Santiago Colorado y el candil de la palabra

28 de abril de 2013 02:27 AM

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La palabra camina silenciosa y solitaria por senderos polvorientos, sin descansar jamás, vive continuamente tejiendo y fabricando el abismo sublime que todo poeta anhela, ese espacio sin tiempo, donde el alma vuela sin freno, desnuda, desprovista de cualquier vestigio humano que le impida dormir plácidamente en los brazos de sus sueños.
La palabra penetra y proyecta sombras para ser iluminadas en el pensamiento de los hombres, porque ella es fuerza, es el aliento sin fin del alma de un poeta que vive y trasiega en este mundo plano, un mundo que esculpe y talla para mostrarnos sus múltiples dimensiones, explorando y sumergiéndonos en el mar de sus sueños y realidades.
Cuando la palabra entra fresca y libre, nacen realidades maravillosas como lo fue el Taller literario Candil, fundado por Santiago Colorado, en la universidad de Cartagena, en el año 1986, bajo la iniciativa de Sonia Burgos y Luz María Cabarcas y como bien citó en su momento nuestro inolvidable Jorge García Usta (q.e.p.d): “Santiago se dedicó a reunir cada sábado a un grupo de jóvenes que amaban la literatura, con una disciplina de trote largo que casi rebasaba el inmenso aguante de su cuerpo, se metió en la aventura de mostrar caminos, limar petulancias y enseñar las flores y piedras del sendero”.
La primera edición de la revista Candil, sale a la luz, gracias al trabajo en equipo y apoyo tanto logístico como económico de muchas personas que creyeron en este primer paso de formar escritores en nuestra ciudad, entre ellos: Sonia Burgos, Luz María Cabarcas, Carla Méndez, Rómulo Bustos, Francisco Pinaud, los integrantes del taller de esa primera edición, jóvenes convencidos, de la fuerza de la palabra y el sincero deseo de avivar la cultura de su pueblo, fueron ellos: Gregorio Álvarez, Armando Alfaro, Luis Mizar, Ledys Jiménez, Adriana Almanza, Eunice Guzmán, Diana Jánica, Diana Sarabia, José Cabarcas, Boris Ramírez, Carlos Merlano, José Berthel, Eduardo Arrieta, Orlando Hernández, Miguel García, Gary Gasán, Aníbal Mercado, Juan Guardela, Luigi Torres, Hipólito Román, Teófilo Garrido, Anselmo Percy, Berta Teresa Bolaños, Yesid Carrillo, Vicente Vargas, Fredy Olmos, Ivette Martínez, Yanilce Marrugo, Amalia Jaspe, Margarita Vélez, Rafael Del Valle, Jhon Junieles, Joaquín Robles.
Desde los inicios del Candil, ilustres poetas y narradores de la ciudad, acompañaron, iluminaron e impulsaron a esa nueva generación que se estaba formando, fueron ellos: Jorge García Usta (q.e.p.d), Gustavo Tatis Guerra, Raimundo Gómez, Herbert Prozkart, Jaime Martínez, Argemiro Menco, Javier Hernández, Roberto Montes, Germán Mendoza Diago, Pedro Blas, Hernando Socarrás y Héctor Rojas Herazo.
Esta maravillosa historia de las letras cartageneras, que aún hoy, después de toda una generación transcurrida, todavía vive fuerte y presente en la región, aunque su nombre solo lo podamos leer ahora en hojas desgastadas y amarillentas y en la memoria aún fresca de sus protagonistas, la lograremos comprender solo al leer un texto de Colorado, del año 1989, donde nos cuenta que: “el taller literario Candil, es en rigor un anti-taller, es una forja donde se martilla incansablemente, el fatigado metal de nuestra lengua hasta conseguir que se exprese o sugiera el pensamiento y los sentimientos del hombre nuevo; el niño o el joven cuyo espíritu trae su propio fuego interior y solo hay que entregarle sin misterios, ni tacañerías los instrumentos del saber histórico para que ellos entren con furia inusitada a avivar el fuego sobre el metal de la palabra, hasta ponerla al rojo vivo, luego son los martillazos certeros y mágicos los que van moldeando el discurso literario para asombro y contento de la multitud que ama y se regocija con el arte en todas sus formas y expresiones. En el taller no creemos en la inspiración, sino en el trabajo, porque los integrantes del mismo, saben muy bien que el arte es difícil, muy difícil; saben, además, que un poema, sea cual fuere su dimensión, es una obra de arte y que la obra de arte es una totalidad que tiene unos ejes, unas coordenadas que le dan unidad a pesar de la complejidad; en suma, es un pequeño universo cuyo creador es el artista que, en definitiva, deja en él su sangre y sus vísceras.
El facilismo en el Taller Candil es un virus que combatimos sin tregua, porque consideramos que tal virus es el culpable de que en Colombia la escritura sea una actividad marginal, producto del ocio, un entretenimiento dominguero, un oficio para quienes no tienen otra cosa que hacer”.
La palabra navega plácida por las tibias aguas de la vida, y a los lectores solo nos queda una única alternativa: caminar detrás de ella, en búsqueda de la luz.

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