Revista dominical


Memoria africana por el río Guapi

ELIZABETH CASTILLO

12 de mayo de 2013 03:33 AM

Vanín recogió dulcemente como el pescador sus recuerdos de infancia junto al río. Los retazos de una vida que le hizo ser quien es y cómo es: Elizabeth Castillo (Investigadora).
En medio de los murmullos y las risas de un puñado de adolescentes dos grandes escritores se dieron cita histórica a orillas del río Guapi para celebrar con sus textos a dos voces el mes de la herencia africana.
Alfredo Vanín Romero y Gustavo Tatis Guerra estaban allí en medio de ese torbellino de bellos rostros jóvenes para celebrar con literatura la presencia del mundo africano en este continente de selvas y litoral.
Cada uno, Vanín y Tatis traían entre sus notas y papeles las piezas de una afrocolombianidad del Pacifico y del Caribe respectivamente. Cada uno impregnó el auditorio con el eco de recuerdos antiguos que cobran vida en la fiesta de la palabra escrita y cantada.
A medida que avanzaba la lectura en voz alta de “Clotilde tiene una marca” el timbre del maestro Tatis Guerra colmaba cada espacio del aire, mientras los rostros asombrados seguían el curso de aquella historia que habla de la bisabuela de Zapata Olivella y su carimba. Su tono costeño acompasaba este relato bellamente triste cuya existencia es el mejor tributo a la memoria larga de quienes a pesar de la esclavitud conservaron  la dignidad apretada entre sus dedos.
“La de Clotilde no son esos tatuajes que ahora se ponen las muchachas en lo más impredecible de su cuerpo. En la oreja, en el ombligo, en el muslo o en el seno. No: la de Clotilde es una carimba. Es la marca de hierro candente que les ponían a los esclavos comprados en la plaza, en el bazar de negros africanos de Cartagena de Indias. La de Clotilde es la huella que la ciudad no ha podido borrar más allá de su propia piel (Tatis Guerra).

Los muchachos de la Normal Superior María Inmaculada guardaron un largo y sonoro silencio. Estaban ante la grandeza literaria de quienes como Tatis no dan tregua a los símbolos de los tiempos. Estaban frente a una literatura que tenía que ver con ellos y con ellas, con su negritud, con sus abuelos y bisabuelos, que los nombraba y los celebraba. Estaban ante la historia larga que ahora aparecía de repente a través de ese rostro desconocido y cercano a la vez de cuya boca salía la historia de Clotilde y su marca.   
Clotilde nos dejó una marca esa tarde. Hubo preguntas muy inteligentes y profundas de los estudiantes de grado décimo y once, que indagaban las razones por las cuales un escritor como Tatis hizo esa obra. Sus respuestas vinieron como un generoso acto de amor pedagógico.
Los grandes escritores entre los colegiales, eso es un evento sublime y ejemplar que pocas veces sucede en regiones apartadas del centro andino. Una bonita metáfora para contrariar otras imágenes que hacen de la buena literatura y sus autores un hecho ajeno y prohibido para la gente de a pie. Ahí estaban ellos dos, con su talante y sus padecimientos de la letra.
Querido y respetado por sus hermanos del río, el maestro Vanín fue recibido por una joven poeta de grado décimo, quien de manera increíble y ante la ovación de sus compañeros, gimió sus versos de negritud y orgullo. Delgada y recia de voz, declamaba como las dueñas de los potrillos de ese litoral recóndito.
Vanín recogió dulcemente como el pescador sus recuerdos de infancia junto al río. Los retazos de una vida que le hizo ser quien es y cómo es. Al paso de su lectura viva parecía que el Guapi cobraba protagonismo escénico y las sombras del pasado se movían entre esos cuerpos jóvenes que todavía tienen huellas de infancia.
Alfredo Vanín con su elocuente solemnidad de hombre del Pacífico amansó esa hora de la tarde en que respirar se vuelve difícil y con sus líneas escritas inspiró a los tímidos poetas que ocupaban la sillas para que dieran un salto al vacío y se tomarán el micrófono.
La décima, el canto de boga, la risa que llora se adueñaron del lugar. El lugar se quedó para siempre como testigo de un encuentro maravilloso en el que muchos etnoeducadores y etnoeducadoras de la Universidad del Cauca entendieron que la afrocolombianidad no es una lección que se dicta en clase o una materia que se pierde o se pasa.
Aquella tarde memorable del dos de mayo todas y todos entendimos que la memoria afrocolombiana nos devuelve la dignidad y la honra histórica que como continente nos extraviaron entre izadas de bandera y celebraciones día del idioma. Entendimos que la literatura afrocolombiana nos pertenece tanto como los recuerdos de familia y que “uno escribe para juntar sus pedazos”…;.
 
* Investigadora del Centro Memorias Étnicas y catedrática de la Universidad del Cauca.

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