado. 

ricardo_chica@hotmail.com

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