Retrato de una palenquera de carne y hueso

08 de marzo de 2015 12:01 AM

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El sol reverbera con fuerza en el Centro Histórico de Cartagena, son casi las 2 de la tarde.

Desde la Calle San Pedro Claver diviso al único ícono viviente de la ciudad sentado en una silla de plástico algo curtida, justo al lado de la Tienda Museo.

Allí se refugia del sofoco la palenquera -descendiente de los primeros esclavos libres- mientras sorbe un sancocho de pescado. Se ve tan plácida con las piernas montadas sobre el travesaño de la mesa de madera, donde reposa su palangana.

Entre tanto y tanto mira de reojo a los que pasan frente a ella y siempre dice con su pregón ruidoso: “La fruta fresca”.

Me acerco con cautela, pero ella no pierde la oportunidad al verme cara de turista.
“¿A la orden?”, me dice.

Disiento con la cabeza e inmediatamente le replico: ‘¿Le puedo preguntar algo?’

El retrato
Ángela María Ospina Miranda es la representación de la mítica imagen de las mujeres de San Basilio de Palenque, ha sido retratada innumerables veces a lo largo de su vida, según mis cálculos tiene 60 años y contando.

Cuando se lo pregunto, hace una mueca torciendo la boca y me dice: “Juacataaaa”, y se ríe con gracia.

Es robusta, de piel negra y sonrisa amplia, como su faldón rechinante. Tiene los ojos pequeños y el cabello entrado en canas. Le dicen Angelita, de cariño, y tiene nueve hijos. No tiene marido, o eso susurra antes de volver saborear el pescado.

Luego hace una pausa y de inmediato me increpa: “Mira, no y que era una pregunta”. Ya lo sé, así que prosigo como si nada.

Vive en el barrio Boston desde hace 15 años, cuando se cansó de tanta viajadera y se instaló en Cartagena.

Todos los días se levanta al alba y va al Mercado de Bazurto por la fruta que venderá en 2.500 pesos, y se queda hasta el ocaso. Trabaja todo el día, a sol y sombra, deambulando entre las calles. Otros días se aposta en la Plaza San Pedro esperando hacer una platica.

No es mucho, apenas alcanza. En un día bueno puede ganar 100 mil pesos, pero por lo general son 50 o 60 mil, menos los 30 que invertirá mañana, aunque recalca que “a veces se va sin na’”.
El historiador palenquero Alfonso Cassiani aclara que la llegada de las palenqueras a Cartagena es una “muestra de ese espíritu independentista”.

“Mientras sus maridos trataban de conseguir un trabajo formal y estable, ellas simplemente cogieron las porcelanas y se fueron al Mercado de Bazurto, fiaron frutas en la mañana, las vendían por los barrios durante todo el día y en la noche llegaban a sus casas con la plata para pagar el negocio que habían fiado, con la comida para ese día y lo que se necesitaba por lo menos para pasar el día siguiente”.

“Ese es el trato de nosotras. Nosotras no cobramos tanto, pero sí queremos que compren, y si quieren una foto que nos den un dólar o dos, o dos mil o cinco mil pesos”, explica Angelita.

Buscar la palabra palenquera en Google arroja cerca de 105 mil resultados, eso incluye menciones, noticias, pinturas, gráficos, investigaciones académicas y por supuesto fotos, muchas fotos que se apilan en una nube virtual alojadas en el Internet.

Es una de las imágenes que se asocia directamente con la palabra Cartagena, a pesar de que Palenque es un corregimiento de Mahates, a 60 kilómetros a través de una carretera que le daba problemas a Angelita cuando niña.

“Antes pilaba arroz, maíz y lo salíamos a vender a Malagana, Sincerín, Gambote. Se caminaba desde las 2 de la madrugada. En invierno cuando había ese barrial que me llegaba a las rodillas, me daba hasta 20 caídas con la ponchera”, confiesa.

De ahí comenzó su dolor de espalda, una pesadumbre que todos los días la aqueja luego de caminar con la palangana en la cabeza por horas, rayar 15 o 20 cocos para hacer las cocadas y moler yuca para los enyucados.

“Esas cocadas son matadoras, rayar un poco de cocos da un dolor horrible”, cuenta.

Angelita aún sigue escuchando mis preguntas, ella parece un prisma irradiando miles de colores con su atuendo confeccionado con retazos de telas que se hizo ella misma.

Según ella, eso es lo que le atrae al turista, los colores.

Aquella vestimenta tradicional de blanco y negro, quedó atrás, pero no por gusto.

“El cambio de las vestimentas correspondió a una iniciativa más de la Corporación de Turismo, que de ellas mismas. Eso se convirtió en un requisito para estar en el Centro y la razón es que las hace más vistosas al turista”, explica el historiador Cassiani.

“Al turista le gusta más la ropa encendía”, me sentencia también Angelita.

Alguna vez la pintora hiperrealista Rosario Heins, cuya obra está basada en las palenqueras, le dijo a la revista online Life Style Miami que las había escogido “por su exuberancia al caminar y llevar su platón sobre la cabeza vendiendo frutas a gritos por las calles y las playas”.

Una entrevista,diez mil pesos
Es que tienen un no sé qué, en no sé dónde, que las hace irresistibles y eso significa que la cuenta por cada foto llegue hasta 20 mil pesos.

Entonces, me surge la curiosidad de saber si ella ha visto alguno de sus retratos y me señala con la boca fruncida la tienda de artesanías que está a un costado, me dice que allá hay una colgada y que no sabe cuándo se la tomaron. Una imagen que puede llegar a costar mucho más de lo que ella recibe.

“Ufff...si me pongo a contar, ni me acuerdo cuántas fotos piden”, dice.

Cassiani sostiene que “estamos en una ciudad turística y eso no es sino una industria, donde todos cobran por todo. Entonces, cuando van donde una palenquera por una foto que muchas veces va a parar una revista, inimaginable para ellas, tienen derecho a decir mi foto vale tanto”.

Casi media hora ha transcurrido y Angelita replica, “¿qué es lo que tú estás haciendo. Ay, como tú no me des ni siquiera pa’ comprar un seco (comida) tenemos problemas. Me pones a hablá y hablá”.

Es inevitable que suelte una carcajada y enseguida recuerdo que he venido sin fotógrafo, así que le digo, ¿será que le puedo tomar una foto otro día?
“Después de que te portes bien hoy, siempre estoy a la orden”.

¿Está bien 7 mil pesos, Angelita?

“Pero qué corazón tan duro -y me mira con ojos inquisidores-, dame 10 mil”.

Sonrío y mientras saco el billete pienso en lo que me dijo Cassiani.

“Estas mujeres no se quedaron en los barrios, sino que se sentaron en los lugares tradicionales y lo primero que hizo la institución fue perseguirlas, no veían en ellas sino un vendedor ambulante. Hay mujeres como la señora Cristina Salgado, que fue golpeada y atropellada por la policía, en acciones tan contradictorias, porque mientras en las revistas de los aviones y en la Corporación de Turismo se vende a Cartagena a partir de la imagen de la palenquera, en el aeropuerto no se les permite estar”.

Epílogo
“Estas mujeres fueron capaces de resistir a esos atropellos, dejando en claro que no se trataba de una simple venta sino de una tradición que ha perdurado y les ha permitido sostener a su familia, por eso es imposible criticarlas porque cobren algo por tomarse una foto”, concluye Cassiani. 

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