Optimismo solle

28 de marzo de 2010 12:01 AM

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Entre las décadas de los setentas y de los ochentas, Cartagena experimentó una serie de cambios urbanos que dieron la sensación generalizada de progreso. Así por ejemplo, se trasladó el mercado público a Bazurto y apareció en su lugar el centro de convenciones; comenzaron a construirse los primeros centros comerciales, como el de Bocagrande; apareció la primera escalera eléctrica en los almacenes Magali Paris; también, en Bocagrande, aparecieron un conjunto de discotecas que se ofrecían como escenario del cosmopolitismo en Cartagena: nada más era ver sus nombres como Studio 54, Minerva o La Caja de Pandora, entre otras; los buses de palo de “Popa – Manga – Camino arriba” desaparecieron para dar lugar a busetas con carrocería y silletería modernas; y, además, en la caótica mancha urbana aparecieron barrios – laberintos de cemento diseñados desde Bogotá. ¿Quién no iba a estar optimista entonces cuando, por ejemplo, se construyó el hotel Hilton, imponente y de brazos abiertos? Aparecieron también los cambios tecnológicos. Los betamax; los walkman; los televisores a color; los video juegos: el telebolito, los marcianitos, super mario; la banda FM en radio, los primeros e inalcanzables computadores. El paisaje urbano de la ciudad cambiaba rápido. En especial porque se manifestaban cambios en el modo de vestir, de bailar, de caminar, de llevar el pelo, de enamorarse, de posar para las fotos; de repente fue posible que las muchachas llegaran tarde, porque, apareció la vida nocturna de estilo urbano. Otro aspecto de entonces es que, en apariencia, había mucha gente empleada en el comercio y en la industria. No como ahora que trabajo sí hay pero empleo no. Había una incipiente masa obrera y de trabajadores que se fueron a vivir a los nuevos barrios que emergían en la parte continental de la ciudad: El Socorro, Los Calamares, Chile, San Pedro, Castillete, El Recreo y, también, brotaron las urbanizaciones: El Refugio, Tequendama, Buenos Aires, entre muchas otras. No había razón para no estar optimistas. En los barrios populares la gente reformaba la configuración y las fachadas de las casas, cambiaban los estilos mientras crecía la mancha urbana. No obstante, se puede apostar por el contagio del optimismo hasta los confines de la ciudad y que nos hacía ver el futuro con cierta esperanza. De manera que la actitud era muy distinta a la de hoy que, más bien, estamos esperando el cumplimiento de la profecía Maya en el 2012. En aquel entonces, del cine aprendíamos aquellas formas del optimismo que consistía en –no tanto la rebeldía juvenil de los cincuenta y los sesenta- sino en la independencia financiera y toda la vida que se posibilitaba con ello. A mi juicio, hay dos películas emblemáticas que demostraban la importancia de la independencia económica: “Fiebre de Sábado por la Noche” con Jonh Travolta y “Scarface” con Al Pacino. En la primera asistimos a la historia de un joven que sólo vive para la fiesta disco, así tenga que pelear con sus padres y gastarse medio sueldo en cumplir su propósito. En la segunda el sueño americano se cumple para un caribeño –como nosotros- gracias a las facilidades del narcotráfico –como nos pasa a nosotros. Es que hay que ver las fiestas a las que asistía Tony Montana, eran muy disco y muy latinas. A pesar de la violencia y la historia tan aleccionadora de “Scarface”, el público se regodeaba en el placer de un mundo que no conocía el SIDA. A nosotros nos duró un poco más la fiesta en virtud del Festival de Música del Caribe, hasta entrados los noventa. Una contribución importante a la proliferación del optimismo, la hizo el Festival Internacional de Cine: allí las estrellas eran de verdad y –por un momento- creíamos que éramos tan importantes como ellas. Fue un optimismo ingenuo. La economía de la ciudad era precaria, como siempre ha sido después de la independencia del siglo XIX. De manera que, más bien, todo fue una conmovedora y divertida película de nuestras vidas, con la banda sonora de la música programada por la radio Victoria, que salía de los parlantes de las grabadoras de contrabando que vendían en San Andresito. Un optimismo solle que nos hizo creer que la playa era nuestra. ricardo_chica@hotmail.com

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