Revista dominical


Punto y aparte - mayo de 1948

Los  habitantes  de  la  ciudad  nos  habíamos  acostumbrado  a  la  garganta  metálica que anunciaba el toque de queda. (...) Caía entonces sobre la ciudad  amurallada un silencio, grave, inexpresivo. Un largo silencio duro, concreto, que se iba metiendo en cada  vértebra,  en  cada  hueso  del  organismo  humano,  consumiendo  sus  células vitales,  socavando  su  levantada  anatomía.  Hubiera  sido  aquel  buen  silencio elemental  de  las  cosas  menores,  descomplicado;  ese  silencio  natural  y  espontáneo cargado de secretos que se pasea por los balcones anónimos. Pero este era diferente. Parecido  en  algo  a  ese  silencio  hondo,  imperturbable,  que  antecede  a  las  grandes catástrofes.  Hundidos  en  él  sólo  oíamos  el  ruido  rebelde,  impotente,  de  nuestra respiración,  como  si  allá  afuera,  en  la  bahía,  estuviera  aún  Francis  Drake,  con  sus naves de abordaje.
La madrugada – en su sentido poético– es una hora casi legendaria para nuestra generación.  Habíamos  oído  hablar  a  nuestras  abuelas  que  nos  decían  no  sé  qué cosas  fantásticas  de  aquel  olvidado  pedazo  del  tiempo.  Seis  horas  construidas  con una  arquitectura  distinta,  talladas  en  la  misma  sustancia  de  los  cuentos.  Se  nos hablaba  del  caliente  vaho  de  los  geranios,  bajo  un  balcón  por  donde  se  trepaba  el amor hasta el sueño de los muchachos. Nos dijeron que antes, cuando la madrugada era verdad, se escuchaba en el patio el rumor que dejaba el azúcar cuando subía  a las naranjas. Y el grillo. El grillo exacto, invariable, que desafiaba sus violines para que cupiera en su aire la rosa musical de la serenata. (...)
Desde  ayer,  afortunadamente,  no  oímos  el  toque  de  queda.  Ha  sido  suspendido precisamente  cuando  se  había  incorporado  a  las  costumbres  de  la  ciudad.  Muchos sentirán  nostalgia  por  esta  destemplada  y  obligante  serenata.  Otros  volverán  –volveremos?– a las visitas, recuperaremos nuestra agradable disciplina para esperar la  madrugada  olorosa  a  bosque,  a  tierra  humedecida,  que  vendrá  como  una  nueva Bella–Durmiente  deportiva  y  moderna.  O  tal  vez,  seguros  de  que  ya  nada  nos impedirá  trasnochar,  nos  iremos  a  dormir  mansamente  –extraños  animales contradictorios– antes de que los relojes doblen la esquina de la medianoche.

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